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Vocaciones | sección
Autor: José Miguel Cejas | Fuente: www.conelpapa.com
VII. Actitudes ante la vocación de los jóvenes
Cuando las contradicciones de los santos vienen de la propia familia
 
VII. Actitudes ante la vocación de los jóvenes
VII. Actitudes ante la vocación de los jóvenes
Tres contra dos y dos contra tres

A pesar de lo que hemos considerado en capítulos anteriores, la mayor parte de las contradicciones que han sufrido los santos no han sido promovidas por los grandes enemigos de la fe, por los políticos sectarios o por los dirigentes de medios de comunicación anticristianos, sino por personas que pertenecen a un entorno mucho más cercano con frecuencia, por personas de la propia familia.

Esto no es de extrañar: tampoco los familiares cercanos de Jesucristo llegaron a comprender su comportamiento:

"¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra?", dijo Jesús a sus discípulos. "No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra."´.

Estas palabras se entienden en toda su plenitud al contemplar las tensiones que suele provocar en el entorno doméstico la entrega a Dios de alguien de la propia familia.

La entrega no supone una quiebra en el amor entre padres e hijos: Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres). Lo que queda patente en la entrega a Dios es una jerarquía del corazón: esa persona manifiesta con su decisión de entrega que el amor a Dios es lo primero, y lo que debe anteponerse a todo, en coherencia con la enseñanza constante de la Iglesia, fiel a las enseñanzas de Cristo. "Los padres han de ser honrados -recordaba San Agustín-, pero Dios debe ser obedecido".

La formulación evangélica no ofrece dudas: "Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" . Pero con frecuencia, los padres, los hermanos, los amigos, no ven las cosas del mismo modo.

En este aspecto, los santos han tenido que padecer, como tantas otras miles de personas que se han entregado a Dios en estos veinte siglos de cristianismo, serias contradicciones. "Cuando mi madre supo mi resolución -recordaba san Juan Crisóstomo- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto." Su madre, viuda, le fue recordando todo lo que había hecho por él desde su nacimiento; y le pidió, entre lágrimas, que no la abandonara en la vejez, dejándola viuda por segunda vez.

"Espera al fin de mis días -le decía Antusa-, (...) cuando me hayas entregado a la tierra y me hayas puesto junto a los huesos de tu padre, emprende entonces largos viajes (...). Yo no te he faltado en nada...".

San Juan Crisóstomo tenía 23 años y en aquella ocasión, cedió. Sólo las palabras de un amigo, le convencieron más tarde a llevar a cabo su vocación, a pesar de esa contradicción familiar.

La Iglesia enseña que no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. "Dad a cada uno lo suyo -recuerda san Agustín- conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres."

En su viaje a Irlanda en 1979, Juan Pablo II recordaba a los padres que "Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -decía el Papa- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. (...) Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas" (Limerik, 1-X-1979).


No te dejaremos en paz

Una señora de Siena, Lapa di Puccio di Piagente, prefirió las amenazas a las lágrimas. "¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!", le dijo a su hija Catalina, cuando ésta le comunicó, a los diecisiete años, que había decidido entregarse a Dios en el celibato, permaneciendo en el propio hogar familiar. "No te dejaremos en paz -sentenció Monna Lapahasta que hagas lo que te mandamos."

Catalina permaneció irreductible ante la presión familiar: "en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón".

Su padre, al oírla, apoyó su decisión: "Desde hoy –dijo nadie molestará a esta querida hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre."

Se cumplían a la letra las palabras del Evangelio: la madre contra la hija... A partir de aquel día, viendo que ni siquiera su marido estaba de su parte, Monna Lapa soportó, entre miles de protestas, la decisión de Catalina de permanecer célibe, y aceptó a regañadientes sus mortificaciones, su desprendimiento, sus limosnas, su atención a los enfermos... Pero estalló en cólera cuando vinieron las inevitables maledicencias que han acompañado siempre a los santos.

