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3.- Ana: Desde que escucho a mi esposo: ¡cuánta gracia!
Libro El buen amor en el matrimonio. Horacio Bojorge


Por: Horacio Bojorge | Fuente: Catholic.net



"Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo" Así dice Pablo1 y agrega inmediatamente para que no haya equivocaciones: "que las mujeres sean con sus maridos como con el Señor" Pablo hace de la sumisión una exigencia tanto para la mujer como para el varón, pero la sumisión mutua se enraíza en la sumisión de la mujer. ¿Cómo puede un marido someterse a su mujer sin ser dominado, si ella no le es sumisa primero?"2

Querido Padre:

Aquí le mando el testimonio sobre la obediencia que me pidió. Usted sabrá si sirve de algo o si tiene que hacerle alguna corrección. Gracias por la Unción de los Enfermos, me siento mucho mejor.
A la mujer que pretenda hacer feliz a su marido le digo, pruebe con ser obediente y se sorprenderá gratamente. El Sapo que tiene delante, seguramente se convierta en Príncipe.
Noté que con cada confesión, además del perdón de los pecados, recibía alguna gracia especial. Así que me apresuré a pedirle al Señor lo que consideraba me estaba faltando: ¡discernimiento!
Se lo comenté a mi confesor y quedé sorprendida cuando me dijo que esa gracia la recibiría a través del ministerio esponsal de mi marido, porque él es un hombre de fe y que lleva una vida espiritual activa e intensa. Y que yo la recibiría de mi esposo a través de mi obediencia, porque siendo obediente a un marido como el mío sería obediente a Dios.
La palabra obediencia nos provoca resistencia. La asociamos a la pérdida de libertad, de derechos, de personalidad. Pero cuando a través de una mirada de fe acerca del sacramento del matrimonio se descubre el verdadero significado de la obediencia de la esposa como parte de su ministerio esponsal, la sensación cambia totalmente... ¡es tan sólo escuchar!
Y cuando una empieza a escuchar al esposo, empiezan a suceder cosas sorprendentes. Quizás la primera es que el marido empieza a sentirse escuchado. Y eso le trae conciencia de su propia dignidad de ministro para su esposa, le trae un nuevo sentido de su responsabilidad espiritual hacia ella y la familia. Y de allí nace una fuerza nueva en el corazón del varón bueno, para sacrificarse en el trabajo, el estudio. Y la esposa lo reviste así de una coraza que protege su fidelidad.
Todo esto lo he compartido con mi marido haciéndole ver que tomaría el consejo de mi confesor como ejercicio espiritual. Su primera reacción fue decir: ¡grande tu confesor! y los cambios no tardaron en aparecer.
Está más justo y protector con la familia, pues ahora es realmente quien lleva el timón del barco. Admiro la bondad que se le ha despertado. No porque antes no fuera bueno, pero como que su bondad estaba oprimida. Ahora surge libremente. Además, acaba de salvar uno de los exámenes más difíciles de su carrera, por el que se sentía trancado para recibirse. Pienso que se ha fortalecido su seguridad y su confianza en sí mismo alimentada por la confianza que yo he depositado en él.

Las mujeres pensamos que controlándolo todo, amamos. Pero obrando así no hacemos más que volver hipotónicos a nuestros maridos, para luego injustamente reclamarles que cumplan un rol que les hemos robado.
Desde que le consulto mis dudas para guiarme por su discernimiento, nuestros desencuentros han disminuido y según mi marido estoy mejorando mucho en mi rebeldía, y aunque aún me falta muchísimo cree que voy por buen camino.
Él también dice que así como Jesús mandó a sus discípulos de dos en dos, nuestra misión como padres debe ser así: de a dos.
Pasado ya un tiempo, me doy cuenta que la Sapa había sido yo, y que el Príncipe siempre estuvo allí, perdonando y esperando.
Me consuela saber lo que también se me dijo en confesión: la Iglesia es como el Arca de Noé, donde nos salvamos los animales. Y por eso tenemos que soportarnos unos a otros. Porque se nos salirnos de la Iglesia es para hundirnos en las aguas del diluvio.
Así que, a no desanimarse por las caídas. Paciencia, que realmente vale la pena.
¡Gracias Dios Padre por este pan sabroso de la divina sabiduría sobre el sacramento del matrimonio que nos ha servido para comer!
Ana

Esta carta suscitó veinticinco comentarios en el Blog del Buen Amor, de los cuales he seleccionado algunos:

