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La espiritualidad de las Catacumbas
La espiritualidad de las catacumbas es la misma de la Iglesia primitiva en su juventud de conquista y de martirio


Por: Las catacumbas cristianas de Roma | Fuente: www.catacombe.roma.it



A un cristiano desconocido de los primeros tiempos, mientras peregrinaba en la vasta necrópolis calixtiana, le pareció de repente haber entrado en la mística Jerusalén, en la ciudad teñida de púrpura por la sangre de los mártires y refulgente de su gloria. Al salir de ahí grabó con mano elegante, sobre una pared, estas palabras que hoy todavía se pueden leer: Jerúsalem cívitas et ornaméntum mártyrum Dei...".
(Jerusalén, ciudad y ornamento de los mártires de Dios)

También el peregrino de hoy, con ánimo conmovido, entrevé en las catacumbas el íntimo secreto de la espiritualidad de esos pontífices mártires, de esas vírgenes y de esa innumerable multitud de oscuros cristianos.

Las inscripciones y las pinturas, que sobrevivieron a tantas devastaciones y depredaciones, revelan, al menos en parte, tal secreto y repiten todavía las palabras de un antiguo epitafio cristiano: "Táuta o bíos" (Esta es nuestra vida).

La espiritualidad de las catacumbas es la misma de la Iglesia primitiva en su juventud de conquista y de martirio. Nutrida con el meollo de las Escrituras, sencilla y potente, ella es hermana de las más antiguas liturgias; de suerte que quien visita las catacumbas bebe en las fuentes de la espiritualidad cristiana.


Son varios los aspectos de semejante espiritualidad:


Espiritualidad cristocéntrica

Esta espiritualidad pone a Jesucristo como figura dominante. Lo que para el católico de hoy es el Sagrado Corazón de Jesús, es decir, el signo de la bondad de Cristo, para el cristiano antiguo era el Buen Pastor. Entre las representaciones de las catacumbas, esta es la más frecuente: aparece pintada en los cielos rasos entre decoraciones florales, grabada torpemente en las losas sepulcrales, modelada en relieve sobre los sarcófagos y, finalmente, esculpida con griega elegancia en una de las más antiguas estatuas cristianas que se conocen (IV siglo, Museos Vaticanos). El cordero sobre los hombros que el pastor tiene fuertemente asido con sus manos es el cristiano. Alrededor hay una atmósfera de confianza que le hacía decir a San Pablo: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?" (Rm 8, 35).

A menudo el Salvador está representado como obrando entre los hombres: en los bajorrelieves o sobre las paredes se ve a Jesús que toca los ojos del ciego o que hace resurgir a Lázaro de la tumba; que multiplica los panes o cambia el agua en vino: es el Cristo que pasa haciendo el bien.

Están después los símbolos. Las representaciones más significativas tal vez sean aquellas en las que Cristo aparece bajo el velo de un símbolo. Antes de Constantino, cuando la cruz era usada diariamente como patíbulo de esclavos y extranjeros, el cristiano velaba piadosamente su aspecto repulsivo a través de los símbolos, como, por ejemplo, al ancla.

Junto a Jesús, los cristianos de las catacumbas gustaron de representar, con afecto filial, a su Virgen Madre. Y he aquí, a comienzos del siglo III, en las catacumbas de Priscila, la figura suave de María, que aprieta contra su seno a Jesús, mientras Balaam señala la estrella que resplandece sobre su cabeza.

He aquí todavía la Virgen que tiene en su regazo al Hijo, mientras los Magos se acercan para ofrecer sus dones. La adoración de los Magos se repite, en las varias catacumbas, a través de pinturas, esculturas y otros objetos preciosos (relicarios, objetos de marfil, colgantes, anillos).


Espiritualidad sacramental

La espiritualidad de las catacumbas es también sacramental. En los sacramentos cristianos el mundo exterior de la materia entra, como signo y como instrumento, para realizar la redención y la salvación del hombre: Bautismo y Eucaristía.

En ningún cementerio nuestro se encuentran tantas representaciones sacramentales cuantas hallamos en los Cubículos de los Sacramentos en San Calixto. Nos referiremos ahora brevemente a aquellos sacramentos sobre los cuales existe una documentación más copiosa.

