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6.- Marta: Carta al esposo que se fue
Libro El buen amor en el matrimonio. Horacio Bojorge


Por: Horacio Bojorge | Fuente: Catholic.net



Retrato de un mal amor: nunca supo ser padre y esposo

Son muy iluminadores los diagnósticos que hace Marta acerca de los síntomas que le hacían temer este desenlace casi desde los comienzos de la relación, ya desde el noviazgo. También reconoce en sí misma que se auto engañó. No quiso verlos. Creyó que fueran signos pasajeros. Que el tiempo iba a traer la sanación. Pero el tiempo demostró que eran verdaderas fallas en los cimientos mismos de la relación, defectos personales de Roberto, que lejos de sanarse se fueron agravando.
Así Marta describe el origen y las causas de una situación que ahora ella viene a entender, en toda su gravedad, y en su verdadera naturaleza incurable, desde las raíces del mal.
Gracias, Marta, por permitirme publicar y así dar a conocer esta carta. Puede ayudar a muchas Martas a no engañarse con los males de los Robertos. A muchas novias, a advertir a tiempo y a tomar en serio los síntomas.
Hay que reconocer, para comprender a los Robertos, que la cultura actual no los prepara para asumir sus roles de esposo y padre, sino que los deja a merced de sus pasiones que ellos confunden con amor, pensando luego, cuando su pasión se apaga que “ya no te quiero más”. No, Roberto, “ya no te deseo más”. Los subtítulos los he puesto yo.

La carta

Roberto:
Sin culpas ni reproches, sin exigir que vuelvas. Quisiera reflexionar contigo juntos, pero ya que te niegas, lo hago de esta manera. Necesito hacerlo. Por la salud mental de todos: tuya, de nuestros niños y la mía.
Simplemente te manifiesto, todo lo que en estas largas dieciséis madrugadas desde que te fuiste, pude reflexionar a solas. Quisiera encontrar el por qué de esta situación, que “culminó”, con el arreglo de esta casa. Pero que, a mi sentir, comenzó desde el vamos, desde que nos ennoviamos.
Sabíamos los dos que éramos como el agua y el aceite. Pensá, si tenés tiempo, desde veintidós años atrás, más de la mitad de lo vivido. Lo que pasa, es que yo pensé que el amor, que todo lo puede y para él nada es imposible, nos iba a cambiar, a modelar el uno para el otro, sin someter a nadie.

Los síntomas no tenidos suficientemente en cuenta
Se me vienen a la mente esas palabras que frecuentemente me has manifestado a lo largo de casi 14 años. Y pienso que son la clave de lo que está pasando.
-- “Yo, si no me hubiera casado, viviría como un rey; con la mitad del que trabajo, me sobraría para hacer lo que quisiera; vivir viajando y darme todos los gustos y no tener que preocuparme por nada”. O esta otra que también es muy frecuente:
-- “Si un día nos separamos o me pasa algo, vendé esta casa, hacé tal o cual cosa, preguntale a Daniel cómo manejarte”. “Si me muero, tenés el seguro de vida por cien mil dólares”. Cada vez que las repito, se me hace más clara y evidente la idea tuya de querer estar solo, la nostalgia de estar soltero y vivir libre.
-- “Si un día nos divorciamos, ni loco me vuelvo a casar, me quedo a vivir solo, sin problemas, me dedico a viajar”.

Respuestas que no lograron sanar el mal
¿Te las acordás? ¡Son tan tuyas que no te puedo recordar sin esas frases, y sólo pensar mis respuestas de siempre, me da angustia!:
-- “Roberto, si no te hubieras casado, no tendrías a los nenes, no estaríamos juntos, igual también podemos viajar”
-- “Roberto, ¿por qué traés el tema del divorcio sin ningún motivo, no sé por qué me lo repetís casi cada vez que salimos los viernes, que es el único día que tenemos para charlar tranquilos y estar solos?”
-- “Roberto: ¿Por qué te preocupa el tema del divorcio, o lo que hagas o dejes de hacer si te divorcias, a mí no me pasa por la mente esa idea, de eso estoy segura”
-- “¿Por qué andás pensando para cuando te mueras?
Y ahora mismo te lo pregunta una vez más: ¿Por qué en los viajes que hacíamos solos al balneario, o al interior, a la ciudad de tu familia, o a la de la mía, siempre volvías con el tema de la separación, de dejarme, siempre ¿preparándome?