La que difamaba a Catalina era una cancerosa, una de las enfermas a las que atendía con más sacrificio. Aquello fue la gota que colmó el vaso del orgullo herido de Monna Lapa: "Si no dejas de cuidarla -amenazó a Catalina-, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte hija mía."

Pocos años después, aquella jovenpusos los medios para cerrar uno de los capítulos más dolorosos de la historia de la Iglesia: hizo que el Papa volviera a Roma desde Aviñón.

Su madre fue testigo de la exaltación de su hija en la procesión solemne de sus reliquias que se organizó en Siena en la primavera de 1383


Un prototipo de intransigencia

Más intransigente con la vocación de su hijo fue Teodora de Theate, madre de Tomás de Aquino, que demostró no ser una mujer fácil de convencer cuando se resolvía a algo. Pérez de Urbel la retrata como una "condesa feudal, autoritaria, dura y altiva"´.

Había enviado a Tomás a Monte Casino, a los cinco años de edad, donde era Abad un pariente de su marido, Landolfo Sinibaldi, y aspiraba "a lo que parece, a que su benjamín llegase un día a ceñir la mitra abacial".

La tormenta estalló cuando, después de diversas peripecias que lo llevaron a estudiar a Nápoles, Tomás decidió, a los dieciocho años, entregarse a Dios en la Orden de Predicadores, en contra de la voluntad de su madre.

Teodora era una mujer resuelta. ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Nápoles? Allí se dirigió. Pero Tomás se había marchado a Roma. Se fue a Roma. Al llegar, le dijeron que se había marchado a Bolonia con el Maestre General, Juan de Wildeshausen. Enfurecida, llamó a otros hijos suyos, Aimón, Felipe, Reinaldo y Adenolfo, que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda, que se lo trajesen preso y que lo encerrasen en la fortaleza familiar de Montesangiovanni. Ya se ve que Teodora no tenía de la libertad personal un concepto demasiado elevado.

Sus hermanos encontraron al joven Tomás camino de Bolonia, a mediados de mayo de 1244, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron, forcejearon para quitarle el hábito y se lo llevaron por la fuerza primero hasta Montesangiovanni y luego a Rocaseca, el antiguo castillo familiar, donde lo encerraron.

Allí Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina. Sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, ahora ya no por la fuerza, sino por la persuasión. Le sugerían que siendo benedictino podría llegar a ser Abad... Todo, todo antes que ser fraile mendicante. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles, y lo que es peor: Marotta empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvió entregarse a Dios en el Monasterio de benedictinas de Capua.

Al cabo de casi año y medio, Tomás seguía sin mudar de parecer. Sus hermanos intentaron entonces una solución violenta: le quitaron los libros y el hábito y lo dejaron vestido con harapos. En vano.

Su madre estaba decidida a poner todos los medios y cambió de táctica; pensó que, ya que no se podía vencer su intransigencia con palabras ni por la fuerza, habría que reducir su corazón con una mujer. Trajeron de Nápoles una cortesana a sueldo y una noche la introdujeron provocadoramente en la habitación de Tomás. Pero éste, en cuanto la vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la napolitana huyó despavorida...

Al fin, Tomás no encontró otra solución que descolgarse con una cuerda por la ventana de la fortaleza, y escaparse en dirección a Nápoles... Y no acabaron ahí las contradicciones, cuya relación sobrepasa el espacio de estas páginas.


Mi hijo no será fraile

Don Fernando, el padre de Luis Gonzaga, puso también todas las dificultades imaginables: "¡mi hijo no será fraile!", repetía. Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al gran duque Francisco de Médicis, donde esperaba que el ambiente cortesano acabara por conquistarlo.

Pero el joven Luis volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido a entregarse a Dios como salió. Su padre le envió entonces a la Corte del Rey de España, donde lo tuvo por espacio de tres años. A la vuelta, en 1584, Luis declaró que quería ingresar en la Compañía de Jesús. Se sucedieron escenas violentas entre padre e hijo, que cayó enfermo.