- Bautismo. No estamos todavía en la época en la cual en honor de este sacramento se erigirán espléndidos edificios (recuérdese el bautisterio de San Juan en Letrán). El bautismo era administrado todavía en las domus Ecclésiae, que eran las residencias familiares, a menudo secretamente. Pero se conocía la grandeza del sacramento. Pablo había hablado de él con términos grandiosos precisamente en la Carta a los Romanos (capítulo 6). Los cristianos sabían que mediante el rito bautismal el hombre muere y resurge místicamente con Cristo, y por la eficacia de estos actos redentores es asociado a la vida divina.

Una de las más antiguas pinturas en los así llamados Cubículos de los Sacramentos, en las Catacumbas de San Calixto, representa el bautismo. Junto a un espejo de agua está sentado un pescador que con el sedal saca un pez: nos gusta ver en este personaje a un apóstol, que cumple la orden de Jesús: "Síganme; los haré pescadores de hombres" (Mc 1, 17).

Muchos cristianos, "conquistados por Cristo" (Flp 3, 12), después de angustiosas experiencias interiores, sentían que el momento del bautismo había marcado el inicio de una vida nueva. De aquí proviene ese nombre que se lee en una lápida de la tricora de San Calixto, nombre que después se volvió tan común en la cristiandad: "Renatus" (¡Nacido de nuevo!).

- Eucaristía. Y henos ahora ante la joya de las capillas de las catacumbas: la trilogía eucarística.

En el fresco, los cristianos sentados a la mesa eucarística son siete, como los discípulos que se reunieron alrededor de Jesús resucitado a orillas del lago; en los platos delante de ellos está el pez: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador.

En la escena de la izquierda el sacerdote extiende las manos sobre una pequeña mesa con el pan eucarístico: clara figura del acto consagratorio reservado a los ministros; en el otro lado de la mesa, un orante con los brazos levantados nos recuerda que, para ir al cielo, hay que nutrirse de ese pan consagrado (la Eucaristía).

El tercer panel, a mano derecha , es de clara significación para quien recuerde las palabras del himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino: "In figuris praesignátur cum Ísaac immolátur" (En la inmolación de Isaac se prefigura el sacrificio de Cristo).

No podemos omitir una figuración que es preciosa por su antigüedad y por su gran valor espiritual. En la Cripta de Lucina, que se remonta a fines del siglo II, sobre la pared frente a la entrada, están representados simétricamente dos peces, delante de los cuales están colocados dos canastos repletos de panes. Dentro de los canastos se entrevén dos vasos de vino. El pez es Cristo; el pan y el vino, en cambio, son las especies bajo las cuales El se hace presente en la Eucaristía.

Estamos en las fuentes de la cristiandad. El cristiano antiguo, consciente de que "no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12), sabe también que a Cristo no podemos asociarnos si no es mediante los sacramentos que El ha instituido para tal finalidad.


Espiritualidad social

La espiritualidad de las catacumbas es, además, "social": el cristiano acostumbrado a decir en la oración, no ya "Padre mío", sino "Padre nuestro", sabe que en la familia de Dios no se vive aislada sino socialmente: "Nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo" (Rm 12, 5). Las catacumbas nos brindan la imagen de este cuerpo místico dentro del cual conviven ordenadamente los cristianos en jerarquía de funciones y en unidad de espíritu. Aquí los pontífices mártires reposan en medio de la humilde multitud anónima de su grey.

En la parte frontal de un sarcófago un jovencito levanta las manos en la actitud del orante feliz en la visión de Dios: a sus lados Pedro y Pablo, los fundadores de la Iglesia de Roma, parecen introducirlo en la patria bienaventurada.

En las Catacumbas de Domitila, en la pintura de un arcosolio, llega Veneranda en traje de viaje, peregrina que ha terminado su destierro, a los umbrales de la patria: la santa del lugar, Petronila, con semblante suave, la acoge y la introduce.

