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Cristo en el baúl de Plutarco y el valle de la muerte
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Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net

Sólo Cristo revela al hombre el hombre mismo, subrayó con fuerza San Juan Pablo II en la Redemptor hominis respaldado por la Gaudium et Spes (1). Siguiendo la intuición de San Justino Mártir en su Apología II, reconocemos que ya antes de Cristo había semillas de la Verdad en tantas mentes paganas (2). Hoy nos atrevemos a concebir lo inconcebible dentro de algunas páginas paganas que albergan valores perennes de humanismo.

Con la convicción de que somos en el mundo lo que el alma es en el cuerpo (3), podemos dialogar con el que es diverso, pues sabemos que el Logos de Dios ha querido sembrar en el corazón de todo hombre un resquicio de su Verdad, de su Bondad y de su Belleza. Sin miedo a abrir el baúl de lo clásico, el cristianismo nunca ha rechazado la riqueza de ser hombre, porque si por un lado el Verbo se hizo carne (4), por otro ha asumido lo que ya decía Terencio con acierto: soy hombre y nada de lo humano me es ajeno (5).

Siendo así nuestros pasos se dirigen al siglo VI a.C. hacia lo mejor del mundo clásico griego. Plutarco, historiador y filósofo pagano, manifiesta en uno de sus escritos esa semilla de verdad cristiana misteriosa, real y llena de sabiduría. Parecería una idea descabellada afirmar que el misterio de Cristo se esconde en El Banquete de los Siete Sabios (6), pero no lo es. La valentía de dialogar con lo mejor del mundo clásico, extrayendo de ellos ese polen maravilloso de la verdad como lo hacen las abejas cuando se acercan a las flores, es el reto de descubrir valores cristianos en ese baúl de algún modo habitado por Cristo.

El rey egipcio Amasis organizó un concurso de sabiduría, proponiendo a algunos sabios del mundo antiguo sutiles preguntas. Estas fueron las preguntas: 1) ¿Qué es lo más antiguo? (το πρεσβυτατον); 2) ¿Qué es lo más hermoso? (το καλλιστον); 3) ¿Qué es lo más grande? (το μεγγιστον); 4) ¿Qué es lo más sabio? (το σοφωτατον); 5) ¿Qué es común a todos os hombres? (το κοινοτατον); 6) ¿Qué es lo más imprescindible? (το ωφελιμωτατον); 7) ¿Qué es lo más abominable? (το βλαβερωτατον); 8) ¿Qué es lo más arduo? (το ισχυροτατον); 9) ¿Qué es más fácil? (το ραστον); ¡Menudas preguntas!

He aquí lo que contestó Tales de Mileto. Lo más viejo no es el tiempo, sino Dios (θεος). Lo más grande no es el universo, sino el lugar (τοπος), porque el universo es el conjunto de los lugares (Ταλλα μεν γαρ ο κοσμος); además el conjunto de lugares hace con que el universo exista (τον δε κοσμον ουτος περιεχει). Lo más hermoso no es la luz- aunque Santo Tomás de Aquino indicaría la belleza como “claritas” (7)-, sino el universo (κοσμος) porque todas las cosas existen bajo un orden lógico de las partes, lo hace que el todo sea bellísimo- se trata la “debita proportio et integritas” (8)- (παν γαρ το κατα ταξιν τουτου μερος εστιν). Lo más sabio no es la verdad, sino la esperanza (ελπις) porque ésta es la que permanece siempre (και γαρ οις αλλο μηδεν, αυτη παρεστιν). Lo más necesario no es Dios, sino la virtud (αρετη), la cual forja el verdadero hombre racional y si no existe virtud el hombre comienza a sentirse necesitado. En cambio, si es virtuoso, nada necesita más para ser feliz (και γαρ ταλλα τω χρησθαι καλως ωφελιμα ποιει). Lo más abominable no es el maligno (κακια), aunque la virtud que tenemos pueda ser aplastada por el mal (και γαρ τα πλειστα βλαπτει παραγενομενη). Lo más duro es no saberse necesitado y no haya nadie que te ayude (αναγκη). Lo más fácil es dejarse llevar por el placer, dejándose arrastrar por los gustos y apetitos (το κατα φυσιν).

