Queridos hermanos y hermanas:
1. Para la Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones, que se celebrará el 13 de abril de 2008,
he escogido como tema: Las vocaciones al servicio de la
Iglesia-misión. Jesús Resucitado confió a los Apóstoles el mensaje: «Id
y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo»
(Mt 28, 19), garantizándoles: «Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt
28, 20). La Iglesia es misionera en su conjunto y
en cada uno de sus miembros. Si por los sacramentos
del Bautismo y de la Confirmación cada cristiano está llamado
a dar testimonio y a anunciar el Evangelio, la dimensión
misionera está especial e íntimamente unida a la vocación sacerdotal.
En la alianza con Israel, Dios confió a hombres escogidos,
llamados por Él y enviados al pueblo en su nombre,
la misión profética y sacerdotal. Así lo hizo, por ejemplo,
con Moisés: «Ve, pues, -le dijo el Señor- yo te
envío al faraón para que saques de Egipto! a mi
pueblo... cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, me daréis
culto en este monte» (Ex 3, 10.12). Y lo mismo
hizo con los profetas.
2. Las promesas hechas a los padres se realizaron
plenamente en Jesucristo. A este respecto, el Concilio Vaticano II
dice: «Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que
nos eligió en Él antes de la creación del mundo,
y nos predestinó a ser sus hijos adoptivos... Cristo, por
tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la
tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio,
y nos redimió con su obediencia» (Const. dogm. Lumen gentium,
3). Y Jesús escogió como estrechos colaboradores suyos en el
ministerio mesiánico a unos discípulos, ya en su vida pública,
durante la predicación en Galilea. Por ejemplo, cuando en la
multiplicación de los panes, dijo a los Apóstoles: «Dadles vosotros
de comer» (Mt 14, 16), impulsándolos así a hacerse cargo
de las necesidades del gentío, al que quería ofrecer pan
que lo saciara, pero también revelar el pan «que perdura,
dando vida eterna» (Jn 6, 27). Al ver a la
gente, sintió compasión de ellos, porque mientras recorría pueblos y
ciudades, los encontraba cansados y abatidos «como ovejas que no
tienen pastor» (cf. Mt 9, 36). De aquella mirada de
amor brotaba la invitación a los discípulos: «Rogad, pues, al
dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 38), y envió a los Doce «a la
ovejas perdidas de Israel», con instrucciones precisas. Si nos detenemos
a meditar el pasaje del Evangelio de Mateo denominado «discurso
misionero», descubrimos todos los aspectos que caracterizan la actividad misionera
de una comunidad cristiana que quiera permanecer fiel al ejemplo
y a las enseñanzas de Jesús. Corresponder a la llamada
del Señor comporta afrontar con prudencia y sencillez cualquier peligro
e incluso persecuciones, ya que «un discípulo no es más
que su maestro, ni un esclavo más que su amo»
(Mt 10, 24). Al hacerse una sola cosa con el
Maestro, los discípulos ya no están solos para anunciar el
Reino de los cielos, sino que el mismo Jesús es
quien actúa en ellos: «El que os recibe a vosotros,
me recibe a mí, y el que me recibe, recibe
al que me ha enviado» (Mt 10, 40). Y además,
como verdaderos testigos, «revestidos de la fuerza que viene de
lo alto» (cf. Lc 24, 49), predican «la conversión y
el perdón de los pecados» (Lc 24, 47) a todo
el mundo.
3.
Precisamente porque el Señor los envía, los Doce son llamados
«apóstoles», destinados a recorrer los caminos del mundo anunciando el
Evangelio como testigos de la muerte y resurrección de Cristo.
San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: «Nosotros -es
decir, los Apóstoles- predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1,
23). En ese proceso de evangelización, el libro de los
Hechos de los Apóstoles atribuye un papel muy importante también
a otros discípulos, cuya vocación misionera brota de circunstancias providenciales,
incluso dolorosas, como el ser expulsados de la propia tierra
por ser seguidores de Jesús (cf. 8, 1-4). El Espíritu
Santo permite que esta prueba se transforme en ocasión de
gracia, y se convierta en oportunidad para que el nombre
del Señor sea anunciado a otras gentes y se ensanche
así el círculo de la comunidad cristiana. Se trata de
hombres y mujeres que, ! como escribe Lucas en el
libro de los Hechos, «han dedicado su vida a la
causa de nuestro Señor Jesucristo» (15, 26). El primero de
todos, llamado por el mismo Señor a ser un verdadero
Apóstol, es sin duda alguna Pablo de Tarso. La historia
de Pablo, el mayor misionero de todos los tiempos, lleva
a descubrir, bajo muchos puntos de vista, el vínculo que
existe entre vocación y misión. Acusado por sus adversarios de
no estar autorizado para el apostolado, recurre repetidas veces precisamente
a la vocación recibida directamente del Señor (cf. Rm 1,
1; Ga 1, 11-12.15-17).