Abriendo los ojos a la realidad:
reconociendo errores pasados y marcando la diferencia de visiones de la vida

Ahora pienso y repienso acerca de lo nuestro, de mi porvenir (separándolo del porvenir de los nenes, que por supuesto está ligado al mío) pero que ahora, me toca pensar en mí, cosa que siempre la relegué por la armonía del hogar, para agradar a los demás y cuando quise reclamar algo de mis merecidos derechos ya era tarde, le molestó a los demás.
Quisiera expresarte que ¡no es la seguridad de tener los bienes lo que me hizo cambiar! No son los bienes materiales lo más importante para mí, esos bienes son de toda mi familia, para disfrutarlos todos juntos, siempre lo sentí así aunque a ti te parezca que no.
Primero porque hace muchos años que los tengo y yo, el cambio, lo vengo sintiendo necesario desde hace dos o tres años atrás. Desde que tanto te ocuparon los negocios y tus cargos de tanta responsabilidad (merecidos por otra parte) que te olvidaste (sin querer) de casa, de lo único que no te da dinero “cash” pero sí da otro más importante: la razón de existir; la sal de la vida; el alimento del espíritu para ser feliz.
La renta de ese dinero (sembrado con amor en la familia) es el único que el día de la muerte nos vamos a llevar y a la vez vamos a dejar en el recuerdo de nuestros hijos Pero para eso, hay que sembrar; regar, de lo contrario no vamos a cosechar.
Es el mejor seguro de vida que podemos dejar a la familia. Por eso siempre te dije, cuando luego de un problema venías con un regalo o me decías que nunca me faltó el dinero, sí, es verdad que nunca me faltaron los pesos.
No era dinero y regalos lo que necesité siempre de ti. Era comprensión, respeto (porque tengo derecho a eso), demostración de afecto (porque hace mucho, mucho tiempo que no sé casi lo que son de tu parte, las demostraciones de afecto).
Era el dinero del amor; del afecto; del alma, el que alimenta el espíritu, ése es el que necesité de ti. Es ése dinero que se siembra a lo largo del tiempo de cariño y que se cosecha durante toda nuestra vida y nos mantiene vivos en el recuerdo de nuestros hijos y sigue dando sus frutos aún después de la muerte.
Eso es lo que yo siempre quise dejar. Desde que fui madre, nunca más pensé para mí sola, ni soñé por mí, ni dormí un sueño corrido sin tener que despertarme para amamantar (con amor) o para tapar a alguna o para simplemente darles un beso, mientras están dormidos.
Por querer poner a nuestras hijas lindas, para llevarlas a pasear, las vestía primero que yo; por acordarme de lo de los demás; por cambiar un pañal a último momento, tardaba en quedar pronta para salir y tú te fastidiabas.
Por eso fui la última cada vez que salíamos, cosa que siempre me lo reprochaste [¡siempre sos la última en salir!] y con dolor me tuve que callar tantas veces, por la paz del hogar, aún sabiendo de la injusticia (¡doble dolor!).
Pero de un tiempo a esta parte lo empecé a reclamar. No reclamé nada que no me correspondiera, no le quise quitar nada a nadie; simplemente reclamé ¡mi tiempo! el que todos tenemos derecho a tener. Yo también quería salir arreglada, para agradarte a ti; para sentirme bien. A ti ¿quién te medía el tiempo que necesitaste?... ¡A mí sí! ¡Y siempre, durante estos años!