Tales ha contestado con maestría. Sin embargo, no contestó qué es lo más común a los hombres. ¿Qué es común a todos? La muerte. El misterio insondable de la muerte demarca la trinchera entre esta vida y el más allá. La muerte, frontera unánime a todos los hombres. Las preguntas y respuestas anteriores a la muerte son el compendio de los interrogantes del alma humana, que siendo filosófica por naturaleza, reconoce que hay un mundo sobrenatural, misterioso y eterno, del cual disfrutamos tan sólo un tenue reflejo aquí en la tierra. Cortando ese éxtasis del alma: la muerte. ¿Por qué el hombre tiene que morir? ¿Por qué el silencio de Dios frente a la muerte del hombre? ¡Misterio insondable!

En la parte inferior percibimos la dimensión del hombre en esta vida. El hombre que tiene por necesidad natural formarse y crecer en la virtud (αρετη) como bien pensaban los griegos. Lo más abominable que puede existir es la maldad (κακια), el vicio, la pérdida de los principios básicos que nos difieren del resto de los animales. Lo más fuerte que todo hombre busca es la relación (αναγκη), pues el hombre dentro de un fuerte sentido antropológico relacional es el ser que sólo se entiende en relación con los demás. Por último, debe saber vivir bajo su propia naturaleza (κατα φυσιν), debe aprender a guiar sus pasiones con la recta razón, a no dejarse vencer por las inclinaciones malas de su naturaleza.

Tales de Mileto no contestó estas cuestiones por azar. El conjunto con sus dos partes divididas por el misterio de la muerte está embargado de estructura ontológica, antropológica y también espiritual. Nuestro ojo humanístico y cristiano- como quien toma distancia de un cuadro para admirar su hermosura - se da cuenta de que en la parte superior están las inquietudes del alma (ψυχη) y en la parte inferior están los aspectos de la materia (υλη). Se trata del hilomorfismo aristotélico, el hombre como una unidad sustancial compuesto de alma y de cuerpo. En medio de ese gran mosaico: la muerte. Misterio que hace con que el hombre sea ciudadano de dos mundos: el espiritual y el material, como espléndidamente afirmó Joseph De Finance.

Dentro del este baúl filosófico de Plutarco, ahora nos preguntamos: ¿Dónde está Cristo? ¿Qué sentido tiene la muerte del hombre que nos acomuna a todos frente al misterio de Cristo? ¿Puede la fe entrar en sintonía con estas verdades filosóficas? Tales, sabio, no responde lo que es evidente: la muerte es común a todos los hombres. Su silencio no es sólo la evidencia de algo común, sino le expectación de una respuesta que sea más fuerte que el misterio de la muerte.

Ningún hombre podría vencer la muerte si no entrase en ella como verdadero Hombre y como verdadero Dios. Si fuese sólo hombre sería un derrotado al nacer. Si fuese sólo Dios sería imposible vencer la muerte porque Dios no puede padecer lo que es proprio de los hombres. Por tanto, si por un lado el baúl de Plutarco encierra la semilla de Verdad que salva al hombre de la muerte eterna, por otro, despierta una vez más el ansia de Cristo de toda la humanidad, escondida inconscientemente detrás de su filosofía, de su poesía, de su arte, de su música, de su historia, de sus profecías, incluso de sus pecados.

La filosofía nunca podrá dar la respuesta al porqué de la muerte dentro del mosaico de la existencia humana. Sin embargo, la espera de un punto de contacto que no pase por la muerte sería no aceptar que entre la orilla de esta vida y la de la Vida Eterna existe solamente una barca capaz de cruzar el lago oscuro de la muerte: la cruz de Cristo (9).

Por eso la gracia de Cristo crucificado ofrecida a las inquietudes existenciales del hombre asume en la Pasión de Cristo el asombro de un Dios que vino al mundo para salvarnos. Cristo no es un añadido al mosaico imperfecto de la existencia humana, como si a este mosaico golpeado por el misterio del pecado faltase algo. ¡No! Cristo es el sentido inicial y último de este mosaico, la única mano que nos ayuda a cruzar el valle de nuestra muerte.