Don Fernando lo volvió a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín... hasta que al final, cedió.


Una protesta al Arzobispo

Pietro di Bernardone, un rico mercader de paños de Umbría, se mantuvo en la misma postura irreductible: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras. Estaba harto de verlo llegar a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa, no soportaba más que viviera en una gruta y mendigara por Asís; o que se dedicara a comprar piedras a cambio de las telas de su tienda para reconstruir una iglesia.

Para su padre, Francisco era, como escribe Bargellini, "el deshonor de la familia. Si se hubiera tratado de vocación religiosa, Pietro di Bernardone quizá no hubiese tenido dificultad en hacerlo entrar en el monasterio de los benedictinos del Subasio; pues, tras el novidíado, Francisco se habría convertido en un Padre respetado y honrado por todos. Comía en una asquerosa escudilla las sobras ajenas mezcladas en un abominable revoltijo. Parecía como si gozase en infamarse".

Un día Pietro di Bernardone ya no aguantó más y recurrió a un procedimiento que se ha venido repitiendo hasta nuestros días: lo denunció; quiso incapacitarlo y lo hizo citar por los magistrados de la ciudad. Pero Francisco no respondió.

Entonces su padre se presentó en la sede Arzobispal y lo hizo llamar por medio del Obispo, Guido Secundo. Al fin, su hijo compareció. Exigió. que le devolviera su dinero: ¡esas piedras que había comprado inútilmente su hijo con la venta de sus telas!

La historia es sobradamente conocida: Francisco se quitó la ropa que llevaba puesta y se la entregó, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura, hizo un envoltorio y encima un montón de monedas ...


Si no, se escapará

La madre de san Francisco de Sales prefirió la habilidad femenina a las lágrimas, y las amenazas a las denuncias. La decisión de entregarse a Dios de su hijo había roto sus planes de casarlo con un buen partido, la hija del consejero del Duque de Saboya, y prefirió ganárselo por el corazón.

Durante cierto tiempo, gracias al talante conciliador de su hijo, le pareció que aquella táctica daba resultado. Todo eranevasivas y dilaciones, hasta que llegó el momento de los esponsales y Francisco dijo un rotundo "no", especialmente llamativo "en un hijo que no decía nunca a nada que no".

¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", insistía furioso. Su madre, sin embargo, al verle tan decidido, cedió, movida en parte por el temor: "será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios -le dijo a su marido-. Si no, va a hacernos como San Bernardo de Menthon; se nos escapará..."

Y le dejaron seguir con su vocación.

Es muy duro. No resistirá
Los señores Beltrán, don Juan Luís y doña Ángela Exarch, de una de las mejores familias de Valencia, fueron mucho más comprensivos que estos padres que acabamos de mencionar. Ellos no querían interferir en la vocación de su hijo Luis. Sólo querían orientarla, y le pedían que esperara untiempo antes de tomar su decisión; y que, a causa de su salud frágil, en vez de hacerse dominico, se hicese cartujo o jerónimo.

Pero un día, a los dieciocho años, el joven Luís decidió no volver a casa e ingresar en el convento. Su padre se enfureció y pronunció las conocidas acusaciones: su hijo había sido influido por aquellos religiosos, esyaba seguro de que en el convento lo maltrataban, y además, ¡no le dejaban hablar con él!

En esa situación el joven Luís les escribió a sus padres una carta serena, redactada con un estilo recio y conciso, que revela, a pesar de su juventud, la fortaleza de su carácter:

"Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que, ya que quiero ser religioso, su intención es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido que sea religioso en ella. Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería consuelo mío...

Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Mas a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo...

Dice el Padre Maestro que me dará licencia para que vuestra merced me hable a solas, si viniera por acá. En lo demás me trata con tanta crueldad, que por mis enfermedades me ha puesto en la mejor celda, y me hace cenar tres veces a la semana, contra mi voluntad. Y por hacer tanto frío se ha quitado la ropa de que él tenía necesidad y me la ha dado.

