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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Voluntades secuestradas
Una vida con una voluntad débil, envuelta en dudas, o secuestrada por los sentimientos, no puede brillar sin un esfuerzo por liberarse, por romper cadenas.
Voluntades secuestradas
Según explica
la filosofía, cada ser humano puede sentir, puede pensar, puede
decidir, puede amar. Tiene sentimientos, inteligencia y voluntad.
Tiene voluntad... y
a veces no la usa. O la deja congelada, o
permite que se encuentre secuestrada. Como le ocurrió al rey
Théoden, uno de los personajes de la obra de Tolkien,
“El señor de los anillos”.
Théoden vive en su palacio. Tiene
el poder. Es el rey: puede mandar, goza del afecto
de su gente. Pero un mago consejero, “Lengua de serpiente”,
lo tiene encantado. Le ha guardado la espada, le ofrece
consejos que lo dejan indeciso, confuso, sin capacidad de reacción.
Théoden envejece poco a poco en su tristeza, se hunde
encerrado en su trono, mientras la gente espera, anhela, sueña
ver otra vez al rey, escuchar su voz, recibir sus
órdenes.
Muchas vidas dejan que su voluntad quede secuestrada. A veces
por la eterna enfermedad de la duda. Cada paso es
pensado, medido, en sus mil posibilidades, en los riesgos que
se esconden detrás de cada esquina. Después de dar vueltas
y revueltas a lo que hay que decidir, la decisión
no llega: la duda ha paralizado una vida, la voluntad
se siente prisionera, inmóvil, incapaz de tomar una resolución, de
caminar hacia una meta.
Dicen que un prisionero de la duda
no será nunca un Hitler. Quizá sea verdad. Pero también
es verdad que nunca será una Madre Teresa de Calcuta,
un Francisco de Asís o un voluntario entre pobres, enfermos
y heridos. La duda necesita ser superada con una buena
dosis de optimismo, con consejeros sabios (como el Gandalf de
Tolkien), con una oración que pida ayuda y luz al
Dios del cielo.
Otras voluntades están dispuestas a la lucha. Han
visto claro lo que es justo, quieren tomar una opción
en favor de una causa (esperamos que sea una buena
causa). Sin embargo, los sentimientos, los miedos, el respeto humano,
ponen una frontera infranqueable, paralizan ojos, lengua y manos.
¿Qué ha
ocurrido? Simplemente, que esa voluntad ha permitido que mil telarañas
la aprisionen y la asfixien. Son vidas de esposos que
se sientan en su sofá, ante la televisión, muchas horas
al día, mientras la mano se mueve entre la botella
y el telecomando. Son vidas de padres que tienen miedo
a dar un consejo al hijo que empieza a desviarse
del buen camino. Son vidas de hijos que se pierden
en el anonimato de la pandilla, incapaces de decir “no”
a las primeras pruebas de un porro emocionante, aunque saben
lo peligrosa que es la droga. Son vidas de jóvenes
que saben lo importante que es el estudio para lograr
un buen puesto en el mundo del trabajo, pero les
puede más la computadora o el juego electrónico de moda
en el mercado.
Una vida con una voluntad débil, envuelta en
dudas, o secuestrada por los sentimientos, no puede brillar sin
un esfuerzo por liberarse, por romper cadenas. La voluntad no
ha muerto: sobrevive mientras haya un mínimo de salud mental,
de conciencia. Estará llena de polvo, estará dormida, estará casi
por estrenar, pero está allí, medio escondida. A veces basta
un accidente, un imprevisto, una enfermedad, un reproche que nos
sacuda, para que esa voluntad, como león dormido, despierte.
Pero no
siempre llega esa ocasión, o quizá no la vemos. Gandalf
vale para las aventuras de “El señor de los anillos”,
pero no suele aparecer en la vida real. Ahora nos
toca sentir la llamada a abrir los ojos, a levantarnos
de la silla para apagar esa televisión o esa computadora
que nos esclaviza, para decir no a ese capricho que
nos obsesiona.
Podemos tomar no una espada, como el rey Théoden,
sino la propia vida. Podemos sentir que somos capaces de
mucho más de lo que habíamos imaginado o de lo
que otros piensan. Aunque quizá casi nadie crea en nosotros.
Aunque quizá ni siquiera yo mismo piense que puedo hacer
tantas cosas simplemente con decir una palabra fuerte, enérgica, luminosa.
Una palabra capaz de iniciar un cambio radical, profundo, decisivo,
en una vida hasta ahora monótona y encadenada: “¡quiero!”...
¡Vence
el mal con el bien!
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