Hay un intercambio de plegarias entre las diversas partes de la Iglesia. Centenares de peregrinos se encomiendan a Pedro y a Pablo sepultados en la Memoria de la Vía Appia Antica (las Catacumbas de San Sebastián), grabando breves oraciones en el revoque de la triclinia (ambiente para banquetes funerarios, a cielo abierto): "Pablo y Pedro, recen por Víctor. Pedro y Pablo, tengan presente a Sozomeno".

A la entrada del sepulcro de los papas en San Calixto, la pared está constelada de plegarias: "San Sixto, ten presente a Aurelio Repentino". "Espíritus Santos... que Verecundo junto con los suyos, navegue bien". A veces no hay una oración explícita: para implorar basta una calificación añadida al nombre: "Felición, sacerdote, pecador".

Se cuentan por millares las inscripciones con plegarias de los vivos por los difuntos o con solicitaciones a los muertos para que recen por los sobrevivientes. En la dimensión social del cuerpo místico, cada persona está vinculada con la Iglesia entera.


Espiritualidad escatológica

El cristiano está en tensión hacia los "éschata", es decir, hacia las realidades definitivas de la vida eterna: "No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro" (Hb 13, 14). "Nosotros somos ciudadanos del cielo" (Flp 3, 20). Basta un breve recorrido en una catacumba para ver brillar esta verdad con la más viva luz.

Y henos aquí en la escalera que baja hacia la Cripta de los Papas. En la pared izquierda una lápida nos habla de Agripina, "cuius dies inlúxit" (cuyo día amaneció): el día de la muerte fue el día de su ingreso en la luz, en la bienaventuranza esperada. Un poco más abajo hay una inscripción griega de Adas, la cual "ecoiméte" (se durmió), al igual que la hija de Jairo, que -según dice el evangelio- "no ha muerto: está dormida" (Lc 8, 52) y aguarda la llamada de Aquel que es la resurrección y la vida.

En una capilla, Jonás, escapado de las fauces del monstruo que simboliza la muerte, reposa plácidamente a la sombra de un emparrado. Más adelante, el Buen Pastor aprieta contra sí tiernamente al cordero que lleva sobre sus hombros: la muerte no es más terrorífica para el cristiano, llevado por Jesús hacia los verdes pastos.

Desde la pared de un cubículo cinco cristianos levantan los brazos en la actitud de adoración; alrededor, un hermosísimo jardín cubierto de flores: es el paradisus, el jardín celestial. Desde una lápida entre las más antiguas, una cruz-ancla nos anuncia que llegó al puerto del paraíso una cristiana que lleva el luminoso nombre de una estrella: "Hésperos" (sobrent. astér, la estrella de la tarde).

Estos cementerios, además, están llenos de paz. La respuesta se halla en la fe de los antiguos cristianos, que habla a menudo en el silencio de las catacumbas: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?" (Lc 24, 5). "Yo soy la Resurrección y la Vida" (Jn 11, 25). "No temas; solamente ten fe" (Mc 5, 36).


Espiritualidad bíblica

Pintores y entalladores, escultores y epigrafistas, se nos muestran embebidos e inspirados en la Palabra de Dios. Aquí el Antiguo Testamento torna a ser meditado e interpretado por completo a la luz del Nuevo. De los evangelios y de las epístolas aparecen particularmente sentidos los temas centrales. Como la liturgia y la literatura patrística, así la espiritualidad de las catacumbas se alimenta con las Sagradas Escrituras, a ejemplo de la mártir santa Cecilia que, según las Actas, "sémper evangélium Christi gerébat in péctore" (llevaba siempre sobre su pecho el evangelio de Cristo), y en el acto supremo del martirio indica con los dedos la Unidad y la Trinidad de Dios.


Espiritualidad nueva y transformadora

Aquí se descubre la verdadera revolución llevada a cabo por el cristianismo. En particular están presentes dos tipos de personajes de gran fuerza espiritual: el "mártir" y la "virgen". El "mártir" da su vida para atestiguar la certeza de la propia fe; la da con serenidad y sin pesadumbre en medio del desencadenamiento de brutalidades y torturas; muere sin odio hacia quien lo mata, implorando, por el contrario, el perdón para él. Muchos cristianos sepultados en las catacumba realizaron de manera sublime y en innumerables casos el martirio cruento.