Así que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: `Temblaron donde no había que temer.´

La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche."

Años más tarde, aquel joven cuya salud, según sus padres, "no resistiría" las exigencias de la vocación, viajó al Nuevo Mundo, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada y las crónicas aseguran que llegó a bautizar a más de quince mil en un sólo día.

Y, como en tantos otros casos similares, tuvo el consuelo de escuchar de labios de su padre moribundo estas palabras: "Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo".


Ánimo contra mí

También santa Teresa tuvo que vencer la oposición familiar. La primera conversación con su padre, don Alonso, no fue muy fructífera: "Lo más que se pudo acabar con él fue que, después de muerto él, haría lo que quisiese."

Teresa hizo que intervinieran parientes y amigos, pero don Alonso seguía en sus trece, y temía que ella misma fuera capaz de resistir por mucho tiempo la negativa paterna: "Me temía a mí y a mi flaqueza." Un día, ayudada por su hermano Antonio, que también había decidido entregarse a Dios, se escapó de casa.

"Cuando salí de casa de mi padre -cuenta-, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra" .

El pobre don Alonso, cuentan los biógrafos, "no sabía qué hacer. Los dominicos acababan de informarle también de la decisión de Antonio, y la piedad ponía a prueba su amor paternal. Figurándose una vez más que todo era cosa de la niña y que recuperarla a ella sería tanto como recuperar al chico, se apresuró a dirigirse a La Encarnación, temblando ante la perspectiva de enfrentarse con su hija y con Dios.

"Ya en sus primeras palabras, pronunciadas apasionadamente, Teresa planteó de tal modo sus responsabilidades a aquel buen cristiano que don Alonso no osó recurrir a las súplicas ni a su autoridad, aunque por el camino había ido rumiando alternativamente frases conmovedoras y órdenes terminantes. Comprendió que aunque ella cediera, no podría disfrutar ya sin remordimientos de la presencia de su hija queridísima. Cedió".


En la actualidad

Siguen dándose todavía estas oposiciones tenaces. Esto sorprende frente a la autonomía de la que gozan tantos jóvenes desde temprana edad –con uso de su libertad para bien y para mal- y los grandes problemas de lam sociedad actual, como la delincuencia juvenil, el terrorismo (compuesto en su mayoría por jóvenes, en ocasiones casi adolescentes), los negocios de la droga o del sexo (que cuenta con los jóvenes como sus mayores consumidores).

En algunos países se da el triste espectáculo de madres-niñas, de jóvenes que viven solos desde los quince años, frutos en algunos casos del divorcio y de un sentido de la independencia mal asimilado.

Y sin embargo, en muchos de los países donde se dan estas realidades, hay dos varas de medir:existen focos de opinión de raíz no cristiana que consideran que la edad en la que determinados programas políticos suponen como un hecho “cotidiano” las relaciones sexuales prematrimoniales, y en la que sejuzga a los adolescentes “preparados” para lo que son manifiestas aberraciones, es una edad en la que esos chicos y chicas se encuentran "psicológicamente inmaduros para la entrega".

El historiador Peter Berglar denunciaba esta incongruencia:

"¿por qué dudar -se preguntaba- de que así como hay jóvenes que son `capaces´ de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son `capaces´ de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza?

No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posiblidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla".

Santa Ángela de la Cruz denunciaba esta incoherencia con toda la gracia y el vigor de su genio, a finales del siglo pasado: "¿por qué todo lo han de echar a peor parte?; ¿por qué al ver una joven recogida y vestida con modestia lo han de achacar a capricho, rareza y flojería; y no han de decir: tiene que hacerse violencia, pero se ha desprendido por Dios, y no hace otra cosa que estudiar su voluntad porque aprecia más su alma que su cuerpo?