4. Al principio, como también después, lo que «apremia»
a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 14) es siempre
«el amor de Cristo». Fieles servidores de la Iglesia, dóciles
a la acción del Espíritu Santo, innumerables misioneros han seguido
a lo ! largo de los siglos las huellas de
los primeros apóstoles. El Concilio Vaticano II hace notar que
«aunque la tarea de propagar la fe incumbe a todo
discípulo de Cristo según su condición, Cristo Señor llama siempre
de entre sus discípulos a los que quiere para que
estén con Él y para enviarlos a predicar a las
gentes (cf. Mc 3, 13-15)» (Decr. Ad gentes, 23). El
amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos
con ejemplos y palabras; con toda la vida. «La vocación
especial de los misioneros ad vitam -escribió mi venerado predecesor
Juan Pablo II- conserva toda su validez: representa el paradigma
del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones
radicales y totales, impulsos nuevos y valientes» (Encl. Redemptoris missio,
66).
5.
Entre las personas dedicadas totalmente al servicio del Evangelio se
encuent! ran de modo particular los sacerdotes llamados a proclamar
la Palabra de Dios, administrar los sacramentos, especialmente la Eucaristía
y la Reconciliación, entregados al servicio de los más pequeños,
de los enfermos, de los que sufren, de los pobres
y de cuantos pasan por momentos difíciles en regiones de
la tierra donde hay tal vez multitudes que aún hoy
no han tenido un verdadero encuentro con Jesucristo. A ellos,
los misioneros llevan el primer anuncio de su amor redentor.
Las estadísticas indican que el número de bautizados aumenta cada
año gracias a la acción pastoral de esos sacerdotes, totalmente
consagrados a la salvación de los hermanos. En ese contexto,
se expresa un agradecimiento especial «a los presbíteros fidei donum,
que con competencia y generosa dedicación, sin escatimar energías en
el servicio a la misión de la Iglesia, edifican la
comunidad anunc! iando la Palabra de Dios y partiendo el
Pan de Vida. Hay que dar gracias a Dios por
tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la
propia vida por servir a Cristo... Se trata de testimonios
conmovedores que pueden impulsar a muchos jóvenes a seguir a
Cristo y a dar su vida por los demás, encontrando
así la vida verdadera» (Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 26). A
través de sus sacerdotes, Jesús se hace presente entre los
hombres de hoy hasta los confines últimos de la tierra.
6. Siempre ha
habido en la Iglesia muchos hombres y mujeres que, movidos
por la acción del Espíritu Santo, han escogido vivir el
Evangelio con radicalidad, haciendo profesión de los votos de castidad,
pobreza y obediencia. Esas pléyades de religiosos y religiosas, pertenecientes
a innumerables Institutos de vida contemplativa y activa, «han tenido
hasta ahora y siguen teniendo g! ran participación en la
evangelización del mundo» (Decr. Ad gentes, 40). Con su oración
continua y comunitaria, los religiosos de vida contemplativa interceden incesantemente
por toda la humanidad; los de vida activa, con su
multiforme acción caritativa, dan a todos el testimonio vivo del
amor y de la misericordia de Dios. Refiriéndose a estos
apóstoles de nuestro tiempo, el Siervo de Dios Pablo VI
escribió: «Gracias a su consagración religiosa, ellos son, por excelencia,
voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar
el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son
emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad
y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les
encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión
y afrontando los más grandes riesgos para su santidad y
su propia vida. Sí, en ve! rdad, la Iglesia les
debe muchísimo» (Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 69).
7. Además, para que la
Iglesia pueda continuar y desarrollar la misión que Cristo le
confió, y no falten los evangelizadores que el mundo tanto
necesita, es preciso que nunca deje de haber en las
comunidades cristianas una constante educación en la fe de los
niños y de los adultos; es necesario mantener vivo en
los fieles un sentido activo de responsabilidad misional y una
participación solidaria con los pueblos de toda la tierra. El
don de la fe llama a todos los cristianos a
cooperar en la evangelización. Esta toma de conciencia se alimenta
por medio de la predicación y la catequesis, la liturgia
y una constante formación en la oración; se incrementa con
el ejercicio de la acogida, de la caridad, del acompañamiento
espiritual, de la reflexión y del discernimiento, as&iacut! e; como
de la planificación pastoral, una de cuyas partes integrantes es
la atención vocacional.
8. Las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la
vida consagrada sólo florecen en un terreno espiritualmente bien cultivado.
De hecho, las comunidades cristianas que viven intensamente la dimensión
misionera del ministerio de la Iglesia nunca se cerrarán en
sí mismas. La misión, como testimonio del amor divino, resulta
especialmente eficaz cuando se comparte «para que el mundo crea»
(cf. Jn 17, 21). El don de la vocación es
un don que la Iglesia implora cada día al Espíritu
Santo. Como en los comienzos, reunida en torno a la
Virgen María, Reina de los Apóstoles, la comunidad eclesial aprende
de ella a pedir al Señor que florezcan nuevos apóstoles
que sepan vivir la fe y el amor necesarios para
la misión.
9.
Mientras confío esta reflexión a todas las Comunidades eclesiales, para
que la hagán suya y, sobre todo, les sirva de
inspiración para la oración, aliento el esfuerzo de cuantos trabajan
con fe y generosidad en favor de las vocaciones, y
envío de corazón a los educadores, a los catequistas y
a todos, especialmente a los jóvenes en etapa vocacional, una
especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 3 diciembre 2007
Consultorio vocacional Foros de
Catholic.net
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