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Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio
Hispanos Católicos en Estados Unidos /Homilías Mons. Enrique Díaz

Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net

Hoy es un día muy especial que no podemos dejar pasar desapercibido: celebramos la conversión del Apóstol San Pablo. Para muchos de nosotros solamente es una imagen de Pablo, perseguidor, que es derribado de su caballo. Pero su conversión es algo mucho más profundo, es un cambio de vida, una ruptura completa entre su vida anterior y la vida que seguirá. Y todo motivado por un encuentro con Jesús.

Las palabras que Jesús dirige a Pablo cuando escucha su voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, inician un proceso que llevará a Pablo a un descubrimiento y una experiencia de Jesús resucitado. Los cristianos, que él juzgaba paganos, son parte del Cuerpo de Cristo, y por eso puede afirmar que lo está persiguiendo. Jamás hubiera imaginado una explicación como ésta. Por eso queda sumergido en las tinieblas y en la oscuridad. Así puede ir haciendo el camino de la conversión al sentirse desvalido, desarmado y sin seguridades, solo a merced del amor de Jesús resucitado.

Él que creía que le estaba haciendo un gran servicio a Dios, se descubre inútil y equivocado y debe comenzar un nuevo camino. ¡Todo cambia! Él tan seguro en su doctrina, ahora tiene que someterse a la enseñanza de una nueva comunidad en la persona de Ananías, que lo instruye, lo acompaña y lo bautiza. Pablo así experimenta la presencia de Dios en su vida y la elección de que ha sido objeto como apóstol y evangelizador.

Puede gritar a los cuatro vientos la Buena Nueva porque él mismo ha sido testigo. Puede afrontar todas las dificultades, porque se sabe amado de Jesús y acompañado en todas las tareas. Puede abrir nuevos horizontes, porque él mismo se creía fuera del círculo de los del “camino”, y hasta su enemigo. Jesús no es enemigo, sino nuestro gran amigo.

Atención: a algunas personas les parece que la conversión es algo momentáneo. Pero la conversión es un proceso de cambio que requiere la experiencia de Dios, el silencio, al abandono a su voluntad. Sólo cuando nos ponemos totalmente en sus manos podremos cambiar nuestro corazón. Contemplemos hoy a Pablo e iniciemos también nosotros una verdadera conversión.