”Y cuando después de conocida la Voluntad de Dios, se decide una a dejar su familia, y dicen que es abandonar su obligación, ¿por qué no se paran a considerar que la que hace esto hace mayor sacrificio que los que la critican, porque por lo regular su amor es más desinteresado y su cariño más respetuoso?

”Y en fin, mientras que les dicen ingratas, ellas padecen y se les arranca el corazón cuando ven padecer a su madre que aman más de lo que demuestran".


El "Caso Ubao"

Un ejemplo de intolerencia es el tristemente famoso "Caso Ubao". Para entenderlo adecuadamente hay que encuadrarlo dentro del contexto histórico anticlerical de comienzos de siglo en España, en el que la prensa, como señala Gómez Molleda, "aprovechó la liberalización del Régimen para mostrar ya su hostilidad a la Iglesia, y la más sectaria, incluso para instigar a las turbas, que ya en determinadas ocasiones cometieron actos delictivos contra personas y casas religiosas.

(...) La campaña se hace decididamente fuerte y `oficial´ años más tarde y sobre todo a partir de 1900.( ...) Se observa en la prensa el desencadenamiento de una sistemática campaña antirreligiosa, que elige los `casos´ apropiados y los airea de todos los modos posibles para llegar a los puntos más vulnerables de la masa" .

El "caso" elegido en esta ocasión fue el de Adela Ubao, una joven mujer de veintitrés años que, después de superar una fuerte oposición materna, logró entrar en el noviciado de las Esclavas del Sagrado Corazón, en la casa del Obelisco de Madrid, el 12 de marzo de 1900.

Su madre -viuda- y sus hermanos emprendieron un proceso contra ella que nos parecería ridículo si no se siguieran dando en nuestros días casos con características similares. Sólo cambia ahora la terminología y los planteamientos; salen a relucir acusaciones de "sectarismo", “juventud "extrema" (cuando los candidatos son siempre mayores de edad), “obnubilación mental” (¿cómo puede hacerse monja a los 19 años? Eso es que la han programado mentalmente las monjas de su colegio);pero la intolerancia de fondo, la falta de respeto a la libertad y la incomprensión del hecho religioso sigue siendo la misma.

La Sra. Ubao denunció el caso ante el Juez de primera instancia, que en la primavera de 1900 tomó declaración a Adela, que manifestó que había entrado en el convento a raíz de una decisión personal absolutamente libre.

En vista de los hechos, el juez sentenció en favor de Adela. La familia apelóa la Audiencia Provincial.

"Los Ubao -escribe Yáñez- buscaron la defensa de Nicolás Salmerón, y el caso, en sí intrascendente, se cargó con el peso de todos los prejuicios que enfrentaban a ultras y a anticlericales, y, desde luego, comenzó a rodearse de una atmósfera de confusión y apasionamiento típicamente decimonónica.

”El conjunto de argumentos aducidos no sólo por la familia Ubao y sus amigos, sino aún por Salmerón y otros individuos que se decían laicos, nos hace sonreír; porque, en verdad, recurrían a leyes divinas y eclesiásticas tanto o más que Adela Ubao y sus defensores".

La prensa contribuyó a caldear la polémica: "Un alma a Dios y ciento al diablo", pregonaba El Liberal de Madrid, el 19 de octubre. A él se sumaron los artículos de El Imparcial, El Heraldo de Madrid, El Siglo Futuro, El País...

La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón se negó a tomar parte en el pleito. Hubo una lógica disparidad de criterios entre las religiosas a la hora de abordar el problema:la maestra de novicias era partidaria de poner resistencia al atropello, pero la Madre Pilar, una de las Fundadoras de la Congregación, no quería enfrentar madre e hija en los tribunales, y se negaba a que se le concediera vestir el hábito hasta que no hubiera terminado aquel pleito.

