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El don de la Reconciliacion
Catequistas y Evangelizadores /Libros

Por: Luca Ferrari | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 4, No. 21, Julio - Agosto 2002

En Junio de 1999 se me pidió que tratara de escribir un proyecto para las confesiones durante la Jornada Mundial de la Juventud del Gran Jubileo del 2000.

Se trataba de la más relevante cita con el sacramento de la Reconciliación que pudiéramos imaginar: tantos jóvenes de todos los continentes, con historias tan diversas. Desde hacía tiempo circulaba, y no solamente en la Iglesia, la convicción de que el Sacramento de la Reconciliación está en crisis.

No es la confesión que hace pensar en el pecado, sino la tristeza de muchas soledades que grita la necesidad del perdón. La reconciliación, si es auténtica, hace pensar en una nueva vida, quienes lo han comprendido se convierten en signos de reconciliación en todos los ambientes. Y descubren el gozo de conquistar todas las virtudes, a partir de la humildad.

El sacramento de la reconciliación no reemplaza el anuncio exigente de la voluntad de Dios. Representa la ocasión para volver a encontrar la posibilidad de alcanzar las cimas del verdadero amor.

Todos sabemos que le corazón humano, y en particular el de los jóvenes, es muy exigente. Dispuesto al perdón siempre. Pero también frágil y necesitado de aliento. Por ello la praxis de la confesión individual permite superar un cierto e inevitable sentido genérico de actitudes educativas que no son aptas para todos en cualquier momento.

Toda simplificación o generalización corre el riesgo de no llegar al corazón. Cuantos experimentan la humillación de la caída, más que la dureza, necesitan conocer un perdón sin reservas. Si la palabra de Dios no hace descuentos, debemos considerar verdadera también su total disponibilidad no solamente en no tener rencor, sino además en dar una vida nueva en el Espíritu a cualquiera que la pida. El sacramento de la reconciliación debería representar la cumbre de este cambio: de la soledad a la comunión, de la tristeza al gozo, de la muerte a la vida.

Pienso que poder experimentar la paternidad de Dios es un don particular. ¡Sus hijos no son todos iguales!

Pienso que el Espíritu Santo sugiere al corazón del sacerdote las palabras, las actitudes, las maneras con las que provocará que cada joven experimente la fuerza y la dulzura del amor del Padre. El riesgo de repetir a todos lo mismo, del mismo modo, va a menudo unido a una cierta pereza en la escucha, o más a menudo, al poco amor que tenemos, al poco amor que tenemos por cada joven como nos lo manda el Señor. El también ha tratado a las personas que ha encontrado de manera distinta dando a cada cual aquello que necesitaba.

Los jóvenes llevan la existencia grabada en el corazón. A menudo no son los jóvenes los que temen a los adultos, sino los adultos quienes temen a los jóvenes, tal vez porque son demasiados exigentes. No te piden que seas perfecto, sino auténtico, sincero. Nadie está sin pecado, ni siquiera el sacerdote. Pero si es humilde y sabe reconocer el don recibido, se percata de que ayuda a que los jóvenes encuentra la fe mediante la eucaristía y la reconciliación.

La fe se adquiere así: de testigo a testigo. Por eso el Santo Padre quiso instalar en el Circo Máximo (donde los testimonios de fe) la cruz de la Jornada Mundial de la Juventud y celebrar a su alrededor la fiesta del perdón. A él, que es un testigo extraordinario de una fe, le debemos un profundo agradeci­miento por los frutos espirituales abundan­tes que hemos recogido.

Los jóvenes tienen sed de Dios. En ellos a menudo encontramos un terreno virgen, disponible y generoso. La dificultad mayor al confesar a gente joven consiste a menudo en llenar el vacío con el que han crecido. No rehúsan sus errores. Más a menudo los adultos quieren justificarse y negar, con todos los medios, evidencias clarísimas.

Creo poder comprender bien que es necesario querer mucho a los jóvenes. El Señor no ha dicho "juzgar poco y con prudencia". Nos ha dicho "No juzguéis". Esto no significa que no debamos ayudar la conciencia de los jóvenes. Justamente se trata de educar la conciencia de manera recta, y de no juzgar la conciencia de los demás, a la luz de la verdad que es Jesús.

Me parece muy útil educar a la confesión frecuente. Cuando la pedagogía no es clara, se suele recurrir al sacramento en ocasiones extremas, y puede ocurrir con la penitencia lo que ha menudo ha ocurrido con la unción de los enfermos. Se convierte en algo que da miedo. Sería como afirmar que necesitamos un médico cuando nos hemos muerto ya.

A los que no tienen la costumbre de un "ritmo" penitencial desde pequeños, les hace falta la naturalidad de acercarse a la penitencia con tranquilidad.

En mi experiencia personal de confesor, me doy cuenta de que quienes se confiesan regularmente, lo hacen con más alegría, con más naturalidad y, creo yo, con más fruto. En esto lo importante es una educación por parte de los catequistas y educadores, además de los sacerdotes.

Con respecto al sacramento de la reconciliación no basta el genérico asombro por esta inesperada vuelta de los jóvenes. Es preciso interrogarse sobre las razones que han inducido a ello, si no queremos caer en una fácil superficialidad de los que no saben recoger los signos de los tiempos.

Y si es verdad que el buen pastor deja a noventa y nueve ovejas para ir en búsque­da de la oveja perdida, bastaría esta consi­deración para que nos sintamos injustos ante Dios y los hombres si no sabemos go­zar con Él por tanto bien.

 

Por cortesía de II Timone

Bimestrale di formazione e informazione apologética.

Fagnano Olana (Va). Italia

Artículo resumido y traducido por J. Salvador Hernánde