Autor: E.V.C. Tres caminos, tres llamados diversos
Sería muy cómodo que Jesús se apareciera personalmente a cada uno y mirándolo amorosamente a los ojos, le dijera "vente conmigo", pero no sucede así
Dios nos llama a todos a la felicidad y
no hay más que tres modos de responder al llamado:
casados, solteros o consagrados. Todos nacemos solteros pero llega el
momento en que cada quien debe decidir de qué manera
Dios lo llama a vivir en santidad.
Ciertamente hay algunos
que deciden vivir en pecado, pero no podemos decir que
esa sea una vocación: Dios no nos llama al pecado
y a la condenación al darnos la vida. El pecado
viene a ser precisamente la respuesta negativa al llamado divino.
Los
casados. La vida matrimonial corresponde a la voluntad de Dios
expresada en el Génesis con aquel "Creced y multiplicaos". La
inmensa mayoría de hombres y mujeres, optan por casarse, aunque
sin pensar siquiera que Dios los llama por ese medio
a la participación de la Vida Divina. El instinto, el
romanticismo, las costumbres, la sociedad misma, llevan a los muchachos
al matrimonio. Raro sería aquel joven que no haya pensado
en casarse algún día.
Así pasa que sin pensar gran cosa
en el aspecto vocacional del matrimonio, se van fundando nuevas
familias y hasta los que se casan "por la Iglesia"
en muchas ocasiones no ven su unión como un camino
de santidad.
El matrimonio Sacramento, es ciertamente un canal de Gracia
para los cónyuges católicos. Vivir el matrimonio con la conciencia
de estar caminando juntos, esposos e hijos, en presencia de
Dios, gozando de su Vida comunicada por Jesucristo, para llegar
juntos, en familia, a la gloria eterna, es toda una
aventura maravillosa, digna de ser vivida intensamente.
Los casados dan gloria
a Dios con todos los actos de su vida conyugal
y esto incluye la prudente y santa fecundidad, que da
hijos a Dios por medio del Bautismo.
Los solteros. No solamente
existe la inclinación natural al matrimonio, sino que los padres
educan a sus hijos para casarse. Estamos condicionados y presionados
por la sociedad a formar una familia. Y sin embargo
se dan muchos casos en que el hombre o
la mujer, por múltiples razones, no encuentran con quien casarse.
¿A
qué edad deben darse cuenta y aceptar que el matrimonio
no es para ellos? ¿A qué edad deben descubrir la
soltería como una vocación a realizarse humana y cristianamente en
santidad? Lo que a ojos de muchos parece un fracaso,
una carencia, es por el contrario el camino providencial -
o sea, querido por Dios- para esta persona en
concreto.
Ni humana ni cristianamente debemos depender de una pareja para
realizarnos plenamente. Lo que es más, muchos que se casaron,
nunca deberían haberlo hecho y el matrimonio en vez de
llenarlos de plentitud, los frustró lamentablemente. Que lo digan las
familias infelices y los divorciados.
Estando natural y socialmente inclinados al
matrimonio, Dios puede indicarnos de alguna manera que nos tiene
reservado otro camino para ser santos. Al aceptar realistamente
que no hay matrimonio en el horizonte, el hombre o
la mujer deben descubrir las inmensas ventajas que la
soltería brinda a la persona humana en el campo cívico,
científico, deportivo, cultural y religioso.
San Pablo, en su carta a
los Corintios, nos invita a permanecer célibes como él, para
poder servir al Señor sin las limitaciones naturales que impone
la vida matrimonial (I Cor.7,32-34).
Los solteros, de ambos sexos, pueden
hacer de su vida célibe, una aventura formidable en todos
sentidos, siempre en Gracia de Dios. La fuerza cívica y
religiosa de aquellos que no se casaron, puede ser tremenda
con tal que no vivan amargados pensando en lo que
no fue. ¡Lo que pueden hacer los solteros por México!
¡Cómo puede un soltero dar gloria a Dios en la
Iglesia!
Tan sólo quede aquí el hecho de que en
la castidad perfecta que nos exige Dios y sin el
amor físico de los cónyuges, los solteros pueden dar y
recibir amor a raudales, lo que en muchos casos no
sucede dentro del matrimonio.
Hay que recordar siempre que la vocación
básica de todo hombre es la santidad y que el
matrimonio es accidental en la vida, o sea, no es
necesario para realizarnos como personas y como santos.
Los Consagrados. Una
tercera vía hacia Dios es el de aquellos que reciben
un llamado especial a consagrarse al Señor de tiempo completo.
Son los llamados a las Ordenes Sagradas o a la
vida Religiosa, tanto masculina como femenina.
En un momento dado el
muchacho o la muchacha sienten o se dan cuenta de
que Dios los llama. Una muchacha con todas las aptitudes
para ser una buena esposa y madre de familia, perfectamente
capaz de desarrollarse en una profesión, siente un atractivo total
por Cristo y todo lo demás pasa a un segundo
plano: novios, carrera, negocios, proyectos.
Un muchacho, a la mitad de
la carrera y con novia, de alguna manera escucha aquél
"Ven y sígueme" que hizo a San Pedro abandonar la
barca y sus redes y marcharse tras Jesús.
Es el momento
en que acuden a un sacerdote o religioso para aclarar
sus inquietudes. No es fácil responder al muchacho o a
la chica si el llamado es auténtico. Sería muy cómodo
que Jesús se apareciera personalmente a cada uno y mirándolo
amorosamente a los ojos, le dijera "vente conmigo", pero no
sucede así. No hay dos vocaciones iguales y es preciso
analizar cuidadosamente cada caso para discernir la voluntad del Señor.
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