La Audiencia de Madrid confirmó el auto del Juez, a pesar de la catarata de concilios que Salmerón trajo a colación en su discurso. Los Ubao apelaron entonces al Tribunal Supremo, mientras que la joven seguía viviendo en el convento de acuerdo con su voluntad.

Más tarde, el 30 de enero de 1901, se estrenó en Madrid Electra, una obra oportunista de Pérez Galdós en la que se aludía al caso y que, en aquel momento de exaltación anticlerical, obtuvo bastante éxito.

En medio de ese clima, el 7 de febrero, se celebró la causa. Salmerón citó a Tertuliano, los Concilios de Maguncia y Trento, las crónicas de la Orden de San Francisco y hasta las Partidas. "No siempre ha transigido el poder de la Iglesia -dijo- con las órdenes religiosas, pues Papa ha habido como San Clemente, que consintió una expulsión de los jesuitas."

El discurso impresionó a los miembros de la sala, ignorantes de muchas cosas, entre otras de que Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús en 1773, nunca fue canonizado.

Pero esas "minucias" no parecían importarle demasiado al orador, que aludió con frecuencia a "la niña" (que ya no era tan "niña": tenía veintitrés años) y señaló como causante de todo en su origen, a un Padre de la Compañía de Jesús que había predicado en una iglesia la necesidad de la penitencia...

El tribunal notificó su fallo negativo para Adela, y el 24 de febrero se presentó el juez en el convento para recogerla y reintegrarla en la casa de su madre.

Antes de salir, la joven hizo constar en acta que lo hacía forzada y en contra de su voluntad y que volvería a entrar en el convento a los veinticinco años. Y así lo hizo, porque cumplió veinticinco años a los pocos meses.

Se podrían establecer muchos parangones contemporáneos de este caso con jóvenes ya mayores de edad que han decidido entregarse a Dios en diversas instituciones de la Iglesia, ya sea como religiosos -dentro del Carmelo por ejemplo-, o en diversas opciones de carácter laical.

Esto confirma que "los ataques y denuncias que acusan a Movimientos, Asociaciones y órdenes afines a la Iglesia Católica son más frecuentes de lo que parece", como se dice en un reportaje en el que unos padres denuncian la actitud de sus hijas, ya mayores de edad, por haberse hecho carmelitas descalzas.

"En los siglos pasados -declaraba el Cardenal Hoffner en una ntrevista en la KNA, Colonia, 23-VIII-1984- se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen que los niños y jóvenes son `amaestrados´ en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos `mantenidos secretos inicialmente´ de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega... Y se pregunta: ´¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo...?´" .

En esa entrevista comentaba el Cardenal la alegría que experimentan la mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no entiendan todavía la vocación de sus hijos.

"Un matrimonio -declaraba el Cardenal- escribe: ´somos padres de tres hijos, de los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei´. Otro padre escribe: ´por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa.

”También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad. Finalmente, como padres hemos de estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están contentos. Le escribo estas impresiones como padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos años, sin ser yo mismo miembro de esta Obra."


El ejemplo de los padres cristianos

De todos modos estos casos suelen ser bastante puntuales. es de justicia recordar que los padres cristianos han sabido ver a lo largo de la historia de la Iglesia la entrega de sus hijos como un privilegio y un don de Dios, y han ayudado decisivamente a la vocación de sus hijos: baste recordar las figuras de la madre de santo Domingo, del padre de santa Teresa de Lisieux, de "Mamá Margarita", la madre de san Juan Bosco, que tanto ayudó a su hijo en los comienzos del Oratorio, de los padres de san Josemaría Escrivá, y de tantos padres en la actualidad.

"Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud", escribía don Bosco muy pocos días antes de su muerte, alentando a la entrega generosa en la juventud.

En el Santoral se encuentran, de hecho, un buen número de santos jóvenes: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, María Goretti, entre otros muchos, murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue canonizando y beatificando a jóvenes -en muchos casos laicos-, como una joven polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.



 

 
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