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Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: www.vatican.va Encuentro con los jóvenes y con los seminaristas en Nueva York
Viaje apostólico de S.S. Benedicto XVI a los Estados Unidos (Seminario de San José, Yonkers, Nueva York, 19 de abril de 2008)
A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA Y
VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACIÓN DE LA NACIONES
UNIDAS
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES Y LOS SEMINARISTAS DISCURSO DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
Seminario de San José, Yonkers, Nueva York Sábado 19 de
abril de 2008
Eminencia, Queridos Hermanos en el Episcopado, Queridos jóvenes amigos:
Proclamen a
Cristo Señor, “siempre prontos para dar razón de su esperanza
a todo el que se la pidiere” (1 Pe 3,15).
Con estas palabras de la Primera carta de san Pedro,
saludo a cada uno de ustedes con cordial afecto. Agradezco
al Señor Cardenal Egan sus amables palabras de bienvenida y
también doy las gracias a los representantes que han elegido
por sus manifestaciones de gozosa acogida. Dirijo un particular saludo
y expreso mi gratitud al Señor Obispo Walsh, Rector del
Seminario de San José, al personal y a los seminaristas.
Jóvenes
amigos, me alegra tener la ocasión de hablar con ustedes.
Lleven, por favor, mis cordiales saludos a los miembros de
sus familias y a sus parientes, así como a sus
profesores y al personal de las diversas Escuelas, Colegios y
Universidades a las que pertenecen. Me consta que muchos han
trabajado intensamente para garantizar la realización de este nuestro encuentro.
Les quedo muy reconocido. Gracias también por haberme cantado el
“Happy Birthday”. Gracias por este detalle conmovedor; a todos les
doy un sobresaliente por la pronunciación del alemán. Esta tarde
quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el ser discípulo
de Jesucristo; siguiendo las huellas del Señor, nuestra vida se
transforma en un viaje de esperanza.
Tienen delante las imágenes de
seis hombres y mujeres ordinarios que se superaron para llevar
una vida extraordinaria. La Iglesia les tributa el honor de
Venerables, Beatos o Santos: cada uno respondió a la llamada
de Dios y a una vida de caridad, y lo
sirvió aquí en las calles y callejas o en los
suburbios de Nueva York. Me ha impresionado la heterogeneidad de
este grupo: pobres y ricos, laicos y laicas –una
era una pudiente esposa y madre–, sacerdotes y religiosas, emigrantes
venidos de lejos, la hija de un guerrero Mohawk y
una madre Algonquin, un esclavo haitiano y un intelectual cubano.
Santa
Isabel Ana Seton, Santa Francisca Javier Cabrina, San Juan Neumann,
la beata Kateri Tekakwitha, el venerable Pierre Toussaint y el
Padre Félix Varela: cada uno de nosotros podría estar entre
ellos, pues en este grupo no hay un estereotipo, ningún
modelo uniforme. Pero mirando más de cerca se aprecian ciertos
rasgos comunes. Inflamados por el amor de Jesús, sus vidas
se convirtieron en extraordinarios itinerarios de esperanza. Para algunos, esto
supuso dejar la Patria y embarcarse en una peregrinación de
miles de kilómetros. Para todos, un acto de abandono en
Dios con la confianza de que él es la meta
final de todo peregrino. Y cada uno de ellos ofrecían
su “mano tendida” de esperanza a cuantos encontraban en el
camino, suscitando en ellos muchas veces una vida de fe.
Atendieron a los pobres, a los enfermos y a los
marginados en hospicios, escuelas y hospitales, y, mediante el testimonio
convincente que proviene del caminar humildemente tras las huellas de
Jesús, estas seis personas abrieron el camino de la fe,
la esperanza y la caridad a muchas otras, incluyendo tal
vez a sus propios antepasados.
Y ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da
testimonio de la Buena Noticia de Jesús en las calles
de Nueva York, en los suburbios agitados en la periferia
de las grandes ciudades, en las zonas donde se reúnen
los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es
nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino.
El recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros
santos, por los gozos y las pruebas de la vida
ordinaria: en vuestras familias, en la escuela o el colegio,
durante vuestras actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales. Todos
estos lugares están marcados por la cultura en la que
estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas posibilidades
para el desarrollo personal y están siendo educados con un
sentido de generosidad, servicio y rectitud. Pero no necesitan que
les diga que también hay dificultades: comportamientos y modos de
pensar que asfixian la esperanza, sendas que parecen conducir a
la felicidad y a la satisfacción, pero que sólo acaban
en confusión y angustia.