La figura de la "virgen" cristiana no falta en las catacumbas. A este respecto es significativo el poema damasiano en honor de su hermana Irene, sepultada en el complejo calixtiano:

"... Ella, mientras alentó su vida, a Cristo se entregó en arras,
manifestando así su virginal mérito
el santo candor de su alma...
Ahora, como virgen que eres,
acuérdate de nosotros cuando Cristo llegue
a fin de que tu antorcha, por el Señor,
a mi alma luz otorgue".


Saliendo de las Catacumbas de San Calixto, la última gran lápida que se encuentra al final de la escalera es la de Baccis. Grandes y rudos caracteres rojos sobre la piedra cenicienta cuentan una humilde historia. Quien la medite verá , con los ojos de la fe, transparentarse a través de las letras dos rostros: el delicado de la niña muerta y el rudo del padre, sobre el cual, sin embargo, brilla una tierna sonrisa llena de lágrimas. He aquí el texto: "Baccis, dulce alma. En la paz del Señor. Vivió 15 años y 75 días. (Murió) el día anterior a las calendas (el 1º) de diciembre. El padre a su hija dulcísima". Una onda divina de pureza y ternura había entrado también en las familias más humildes con la fe en Cristo.

En las mismas catacumbas bajó un día a buscar consuelo un peregrino. Entró rezando, y al final de la escalera, confió a la pared un deseo de vida feliz entre las almas dilectas para su difunta: "Sofronia vivas cum tuis" (Que vivas, Sofronia, con los tuyos). Debajo de la escalera el querido nombre reaparece con un deseo de vida en Dios: "Sofronia, vivas in Dómino" (Que vivas, Sofronia, en el Señor). Finalmente, en un cubículo al lado de un arcosolio, la leyenda aparece por tercera vez. En la oración el luto ha perdido su amargura y se ha vuelto una esperanza llena de inmortalidad: "Sofronia dulcis sémper vives in Deo" (Dulce Sofronia, vivirás siempre en Dios), escribe en alto el peregrino. Pero parece que de su corazón serenado rebosa la ternura, y él graba todavía: "Sofronia, vives..." (¡Sí, Sofronia, tú vivirás!...). Maravillosa síntesis en que se funde un drama humano de muerte y luto con la expresión apasionada de la fe consoladora: vida más allá de la muerte, vida entre los seres queridos, vida perenne, vida en Dios.

Finalmente, con las relaciones familiares aparecen ennoblecidas las relaciones sociales. Las tumbas cristianas ignoran las frases que indican cargos y honores, habituales en los epitafios paganos.

Frecuentes, en cambio, son las indicaciones, no solo de las profesiones elevadas, como la de Dionisio médico y sacerdote, sino también de los más humildes oficios, de los pobres "banausói" (obreros), despreciados por los sabios del paganismo. He aquí, tan solo en las catacumbas de San Calixto, el campesino Valerio Pardo que lleva en la izquierda un manojo de hortalizas y en la derecha el hocino; Marcia Rufina, la digna patrona, a la que Segundo Liberto le dedica una inscripción con la insignia del taller: un mazo y el yunque. En un arcosolio la verdulera está sentada entre manojos de verduras, etc. La religión del Artesano de Nazaret había ennoblecido el trabajo.

A estos aspectos de la espiritualidad ilustrados por el difunto estudioso, Pbro. Hugo Gallizia, sdb, profesor de Exégesis del Nuevo Testamento y de Arqueología Cristiana en el Pontificio Ateneo Salesiano de Turín (Italia), puede ser útil agregar otro aspecto de la espiritualidad de las catacumbas a menudo descuidado, es decir, la espiritualidad del silencio.


Espiritualidad del silencio

Puede parecer extraño hablar de una espiritualidad del silencio, porque el silencio, a primera vista, es solamente una vacuidad sin sentido. En realidad, el silencio de la palabra, de la imaginación y del espíritu es una dimensión humana fundamental: pertenece a nuestra esencia, porque es el custodio de nuestro mundo interior, la condición previa de la escucha, la necesaria premisa de toda comunicación humana.

