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8.- Santa Mónica: Cómo tratar con un esposo difícil
Libro El buen amor en el matrimonio. Horacio Bojorge


Por: Horacio Bojorge | Fuente: Catholic.net



San Agustín narra en sus confesiones la vida de su madre, santa Mónica y dentro de ella cuenta cómo trataba con Patricio, su marido. Teniendo en cuenta la diferencia de la cultura matrimonial en la Roma pagana de aquellos tiempos y la nuestra, es un modelo de sabiduría de la mujer cristiana en su trato matrimonial que puede inspirar y orientar a la hija de Dios casada con un no creyente1.

Cuenta san Agustín:
“Siendo, pues, criada mi madre con honestidad y templanza, y hecha por Vos obediente a sus padres, más que hecha por ellos obediente a Vos, luego que cumplió la edad que se requiere para el matrimonio, obedecía y servía al marido que le dieron sus padres, como a su señor: puso gran cuidado en ganarle para Vos, proponiéndole y explicándole vuestro ser y perfecciones, no tanto con sus palabras como con sus costumbres, por las cuales la hicisteis tan hermosa y amable a su marido, que al mismo tiempo le causaba respeto y admiración.
Pero ella toleró de tal suerte las injurias de sus infidelidades, que jamás tuvo por esto la menor desazón con su marido, porque esperaba que vuestra misericordia había de concederle primeramente la fe y después la castidad conyugal. Además de esto, era mi padre por una parte muy benigno y amoroso, por otra muy iracundo y colérico; cuando ella le veía enojado, tenía la advertencia de no contradecirle ni de obra ni de palabra; después, cuando la ocasión le parecía oportuna, y pasado aquel enojo le veía ya sosegado, entonces le informaba bien del hecho, si acaso aquel enojo había nacido de su falta de consideración y de no estar bien informado.
Así, cuando otras muchas matronas, cuyos maridos eran más pacíficos y tratables, traían sus rostros señalados y afeados con moretones, de los golpes que les daban, en sus conversaciones amigables solían ellas reprender la conducta de sus maridos y mi madre sus lenguas. Les recordaba como por chanza, pero en la realidad con mucho juicio, que desde que se les leyeron los contratos matrimoniales, debían considerar que se les había leído una obligación con la que habían quedado hechas criadas de sus maridos; que teniendo esto presente, estando en calidad de criadas, no debían engreírse ni ensoberbecerse contra sus señores. Admirándose ellas (que sabían muy bien cuán feroz marido tenía que sufrir) de que jamás se hubiese oído, ni por indicio alguno se hubiese rastreado, que Patricio hubiese puesto las manos en su mujer, ni siquiera un día hubiesen tenido alguna disensión; le preguntaban con familiaridad y confianza la causa de todo esto, y ella les enseñaba la conducta que tenía con su marido, que es la misma que dejo insinuada. Las que tomaban su consejo, le daban las gracias por el bien que habían experimentado; y las que no imitaban su conducta, se veían oprimidas y maltratadas.

También a puros obsequios y por medio de una continua paciencia y mansedumbre supo vencer el ánimo de su suegra de tal suerte, que siendo así que antes la tenía muy enojada por los chismes de algunas malas criadas, la suegra misma de su propia voluntad se quejó de ellas a su hijo Patricio, le descubrió cuáles eran las que con sus malas lenguas habían sido causa de que ella estuviese mal con su nuera y de que se hubiese perturbado la paz de su casa, y le pidió que las castigase como correspondía. Así, después que él, ya por dar gusto a su madre, ya por cuidar del buen gobierno de su familia, ya por atender a la paz y concordia de dos personas tan suyas como esposa y madre, castigó a las acusadas a satisfacción de su madre, que las había acusado; dijo esta misma a todas las criadas que aquéllos eran los premios que de allí en adelante debía esperar de su mano cualquiera que, juzgando que le agradaba, le fuese a contar algo de su nuera. Y no atreviéndose ya ninguna de ellas a ejecutar tal cosa, vivieron las dos con benevolencia y unión de corazones tan gustosa como memorable.

También Vos, misericordiosísimo Dios y Señor mío, habíais dado a aquella tan buena sierva vuestra, en cuyas entrañas me creasteis, el excelente don de apaciguar luego que podía los ánimos de cualesquiera que estuviesen entre sí reñidos y discordes. Se portaba con tal prudencia, que oyendo de ambas partes todas las quejas, desabrimientos y palabras descompuestas que la enemistad colérica e indigesta suele dictar y proferir, cuando con una amiga presente habla otra de su enemiga ausente en confianza, exhalando por sus bocas la crudeza de sus odios y rencores, nunca descubría a las unas lo que había oído a las otras, sino aquello solamente que podía servir para reunirlas y reconciliarlas.
Este don me parecería pequeño si yo mismo no hubiera experimentado con sentimiento de mi alma lo que practican en esta materia innumerables gentes, por haber cundido dilatadísimamente no sé qué horrenda peste de pecados, quienes no solamente acostumbran revelar a los unos airados enemigos lo que los otros enemigos suyos, enojados también, han dicho de ellos, sino que también añaden otras cosas que no han dicho. Debiera ser tan al contrario, que a un hombre que obra conforme a la humanidad habría de parecerle poco el no excitar ni promover las enemistades de los hombres, hablando mal de unos a otros, si además de esto no procuraba también apagarlas enteramente hablando bien a todos. Esto es lo que mi madre practicaba, siguiendo las ocultas instrucciones que Vos, íntimo maestro suyo, le dictabais en la escuela de su corazón.

Finalmente, ganó para Vos a su marido, reduciéndole a la fe algún tiempo antes de que él saliese de esta vida mortal. Desde que se hizo fiel, no le dio a mi madre motivos de llorar los malos procederes con que le había dado que sufrir y tolerar antes de serlo.
Además de esto, era mi madre una mujer dedicada a servir a todos los que os servían. Cualquiera de vuestros siervos que la había conocido os alababa, os reverenciaba y os amaba mucho en ella, porque los frutos de santidad de su inculpable vida testificaban que Vos estabais presente en su corazón.
Había sido mujer de un solo varón; había cumplido todas las obligaciones que tenía para con sus padres; había gobernado su familia y casa con mucha piedad; y las buenas obras que había hecho daban testimonio de la virtuosa conducta que había tenido. Ella, por sí misma, había criado a sus hijos, sintiendo después por ellos los dolores de parto tantas veces cuantas los veía apartarse de vuestros mandamientos.
Últimamente, Señor, ya que por vuestra gracia permitís que os hablemos vuestros siervos, a todos nosotros los que antes del sueño de su muerte vivíamos juntos, y unidos también a Vos, después de recibida la gracia de vuestro Bautismo, de tal suerte nos cuidaba, como si fuera madre de todos; y de tal suerte nos servía, como si cada uno de nosotros fuera su padre.

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1 San Agustín, Confesiones LIBRO IX, Capítulo 11


 



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