Mis años de teenager fueron arruinados por
un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su
influjo creció –filtrándose en las escuelas y los organismos civiles,
así como en la política e incluso en la religión–
antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo.
Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a
todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y
abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la
destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron
a América precisamente para escapar de este terror.
Demos gracias a
Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de
las libertades que surgieron gracias a la expansión de la
democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos gracias
a Dios por todos los que lucharon para asegurar que
puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno
y verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes,
las autoridades civiles que buscan lo que es recto y
justo.
Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería
engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido
derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos
distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy
dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran
gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la
vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo
superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el
verdadero maestro de vida (cf. Spe salvi, 6). Su muerte
y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: “Tú
has renovado el mundo” (Viernes Santo, Oración después de la
comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima
liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia,
sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios
por nuestro mundo: “Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las
tinieblas del espíritu” (cf. Oración al encender el cirio pascual).
¿Qué
pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre
todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la
represión o de la manipulación en vez de la mano
tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece
al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los
jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso
en los afectados por el abuso de la droga y
los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza,
por el racismo, la violencia o la degradación, en particular
muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas
son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada
que se manifiesta en tratar a las personas como meros
objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después
se burla de la dignidad dada por Dios a toda
persona humana. Tragedias similares muestran también que lo podría haber
sido y lo que puede ser ahora, si otras manos,
vuestras manos, hubieran estado tendidas o se tendiesen hacia ellos.
Les animo a invitar a otros, sobre todo a los
débiles e inocentes, a unirse a ustedes en el camino
de la bondad y de la esperanza.
El segundo grupo de
tinieblas –las que afectan al espíritu– a menudo no se
percibe, y por eso es particularmente nocivo. La manipulación de
la verdad distorsiona nuestra percepción de la realidad y enturbia
nuestra imaginación y nuestras aspiraciones. Ya he mencionado las muchas
libertades que afortunadamente pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente
la importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que
muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente
su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede
ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva
a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario
oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros
mismos y del mundo se hace confusa o se ve
incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.
¿Han notado
ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer
jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay
quien afirma hoy que el respeto a la libertad del
individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la
verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes,
hablar de la verdad se considera como una fuente de
discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar
este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad
–o mejor, de su ausencia– se ha difundido la idea
de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura
la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos
relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la
verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos
jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre
de la libertad o de una experiencia, los ha llevado
al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o
intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por
sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo,
trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una
imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el
descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del
que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir
basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es
una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que
la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es
decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos
y ser incorporados en el “ser para los otros” de
Cristo (cf. Spe salvi, 28).
Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a
los otros a caminar por el camino de la libertad
que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad
duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué
modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las
tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra
en la médula de su fe, de nuestra fe. La
encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de
hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que
la posada está llena, él entra por el establo, y
hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de
lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes
y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que
los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este
respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa
de Pascua: “¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo,
luz del mundo, nos has dado la luz de tu
gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza”
(cf. Bendición del fuego). De este modo, en la procesión
solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a
otro la luz de Cristo. Es la luz que “ahuyenta
los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los
caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae
la concordia, doblega a los poderosos” (Exsultet). Ésta es la
luz de Cristo en acción. Éste es el camino de
los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza.
La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para
los otros, marchando por el camino de Cristo, que es
camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y
de paz.
Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos
en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor
de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo!
Miren a nuestros santos. La diversidad de su experiencia de
la presencia de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura
y la profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se
explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo.
A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo
de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado
cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la admiración.
Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos
como a un amigo, ante la inmensidad de su creación
y la belleza de nuestra fe cristiana.
Queridos amigos, el
ejemplo de los santos nos invita, también, a considerar cuatro
aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: oración personal y
silencio, oración litúrgica, práctica de la caridad y vocaciones.
Lo más
importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios.
Esta relación se manifiesta en la plegaria. Dios, por virtud
de su propia naturaleza, habla, escucha y responde. En efecto,
San Pablo nos recuerda que podemos y debemos “ser constantes
en orar” (cf. 1 Ts 5,17). En vez de replegarnos
sobre nosotros mismos o de alejarnos de los vaivenes de
la vida, en la oración nos dirigimos hacia Dios y,
por medio de Él, nos volvemos unos a otros, incluyendo
a los marginados y a cuantos siguen vías distintas a
las de Dios (cf. Spe salvi, 33). Como admirablemente nos
enseñan los santos, la oración se transforma en esperanza en
acto. Cristo era su constante compañero, con quien conversaban en
cualquier momento de su camino de servicio a los demás.