Lo más triste que puede pasar a un hombre no es morir, sino morir sin Cristo. La angustia quizá de toda una vida no es que crucemos el valle oscuro de nuestra muerte que llegará tarde o temprano. La peor angustia es ser arrojado en ese valle oscuro sin haberse sujetado de una mano que conozca el camino en medio de la oscuridad. ¡Cristo conoce el camino! ¡Cojamos su mano!

El mundo pagano creía en el famoso barquero Caronte, gruñón y avaro, que transportaba las almas por el Hades. Ese Caronte no era otra cosa que la fantasía del hombre que no quiere morir solo y sabe que solo no puede llegar al más allá. La cruz de Cristo es nuestra barca. Cristo, que atravesó por nosotros el lago oscuro de la muerte, es nuestro guía. A Él no hay que pagarle como se pagaba a Caronte, porque Él ya pagó por nosotros con su Muerte y su Resurrección.  Lo que se necesita es estar en gracia, con el alma en sus manos, confiando en su Amor y su océano infinito de misericordia.

La valentía y el ingenio del humanismo cristiano han descubierto el anhelo de Cristo en las páginas de un escritor pagano que inconscientemente anhelaba por boca de Tales de Mileto la respuesta definitiva al porqué de la muerte. Cristo, no siendo un añadido a esta inquietud humana que la filosofía no puede satisfacer, siendo Verdadero Dios y Verdadero Hombre, experimenta Él mismo el misterio fronterizo entre las cosas del cielo y las de la tierra. Acerquémonos a la cruz y así entenderemos que desde siempre el hombre ha anhelado un Salvador, aunque inconscientemente, y que en Cristo no teme el fin de esta vida porque “tener miedo a la muerte es propio de quien no quiere ir a Cristo” (10).

Por eso, con la sensatez de quien filosofa en la fe rezamos con el beato Sebastián Valfré: “La cruz fue el Altar del Sacrificio, la Sábana fue el traje del Sumo Sacerdote, la Cruz fue el Árbol, la Sábana fue la vela de la Sacratísima Humanidad del Salvador, pasada la puerta de la muerte, llegó felizmente a puerto; la Cruz vivo lo recibió, y lo devolvió muerto, la Sabana muerto lo recibió y lo devolvió glorioso”. Es Cristo quien revela al hombre el Hombre. Es Cristo el sentido del vivir y del morir. Es Cristo lo que anhelaba quizás la pluma de Plutarco de la que salieron las Semillas del Verbo, anhelos y suspiros de una felicidad que perdure para siempre.

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:
1. Cfr. GAUDIUM ET SPES, n. 22.
2. Cfr. SAN JUSTINO MÁRTIR, Apología II, 8. Las semillas del Logos esparcidas por el género humano.
3. CARTA A DIOGNETO, Parte II: La vida de los cristianos. “Απλως δ” ειπειν, οπερ εστιν εν σωματι ψυχη, τουτ” εισιν εν κοσμω Χριστιανοι”.
4. Cfr. Jn 1, 14. “Ο Λογος σαρξ εγενετο”.
5. Cfr. TERENCIO AFRICANO, Heaut 1 1 25. “Homo sum; humani nihil a me alienum puto”.
6. PLUTARCO, El banquete de los siete sabios= Los siete sabios son Cleóbulo de Lindos; Solón de Atenas; Quilón de Esparta; Brías de Priene; Tales de Mileto; Pítaco de Mitilene; Periandro de Corinto. Todos estos ilustres sabios helénicos o por lo menos de lengua griega aparecen en esta obra extensa de Plutarco, que está encuadrada dentro de su “Moralia”, se ubica en la segunda parte.
7. Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, In divina nomina, 367 b.
8. Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I pars, q. 5, art. 4 ad unum. También I pars, q.12, art. 1 ad quartum.
9. Cfr. SAN AGUSTÍN, Comentario al Evangelio de San Juan; Prólogo.
10. SAN CIPRIANO DE CARTAGO, Mort 2. “Eius non est enim mortem timere, qui ad Christum nolit ire”.