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Discernir todo en la vida es olvidarse de discernir la vida misma
Jóvenes /Mi vocación

Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net

El discernimiento es un instrumento útil para que el Espíritu Santo actúe. Se trata de un instrumento y no debe ser idolatrado como la panacea de los problemas vitales del ser humano. Se cae en la tentación de dar mucho tiempo al discernimiento como método y poco espacio al Espíritu Santo, el artífice de nuestra santidad. A veces se maneja el discernimiento como un planificar el momento presente y tener todo bajo nuestro control y esto no es discernir, sino encarcelar al Espíritu Santo.

Además, el objetivo del diablo es hacernos discernir para sentirnos bien psicológica y existencialmente. La atención ya no es qué quiere el Espíritu Santo de nosotros, sino cómo podemos nosotros alcanzar la plena felicidad. El diablo lo que quiere es que vivamos haciendo malabares en la cuerda floja de los desequilibrios. Por un lado, nos tienta para que el discernimiento sea tanta luz que ya no veamos lo que Dios quiere de nosotros. Por otro lado, que caminemos en tinieblas, queriendo alcanzar la felicidad, pero sólo usando una mísera linterna que a penas ilumine nuestros pies.

Dicho esto, evoco aquí la sabiduría de un escritor antiguo: “el discernimiento (discreción) es generadora, custodia y moderadora de todas las virtudes” (Casiano, Collatio 2 4). Generar, custodiar y moderar. En esto el Espíritu Santo es como luz que alumbra cada paso del crecimiento interior y vital. No en vano “dis-cernere” significa en latín: “ver algo con clara distinción bajo la fuerza de una luz adecuada”. Siendo así, toda la vida humana es un discernimiento bajo la luz del Espíritu Santo, pero no todo en la vida humana es discernimiento. Querer discernir todo en la vida es olvidar de discernir la vida misma. Discernir para Casiano es lo mismo que las etapas de la vida natural: nacer, crecer, vivir… y morir- eso lo añadimos nosotros.

Discernir es generar. ¿Generar qué? Seguramente no existe nada más inútil que un consejo no pedido o una respuesta a quien no se pregunta nada. Un elemento que está en crisis en el uso del discernimiento actualmente es el preguntarse adecuadamente lo que Dios quiere. Las respuestas dadas a nivel de catecismo, de moral, de doctrina, de cultura, de filosofía, de psicología pueden ser interesantes, pero si se parte de una pregunta equivocada, la respuesta es insignificante. Discernir es generar las preguntas correctas, esenciales, serias. En el fondo, la tarea evangelizadora en el campo del discernimiento es “sembrar el deseo de ver algo”, despertar el interés por los tesoros y valores que hagan al hombre feliz. El fin no es discernir, sino enamorarse de algo y Alguien que dé sentido a la vida, pues la peor desgracia de un hombre es perder el sentido de la propia vida. ¡Cuánta gente pasa la vida discerniendo y nunca ha tenido la gracia de abrazar lo que buscan porque nunca se han planteado las preguntas adecuadas! Por eso, generar preguntas fundamentales es el inicio del querer ver algo en el camino de la vida.

Discernir es custodiar. ¿Custodiar qué? La sociedad actual confunde precio con valor. ¡Precio no es valor! Hay cosas que tienen un alto precio, pero no valen nada. Tanto se ha manoseado la palabra “discernimiento” en varios ámbitos de la vida humana que nos hemos vuelto cínicos, utilizando sofismas para discernir lo indiscernible. Es lo que ya afirmaba Óscar Wilde: el cínico es el hombre que conoce el precio de todas las cosas y desconoce el valor de todas ellas (Óscar Wilde, El abanico de lady Windermere, 1892). Quien no desconoce el valor de un buen discernimiento no es capaz de aprender a custodiar lo que realmente importa. La Sagrada Escritura nos exhorta a verlo todo y rescatar lo mejor. Discernir la vida significa custodiar los valores innegociables que la permean: la fe, la familia, la lealtad, los amigos, la educación, la justicia, la transparencia, el derecho a la vida en toda su amplitud, etc. Se pelea fácilmente por ideas, por proyectos, por puntos de vista, se gastan horas en soluciones fáciles al problema de la vida y no se apuesta por poner encima de la mesa lo que vale: la vida misma de cara a la eternidad. Custodiar es lo mismo que amar. Discernir para el amor, apostar por los auténticos valores cristianos que permean la vida misma es ser custodios no de un sano discernimiento, sino de la felicidad del hombre, ya que es una idiotez defender estructuras y métodos en vez de salvaguardar a la persona misma, pues se ocupan espacios, pero no crean procesos.

Discernir es moderar. Recordemos la definición de “bajo una luz adecuada”. Aquí los extremos son nefastos y engañosos. Hay gente que pide tanta luz a Dios para discernir el rumbo de sus vidas que al final no ven lo que buscan, pues piden lo extraordinario en medio de lo ordinario de la pedagogía divina. Luego hay gente que quiere ver lo que Dios quiere y sólo lleva una linternita en medio del bosque oscuro de sus vidas y acaban topándose con la oscuridad misma, sin rumbo y sin dirección. El Espíritu Santo no es luz que ciega nuestra humanidad ni linterna que defrauda en medio del bosque oscuro, sino luz adecuada para nuestros pasos. Discernir no es ver todo claro, sino ver algo con clara distinción y esto implica dar espacio al Espíritu Santo como esa discreta luz en nuestra vida.

Ahora hemos llegado a lo que Casiano no se atrevió a afirmar: discernir es morir. San Henry Newman con mucha razón decía que vivir es elegir y elegir implica renunciar; ha vivido mucho solamente quien ha renunciado mucho. Esto es importante porque enfoca maravillosamente lo que queremos decir: quien sabe renunciar y morir cada día ha entendido que el verdadero discernimiento es abrazar el destino mismo de la vida. Si discernimos todo en la vida y nos olvidamos de discernir nuestra vida misma es señal de que aún miramos mucho nuestro propio ombligo, y no hemos alargado la mirada del corazón para amar y aprender dar la vida por Dios y por los demás.

Discernir es morir. Quien muere en el fondo vive. ¡Sí, vive para alguien, vive para algo, porque no hay peor muerte que la del que no vive por otro! La madre que acoge una vida, ama. El que defiende los derechos inalienables del hombre, ama. El que entrega la vida en el matrimonio, en la vida religiosa, en la vida sacerdotal, ama. El que acoge al prófugo, al hambriento, al que llora, al que camina en la incertidumbre, ama. Y todo el que ama ha querido morir. Ha querido dar la vida, porque ha aprendido que el discernimiento que merece la pena es el que orienta toda la vida hacia una misma meta: Jesucristo. Al fin y al cabo, el que sabe que su vida no es para sí mismo discierne la vida misma y no se pierde en las banalidades que aparecen en la vida misma.

Que el Espíritu Santo, verdadero protagonista del auténtico discernimiento, nos ayude a generar, a custodiar y a moderar y morir con la mirada puesta en el puerto que nos espera. Al final somos lo que un Padre de la Iglesia describía con exactitud y sabiduría: “emprendemos en unas barquillas una larga travesía, marchamos hacia el cielo con débiles alas” (San Gregorio Nacianceno, Poemas teológicos, El Padre, PG 37, 397).