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Obra de misericordia: llevar paz al necesitado
La Iglesia y el trabajo humano /La Doctrina Social de la Iglesia

Por: Salvador I. Reding VidaƱa | Fuente: Catholic.Net

Entre las obras de misericordia que Mateo nos narra en su evangelio, y por las cuales Jesús fue muy claro que será la materia del juicio final, se nos enseñan unas de las “corporales” (amén de las espirituales): «(Estuve) enfermo y me visitasteis, encarcelado y fuisteis a verme».

 

El tiempo del enfermo y del encarcelado parece correr más lento por la soledad, por la falta de compañía familiar y de amistad. El enfermo y el preso muchas veces carecen de algo que quienes estén cerca de ellos también pueden carecer, y que es la paz interior. ¿Por qué? Pues porque en esos estados de necesidad lo que puede traerles algo o mucho de paz (de esa que da el Señor y no la que da el mundo) es la presencia de una forma u otra de quienes son sus verdaderos amigos y que les facilitan tenerla.

 

El famoso tango “La cama vacía” nos narra la profunda tristeza y la falta de paz del enfermo abandonado, el abandono que cuenta en carta al amigo que lo narra, que al llegar el domingo va a visitarlo, sólo para encontrarse con “la cama vacía”.

 

Las tres llamadas virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad se pueden vivir y compartir con la presencia que se da a quienes sufren de soledad. La Fe hace al visitante creer en la palabra de Jesús, y hace al solitario sentir que la Fe existe en los seres queridos y que le quieren. Visitarlos les da Esperanza en la gente y en el sentido cristiano de la solidaridad. Y qué más ser Caridad vivida.

 

Pero no todos los enfermos son los encamados en casa u hospital, sino enfermos solitarios, en especial los ancianos. Hay personas que gustan de vivir solitarios y administran su vida en su soledad y la convivencia con familia y amigos. Pero hay muchas personas, demasiadas, que sufren de soledad y a quienes el contacto con amigos les da algo de alegría, y quizás sin saberlo, de paz interior.

 

Así como hay enfermos del cuerpo los hay de la enfermedad llamada depresión, y estas personas deprimidas también necesitan del calor humano. Y por el estilo de vida de las grandes urbes sobre todo, muchas personas sufren de una soledad no buscada o del desencanto de una soledad buscada, fallida y que solamente les trae depresión.

 

Pero la vida moderna nos ha ido dando medios antes inexistentes para comunicarnos con solitarios, enfermos y hasta encarcelados. Tiempo atrás, solamente se podía acompañarlos con una visita en persona. Pero luego llegó ese medio de contacto a distancia llamado teléfono. Y muchas veces quien está solo, enfermo, espera esa llamada del ser querido y del amigo y no la recibe. ¡Háblenme de cuando en cuando! piden muchas veces los padres solos a sus hijos. La falta de atención les causa tristeza, depresión, desilusión. Y el teléfono… en silencio.

 

Un caso particular es la visita a los encarcelados, pues en general los encargados de las prisiones ponen dificultades, horarios para que reciban visitas y hasta extorsionan a los visitantes. Pero en lo que se pueda hay que verlos. Los días de visita se ven luego largas filas de familiares a visitar a sus encarcelados, en su mayoría mujeres, madres, esposas e hijas. El Señor les bendice, les da paz y les recibirá en la gloria como nos narra Mateo. He visto dos casos de personas encarceladas injustamente y liberadas de ello por intervención de tiempo y dinero de verdaderos amigos suyos. Y de esas hay sin duda muchas.

 

Y ahora la Internet nos ha dado muchos medios de estar “en contacto”, por telefonía móvil, por mensajerías y redes sociales. La complejidad de la vida urbana puede hacer complicado (digamos) trasladarse a visitar a los seres queridos, por soledad familiar o por estar encamados. Hay que usarlos. No hacerlo por la excusa que sea es inaceptable. Hasta un breve mensaje escrito avisa: “me importas”.

 

El contacto humano, presencial o por medios de comunicación lleva paz a quien lo necesita y lo recibe, el Señor lo premia de esa forma. En lenguaje humano el visitante y el visitado “se sienten bien”, pero es paz. Y permite también “estar al tanto” de cómo se encuentran nuestros familiares o amigos que viven en soledad.

 

San Pablo, que estuvo detenido y preso se quejó con Timoteo que cuando lo sometieron a juicio ¡todos me abandonaron! Que no les pase a los nuestros, que se vean acompañados en momentos de necesidad. Hay, como sabemos, ya muchas formas de hacerlo, de hacernos presentes y con ello practicar esas obras de misericordia, que serán la materia del gran juicio: posesión del Reino para quienes lo hicieron y fuego eterno para quienes se negaron a practicarlas. Que seamos de los misericordiosos que irán a ese Reino “preparado desde la creación del mundo”. Llevemos paz a quien la necesita.