Hay
otro aspecto de la oración que debemos recordar: la contemplación
y el silencio. San Juan, por ejemplo, nos dice que
para acoger la revelación de Dios es necesario escuchar y
después responder anunciando lo que hemos oído y visto (cf.
1 Jn 1,2-3; Dei Verbum, 1). ¿Hemos perdido quizás algo
del arte de escuchar? ¿Dejan ustedes algún espacio para escuchar
el susurro de Dios que les llama a caminar hacia
la bondad? Amigos, no tengan miedo del silencio y del
sosiego, escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que
su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad.
En
la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La
palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios en
“la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que
es la Iglesia” (Sacrosanctum concilium, 7). ¿En qué consiste esta
obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo,
a su muerte y resurrección y a su ascensión, lo
que denominamos “Misterio pascual”. Se refiere también a la celebración
misma de la liturgia. Los dos significados, de hecho, están
vinculados inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el
verdadero contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra
de Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con
nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la
grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen
para la Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez
que celebran uno de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por
el Espíritu Santo los atrae hacia sí, dentro de su
amor sacrificial por el Padre, que se transforma en amor
hacia todos. De este modo vemos que la liturgia de
la Iglesia es un ministerio de esperanza para la humanidad.
Vuestra participación colmada de fe es una esperanza activa que
ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores- esté
abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que
ofrecemos a cada uno (cf. Spe salvi, 34).
Su plegaria personal,
sus tiempos de contemplación silenciosa y su participación en la
liturgia de la Iglesia les acerca más a Dios y
les prepara también para servir a los demás. Los santos
que nos acompañan esta tarde nos muestran que la vida
de fe y de esperanza es también una vida de
caridad. Contemplando a Jesús en la cruz, vemos el amor
en su forma más radical. Comencemos a imaginar el camino
del amor por el que debemos marchar (cf. Deus caritas
est, 12). Las ocasiones para recorrer este camino son muchas.
Miren a su alrededor con los ojos de Cristo, escuchen
con sus oídos, intuyan y piensen con su corazón y
su espíritu. ¿Están ustedes dispuestos a dar todo por la
verdad y la justicia, como hizo Él? Muchos de los
ejemplos de sufrimiento a los que nuestros santos respondieron con
compasión, siguen produciéndose todavía en esta ciudad y en sus
alrededores. Y han surgido nuevas injusticias: algunas son complejas y
derivan de la explotación del corazón y de la manipulación
del espíritu; también nuestro ambiente de la vida ordinaria, la
tierra misma, gime bajo el peso de la avidez consumista
y de la explotación irresponsable. Hemos de escuchar atentamente. Hemos
de responder con una acción social renovada que nazca del
amor universal que no conoce límites. De este modo estamos
seguros de que nuestras obras de misericordia y justicia se
transforman en esperanza viva para los demás.
Queridos jóvenes, quisiera añadir
por último una palabra sobre las vocaciones. Pienso, ante todo,
en sus padres, abuelos y padrinos. Ellos han sido sus
primeros educadores en la fe. Al presentarlos para el bautismo,
les dieron la posibilidad de recibir el don más grande
de su vida. Aquel día ustedes entraron en la santidad
de Dios mismo. Llegaron a ser hijos e hijas adoptivos
del Padre. Fueron incorporados a Cristo. Se convirtieron en morada
de su Espíritu. Recemos por las madres y los padres
en todo el mundo, en particular por los que de
alguna manera están lejos, social, material, espiritualmente. Honremos las vocaciones
al matrimonio y a la dignidad de la vida familiar.
Deseamos que se reconozca siempre que las familias son el
lugar donde nacen las vocaciones.
Saludo a los seminaristas congregados en
el Seminario de San José y animo también a todos
los seminaristas de América. Me alegra saber que están aumentando.
El Pueblo de Dios espera de ustedes que sean sacerdotes
santos, caminando cotidianamente hacia la conversión, inculcando en los demás
el deseo de entrar más profundamente en la vida eclesial
de creyentes. Les exhorto a profundizar su amistad con Jesús,
el Buen Pastor. Hablen con Él de corazón a corazón.