Recorriendo las galerías de las catacumbas o deteniéndonos en las criptas, nos encontramos sumergidos en una atmósfera de silencio, que, sin embargo, es tan solo el silencio de un antiguo cementerio. Pero nos afecta íntimamente, porque no es el silencio de la muerte, de la añoranza sin esperanza de todo lo que los cristianos querían durante su vida. Es un silencio de plenitud, llenado por las voces de los mártires que vivieron nuestra vida, pero que valiente y constantemente testimoniaron su fe, no solo en tiempos de paz religiosa, sino especialmente durante las persecuciones.

Este silencio está lleno de paz, de esperanza en una vida futura mejor, en la luz de la resurrección de Cristo. El silencio de las catacumbas está lleno de historia y de misterio; es sagrado, significativo y más elocuente que las mismas palabras; es enriquecedor, porque nos induce a reflexionar sobre la Iglesia de los orígenes, sobre el heroico testimonio de los mártires, como sobre el testimonio ordinario de los simples cristianos, que no sepultaron su fe bajo tierra, sino que la vivieron en la vida de cada día, en la familia, en la sociedad, en el trabajo, en cada tarea y profesión.

Es un silencio comunicativo, que habla al corazón y a la mente de los peregrinos, que les revela el mundo desconocido de la Iglesia primitiva, con sus clases sociales, sentimientos y afectos; con las penas y esperanzas de los cristianos sepultados en las catacumbas. No podemos sofocar este silencio, que habla por sí mismo, o que más bien grita imperiosamente. San Gregorio Magno habló del "strépitus siléntii" (fragor del silencio), un distintivo que se adapta perfectamente al silencio de las catacumbas.

Esta atmósfera de silencio, que evoca la vida y el sacrificio de los primeros cristianos, constituye un lugar privilegiado de meditación espiritual, de revisión de vida, de renovación de la fe. Su testimonio valiente y fiel nos interpela personalmente. ¿Cuál es hoy "nuestra" respuesta al amor de Dios, en una sociedad que quizá no es tan hostil como la de ellos, pero que es principalmente indiferente a los valores religiosos?

Las catacumbas nos dejan un mensaje de fe silencioso, pero nítido, tanto más necesario por el hecho de que nuestro tiempo está enfermo de ruido, exterioridad, superficialidad . Aquí las palabras no son necesarias, porque las catacumbas hablan por sí solas.

Este es el cristianismo, en su máximo grado de sencillez e intensidad, encarnado en figuras de mártires, confesores y vírgenes, que hablan desde las criptas y pasillos, desde las pinturas y las lápidas consagrados por casi dos milenios de veneración. Es precisamente este carácter de esencialidad fundamental, eficaz, inagotable, que hizo de las catacumbas romanas una de las metas predilectas de la cristiandad peregrinante.

Sobre los pasos de los mártires y de los primeros cristianos, la espiritualidad de las catacumbas nos ayudará a celebrar el Jubileo con una verdadera y profunda renovación de nuestra fe para "vivir en la plenitud de la vida en Dios" (Tertio Millennio Adveniente, n. 6).

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    Correo: Catacumbas de San Calixto, Via Appia Antica 126, 00179 Roma (Italy)


    Este artículo es una libre reducción, por gentil concesión del autor, del libro:

    Antonio Baruffa
    LE CATACOMBE DI SAN CALLISTO - Storia, Archeologia, Fede
    Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, IV ed.,1996,pp. 192, Lit. 20.000.

    El autor, doctor en arqueología cristiana y guía en las catacumbas, escribió este libro científicamente exacto, en estilo popular, ilustrándolo con numerosas fotografías en colores. Es la presentación histórica más completa y actualizada de las Catacumbas de San Calixto. El gran arqueólogo Prof. Louis Reekmans, de la Universidad de Lovaina, calificó esta obra como "ejemplo raro y logrado de ciencia arqueológica vulgarizada de alto nivel". El libro ha sido traducido al francés, inglés, alemán, castellano y, en edición menor, en bohemio, polaco, esloveno y eslovaco. También ha sido hecha una edición para muchachos.








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