Comentario de Teresa
Padre, ¡Ave María Purísima!
El Santo Padre Juan Pablo II ha dicho en sus catequesis magisteriales que el hombre también tiene que ser sumiso a la mujer, la sumisión es recíproca. Los dos están sujetos uno al otro. ¡Me encanta su blog! […] Un cordial saludo de una lectora portuguesa

Comentario de David

El varón ama a su esposa como Cristo ama a la Iglesia, es decir: enseñándola y perdonándola, es decir: santificándola con su palabra como Cristo a la Iglesia.
La mujer ama a su marido como la Iglesia ama a Jesucristo, es decir: sirviéndole y obedeciéndole.
Cuando el varón descubre que la esposa le escucha y le obedece se despierta en el marido la total comprensión del amor de su esposa, y eso despierta en el marido la convicción de que merece la pena dar la vida por su esposa igual que Cristo dio la vida por la Iglesia. Por eso cuando la mujer aparece respetuosa con la voluntad del marido surge dentro del corazón del marido la necesidad de amarla dando lo mejor de sí mismo.
A partir de ese momento el marido deja de pensar en sí mismo (es decir: deja de defenderse de ella) y empieza a pensar solo en ella.
De la misma manera que cuando el hombre obedece a Dios aparece toda la gloria de Dios sobre el hombre también cuando la esposa obedece al marido aparecen todos los tesoros ocultos en el corazón del marido y se vuelcan sobre ella.
Dicho de otro modo: cuando el marido reconoce que la esposa le ama porque le obedece [y le obedece porque le ama, comenta el Padre Horacio] entonces descubre que la esposa es infinitamente digna de ser amada y servida igual que ella lo sirve.
Acordaros de las palabras del Evangelio cuando le replican a Cristo que "si tal es la condición del hombre no merece la pena casarse" ¿os acordáis?
Es que cuando la mujer es rebelde nunca merece la pena casarse... pero si la mujer es obediente y escucha al marido entonces siempre merece la pena casarse con ella y todos los sacrificios se hacen por ella con gusto porque todo merece la pena.

Me ha encantado sobremanera este artículo y por eso quiero decir otra cosa sobre esto: me refiero al servicio que se prestan ambos.
Dios quiso que los sacerdotes fueran todos varones para que conste que corresponde al varón el cuidado de las almas y también quiso que la mujer lleve los embarazos para que conste que corresponde a la mujer el cuidado de los cuerpos. Por eso mantengo que el marido es el alma de la mujer y la mujer es el cuerpo del hombre en el misterio del matrimonio... por lo tanto cuando el marido descubre que su esposa le sirve con sus necesidades corporales aparece en el marido la necesidad de cuidar de las necesidades espirituales [y del alma] de la mujer.
Así es como se sirven mutuamente, porque al varón se le conoce por sus palabras y a la mujer por sus obras, es decir: la expresión del alma es a través de las palabras (por eso al marido le encanta ser escuchado por ella) y la expresión del cuerpo es a través de sus obras (por eso la mujer siempre tiene cosas que hacer).

Comentario de Teresa

[…] De todo cuanto dice Juan Pablo II - y fue mucho - sobre ese tema, no se puede deducir eso de que la mujer debe obedecer - unilateralmente - al esposo. El Santo Padre habla de cedencias mutuas, de interdependencia, de mutua sumisión - jamás de obediencia unilateral de una de las partes. Y habla expresamente de una influencia en San Pablo de la mentalidad propia de su tiempo que debe ser comprendida de modo nuevo.
Yo creo que una visión del matrimonio basada en una sumisión unilateral de uno de los cónyuges es ver de modo muy negativo el Santo Matrimonio. Y creo que el Santo Padre acompañó los exegetas más recientes en la interpretación de efesios.

Comentario de Marcelika

Por mi parte y como mujer que quiere formar un santo matrimonio si es que acaso es eso lo que quiere Dios de mí, no encuentro ninguna contradicción en el amor y sumisión recíproca y el consejo de que la mujer se deje guiar por el varón, ya que como dice David, esta obediencia nacería del amor y no del temor. Se brindaría desde el momento en que como esposas reconocemos el buen juicio del esposo para atender aquello que como padre de familia y guía de esta pequeña barca, le es propio como varón e hijo de Dios.
Me encantó este testimonio, es una prueba más de que la Palabra sigue siendo viva y "vivencial" con todas sus exigencias. Me tomé la libertad de compartirla con los foreros de Catholic net. Por lo menos para mí fue muy esperanzador.

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1 Efesios 5, 21
2 Jo Croissant, La mujer sacerdotal o el sacerdocio del corazón, Editorial Lumen, Buenos Aires - México 2004, pág. 68

 



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