La falta de conciencia de padre: Para ser padre hay que estar preparado
¡Yo estoy viva! por eso lo necesito. Necesito mi tiempo. Y por más cosas que tenga que hacer ¡me lo voy a tomar! Yo pienso que los hijos no son sólo de la madre, son de los dos. ¿Cuántas veces cambiaste un pañal? ¿Cuántas veces diste una mamadera? ¿Cuántas veces te levantaste de noche por oír llorar a alguno? ¿Cuántas veces acunaste a uno para que se durmiera o para taparlo bien? ¿Cuántas veces te levantaste de noche porque alguno no se sentía bien? ¿Cuántas veces diste un remedio? ¿Cuántas veces llamaste al médico o llevaste a uno al oculista o al dentista? Tantas veces yo tenía varias de esas cosas a la misma hora y no sabía qué hacer, porque no podía contar contigo. ¿Cuántas veces supiste hacerte el tiempo para estar con tus hijos, para charlar con tus hijas?
Todo lo que tengo eres tú y nuestros hijos y nada más, y no podía contar contigo. Gracias a Dios que me dio fuerzas suficientes para poderlo lograr. ¡Ésa, para mí, es mi siembra!
¡Roberto! no es sólo es mirar que no les falte el dinero; no todo son los chiches; no son sólo los viajes; las idas al parque; no son los besos sonriendo porque recién llegas y por algún motivo te tenés que ir enseguida. No creas que te lo reprocho, no soy yo quien te lo va a reprochar. Son tus hijos, son tus hijas (como en su momento yo se lo reproche a mis padres).
A pesar de que sos un padre muy cariñoso, que los querés mucho y ellos a ti también, pienso que cada uno siembra a su manera, pero que debemos pensar que el tiempo pasa y se pasa la época de sembrar. Ya después no nos van a necesitar tanto como en sus primeros años, hasta la adolescencia. Ahora nos necesitan más que nunca, el mayor tiempo posible.
Por todo esto es que saco la conclusión que ¡para ser padre hay que estar preparado, lo mismo que para convivir con amor y armonía en familia!

La huída: “Te dejé de querer”
Si todos los problemas de una familia se resolvieran con irse, los hoteles no tendrían lugar. Cuando me casé, pienso que sabía de las grandes responsabilidades que me deparaba el casamiento. Pero también sabía lo que quería, y el amor por mi familia y la Fe, me ayudaron a vencer el miedo a lo nuevo que me esperaba.
No es culpa de nadie el no sentirse preparado para afrontar tantas responsabilidades (y más las tuyas que eran muchas) que comprendo que te hayan sobrepasado.
Si bien me dijiste clara y repetidas veces, que “me habías dejado de querer”, “que para ti yo había muerto; que conmigo nada”. Yo respeto tu decisión, pero aún sostengo lo que te dije, que “no se deja de querer de un día para otro” a pesar de que los problemas sean muy grandes.
Pero cada uno es dueño de su universo y de su corazón… Pienso que quizás haga ya mucho tiempo que me hayas dejado de querer. ¡Lástima no haberlo dicho antes!
Te pido disculpas como cristiana, por si en muchas cosas te ofendí; por si te hice gastar lo que no podías; por si muchas veces no te entendí, no te comprendí. No fue por egoísmo y mala fe.
Para entenderse tiene que haber diálogo, comunicación, amor grande. Y entre nosotros ¿te parece que fue posible? Todos tenemos nuestros defectos pero, a veces, nos cuesta reconocerlos. ¡Qué lástima que si no me querías, no me lo dijiste antes! Con razón hace tiempo que te noto tan distante.
Pienso, preocupada, que cuanto más pasa el tiempo, peor es la situación, no sólo para nuestros hijos, que tanto quieres y te quieren, sino para los dos.
Quiero expresarte de corazón, porque no puedo mentir ¡yo sí te quiero todavía y no te he dejado de querer aún! A pesar de sentirme dolida y abandonada y de que ¡quiero seguir viva! Por mí y por los nenes que nos necesitan (aunque yo no pueda darles de mi parte lo material, que tú sí, les podés dar en este momento).
¡Quiero vivir feliz y en paz!
Marta
 



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