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Las Crónicas de Narnia, cuando se acallan las conciencias
En Narnia querían negar una verdad existente. En nuestros días le sucede algo similar frente a una realidad tan polémica como el aborto


Por: Andrés Ocádiz | Fuente: Equipo Gama



La nueva entrega de Walden Media al mundo de la pantalla grande es Las Crónicas de Narnia: el príncipe Caspian, película basada en el libro de idéntico título escrito por C. S. Lewis. En esta película se presenta una Narnia invadida por hombres telmarinos, quienes borraron todo rastro de animales parlantes, dríadas, náyades y los mismos hermanos Pevensie, antiguos reyes de Narnia. Sin embargo, Caspian, legítimo príncipe heredero, iniciará una guerra civil contra su tío, el usurpador Miraz.

El ejército de Caspian está formado por todos aquellos personajes que se creían desaparecidos: enanos, animales parlantes, centauros, un gigante, los hermanos Pevensie y el mismo Aslan, el gran león.

El final es feliz, ya que Miraz es derrotado y la “antigua Narnia” vuelve a vivir en libertad liderados por Caspian, ahora rey.

El capítulo IV de este libro nos relata el diálogo tenido entre Caspian niño y Miraz. Caspian habla con su tío acerca de los “antiguos días” de Narnia en que había náyades, faunos, enanos y otros animales; cuando los hermanos Pevensie reinaron en Narnia y Aslan visitaba el país con frecuencia.

Miraz, furioso, reprende a Caspian diciendo que esos son “cuentos de niños”, mentiras. “Esas cosas –termina Miraz– nunca existieron”. Más adelante, el autor nos narra que los invasores telmarinos tenían pavor al mar, pues las historias antiguas relataban que Aslan llegaba a Narnia corriendo sobre éste.

De forma que los telmarinos dejaron crecer un inmenso bosque frente al mar para así evitar verlo y recordar al gran león. Vivían con un verdadero terror hacia las historias de la antigua Narnia. Para ocultar su miedo, tacharon todas esas historias de mentirosas y de “cuentos para niños”.

Querían negar una verdad existente. Hacían todo lo posible para tapar el sol con un dedo. En su mente albergaban un deseo que les decía: “ojalá que todo eso que cuentan no sea verdad”, porque sus conciencias les hacían ver que si las historias fueran ciertas, el castigo que recibirían por tantas maldades sería duro.

Parece ser que al hombre de nuestros días le sucede algo similar frente a una realidad tan polémica como el aborto. Algunas personas escuchan hablar de él como asesinato de un ser humano y responden: “¿Quién te ha contado eso? No, no es verdad, eso no existe”. Quieren tapar con verdaderas mentiras (valga la paradoja) el crimen que se comete.

“En realidad, eso no es un ser humano, es una maraña de células, eso no es una persona”. Al igual que los telmarinos, intentan acallar su conciencia que tanto les reclama, y lo único que hacen es dar la espalda a la verdad.

En sus mentes revolotea el mismo deseo de los telmarinos: ojalá que eso no sea verdad, porque si lo fuera, hemos asesinado a miles de seres humanos inocentes. Ojalá que no sea verdad que somos infanticidas. Ojalá que esos fetos y embriones no se levanten nunca para recriminarnos que los hemos asesinado a sangre fría. Y hacen oídos sordos a médicos, científicos y moralistas que les recuerdan que están cometiendo un grave error al negar a ese ser humano su verdadera condición. Ojalá que no sea verdad…

Pero, así como en el libro “El príncipe Caspian” Aslan y los hermanos Pevensie volvieron a Narnia haciendo realidad los “cuentos de niños”, la verdad del aborto sale a la luz por sí misma. Bastaría oír o leer tantos testimonios de personas que han abortado y se han arrepentido de por vida. Son personas que han abierto los ojos a la verdad porque la han experimentado en carne propia.

Uno de los más famosos es el caso del doctor Bernard Nathanson, conocido como el “rey del aborto”. Este ginecólogo realizó más de 60 mil abortos en Estados Unidos, hasta que un día observó el “grito silencioso” de un feto durante el procedimiento y su vida cambió.

Dice Nathanson: “Se veía un aborto real, un niño de 12 semanas aspirado hasta la muerte. Se veía cómo le succionaban brazos y piernas, se rompía el tórax, etcétera, era muy fuerte. Los pro-abortistas dijeron que era un montaje. Yo les he animado siempre a que, si piensan que es así, hagan ellos su propia película de un aborto real, con sus propias imágenes. Nunca lo han hecho, porque saben muy bien lo que verían”.

Son tantos estos “cuentos de abuelas” que se transforman en historias verdaderas, a Dios gracias, todavía hay muchos médicos que se niegan a practicar el aborto, muchas veces corriendo el riesgo de perder su trabajo.

Sólo por dar un dato, la Procuraduría General de Colombia se las está viendo con los ginecólogos de este país, ya que un alto porcentaje de ellos se niega, bajo objeción de conciencia, a practicar el aborto. Y es que, cuando se cree en la verdad, su belleza nos obliga a seguirla, sabiendo que vale la pena arriesgarlo todo por ella.

El príncipe Caspian culmina con un final feliz: los telmarinos derrotados y los antiguos pobladores de Narnia viviendo en libertad. Aslan ha puesto todo en orden. Luchemos todos por defender la verdad; no dejemos que nos engañen con mentiras que únicamente nos tendrán con la conciencia intranquila. Defendamos y vivamos la verdad, porque “la verdad os hará libres”. Ponerle un final feliz a esta historia, nuestra historia, está en nuestras manos.

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