Rechacen toda tentación de ostentación, hacer carrera o de vanidad.
Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la
caridad, la castidad y la humildad, imitando a Cristo, el
Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser
imágenes vivas (cf. Pastores dabo vobis, 33). Queridos seminaristas, rezo
por ustedes cada día. Recuerden que lo que cuenta ante
el Señor es permanecer en su amor e irradiar su
amor por los demás.
Las Religiosas, los Religiosos y los Sacerdotes
de las Congregaciones contribuyen generosamente a la misión de la
Iglesia. Su testimonio profético se caracteriza por una convicción profunda
de la primacía del Evangelio para plasmar la vida cristiana
y transformar la sociedad. Quisiera hoy llamar su atención sobre
la renovación espiritual positiva que las Congregaciones están llevando a
cabo en relación con su carisma. La palabra “carisma” significa
don ofrecido libre y gratuitamente. Los carismas los concede el
Espíritu Santo que inspira a los fundadores y fundadoras y
forma las Congregaciones con el consiguiente patrimonio espiritual. El maravilloso
conjunto de carismas propios de cada Instituto religioso es un
tesoro espiritual extraordinario. En efecto, la historia de la Iglesia
se muestra tal vez del modo más bello a través
de la historia de sus escuelas de espiritualidad, la mayor
parte de las cuales se remontan a la vida de
los santos fundadores y fundadoras. Estoy seguro que, descubriendo los
carismas que producen esta riqueza de sabiduría espiritual, algunos de
ustedes, jóvenes, se sentirán atraídos por una vida de servicio
apostólico o contemplativo. No sean tímidos para hablar con hermanas,
hermanos o sacerdotes religiosos sobre su carisma y la espiritualidad
de su Congregación. No existe ninguna comunidad perfecta, pero es
el discernimiento de la fidelidad al carisma fundador, no a
una persona en particular, lo que el Señor les está
pidiendo. Ánimo. También ustedes pueden hacer de su vida una
autodonación por amor al Señor Jesús y, en Él, a
todos los miembros de la familia humana (cf. Vita consecrata,
3).
Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora
presente? ¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo
es la esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran
el amor desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo,
sus caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de esperanza
que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán dentro de
la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por
el camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal, preparados
en el silencio, modelados por la liturgia de la Iglesia,
descubrirán la vocación particular a la que el Señor les
llama. Acójanla con gozo. Hoy son ustedes los discípulos de
Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en
otras. Den razón de su esperanza al mundo. Hablen con
los demás de la verdad que les hace libres. Con
estos sentimientos de gran esperanza en ustedes, les saludo con
un “hasta pronto”, hasta encontrarme de nuevo con ustedes en
julio, para la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney.
Y, como signo de mi afecto por ustedes y sus
familias, les imparto con alegría la Bendición Apostólica.
Palabras
del Santo Padre a los jóvenes y seminaristas de lengua
española
Queridos Seminaristas, queridos jóvenes:
Es para mí una gran alegría
poder encontrarme con todos ustedes en el transcurso de esta
visita, durante la cual he festejado también mi cumpleaños. Gracias
por su acogida y por el cariño que me han
demostrado.
Les animo a abrirle al Señor su corazón para que
Él lo llene por completo y con el fuego de
su amor lleven su Evangelio a todos los barrios de
Nueva York.
La luz de la fe les impulsará a
responder al mal con el bien y la santidad de
vida, como lo hicieron los grandes testigos del Evangelio a
lo largo de los siglos. Ustedes están llamados a continuar
esa cadena de amigos de Jesús, que encontraron en su
amor el gran tesoro de sus vidas. Cultiven esta amistad
a través de la oración, tanto personal como litúrgica, y
por medio de las obras de caridad y del compromiso
por ayudar a los más necesitados. Si no lo han
hecho, plantéense seriamente si el Señor les pide seguirlo de
un modo radical en el ministerio sacerdotal o en la
vida consagrada. No basta una relación esporádica con Cristo. Una
amistad así no es tal. Cristo les quiere amigos suyos
íntimos, fieles y perseverantes.
A la vez que les renuevo mi
invitación a participar en la Jornada Mundial de la Juventud
en Sidney, les aseguro mi recuerdo en la oración, en
la que suplico a Dios que los haga auténticos discípulos
de Cristo Resucitado. Muchas gracias.
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