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Vengan, benditos de mi Padre
Hispanos Católicos en Estados Unidos /Homilías Mons. Enrique Díaz

Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net

Aunque con frecuencia nos reímos de la muerte, es una de las realidades más difíciles de aceptar tanto en lo personal como en las personas que amamos. Siempre tendremos el interrogante del más allá y nos quedará un poco de temor ante lo desconocido.

Lo hemos experimentado cuando ha fallecido un ser querido: queda un hueco, el vacío y la añoranza. Nos es muy difícil aceptar que no lo volveremos a ver. Este día de los Fieles Difuntos, es un día que recordamos la esperanza.

El libro de la Sabiduría afirma que “las almas de los justos están en manos del Señor”. Es la esperanza del cristiano. Basando su fe en Cristo resucitado, espera participar él mismo y sus seres queridos, de la misma resurrección de Cristo. San Juan nos confirma en esta esperanza: “Estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos” Pero esta esperanza tiene un condicionamiento: el amor.

Estas palabras deben alentarnos mucho y darnos seguridad frente al terrible dolor de la muerte. El Señor ha dado a nuestros difuntos una vida diferente y plena. Afirmamos en el Credo: “Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.  Es nuestra confianza, basados en la palabra de Dios, que la vida no termina con la muerte sino que se transforma, alcanza una calidad superior mediante la cual se entra en plena comunión con Dios.

Él es la fuente primordial e inagotable de la vida. Así proclamamos que nuestros difuntos siguen vivos, junto a Dios, y esto lo vivimos en lo profundo de nuestro corazón. Si bien, básicamente esta conmemoración de los fieles difuntos, es retomar la esperanza y recordar que hay otra vida, el Evangelio de este día también nos hace pensar en nuestro propio final y las acciones sobre las que seremos juzgados: “Vengan benditos de mi Padre, porque… Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno…” la razón última para ser bendecido o condenado será si somos capaces de reconocer o no a Jesús en medio de los pobres, si hemos logrado vivir en carne propia las bienaventuranzas, si podemos descubrir el rostro de Jesús en cada hermano.

Que hoy al mismo tiempo que elevamos nuestra oración por nuestros hermanos difuntos, hagamos muy presente nuestra esperanza en la resurrección de los muertos y examinemos el camino hacia donde nos va llevando nuestra forma de actuar. Con Cristo resucitado proclamamos nuestra propia resurrección y nuestra esperanza.