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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Gama - Virtrudes y Valores Creer y Amar
Creer es fácil porque estamos hechos para amar. Amar es posible porque otros se han fiado de nosotros y vivimos gracias a aquellos de los que nos hemos fiado.
Creer y Amar
Entre el
creer y el amar hay una relación tan estrecha, tan
íntima, que nos resulta difícil responder a la pregunta: ¿uno
ama porque cree, o uno cree porque ama?
En efecto: creer,
fiarse, dar la propia confianza a otra persona es posible
solamente si uno ama, si uno descubre la bondad que
el otro encierra.
Un hijo se fía ciegamente de su madre
porque la ama (y porque se siente profundamente amada por
ella). Un esposo confía sin condiciones la economía familiar a
su esposa sólo si está profundamente enamorada de ella, hasta
el punto de dejar en sus manos los secretos más
profundos de su corazón... y de su cartera.
A la vez,
amamos a los demás cuando somos capaces de renunciar a
pedir pruebas y nos fiamos, nos abandonamos a la fe.
El
esposo o la esposa aman sin tener una total certeza
de lo que vaya a ser la vida matrimonial. Un
matrimonio que sea simplemente un contrato para estar juntos mientras
todo ocurra según lo que a cada uno le parezca
bien es la negación más completa del amor. Un hijo
que antes de tomar la sopa que le ha preparado
su madre (o su padre, pues los maridos cada día
aprenden a cocinar mejor...) hace un análisis clínico para comprobar
que no tenga veneno no refleja sólo que le falta
fe en sus padres, sino también, con toda seguridad, que
en esa familia no hay verdadero amor.
Hay algunos que dicen
que el mundo actual vive una profunda crisis de fe,
que casi no es posible creer en el siglo XXI.
Si esto fuese verdad, habría que afirmar también que el
mundo vive una crisis de amor, pues sin fe es
imposible amar.
Cuando no podemos fiarnos del otro tampoco podemos llegar
a vivir, en profundidad, lo que significa amar. Porque amar,
como creer, es darle al otro o a la otra,
al padre o al hijo, nuestro afecto por encima de
las pruebas empíricas que podamos tener para estar “químicamente seguros”
de la bondad y de la honradez del otro.
Vivir
buscando siempre, en todos los asuntos y aventuras de la
vida, pruebas absolutas de que nadie nos engaña es encerrarse
en uno mismo hasta los límites de la locura. Un
mínimo de salud mental nos pide vivir, un poco o
un mucho, agarrados de la fe la mayor parte de
nuestros actos, desde que nos saluda el portero de casa
hasta el momento en el que tomamos una pastilla que
hemos comprado en la farmacia.
Incluso para los que han sufrido
la amargura del engaño y la traición, descubrir que los
engañadores son pocos o, al menos, no son todos, permite
abrir el corazón para empezar a amar. Con todos los
riesgos, pero con todas las ventajas que el amor lleva
consigo. Es mejor equivocarse porque uno se fía “de más”
que equivocarse porque uno “acierta” siempre al no fiarse de
nadie... pero falla en lo más importante: en el ser
capaz de amar.
Creer es fácil porque estamos hechos para amar.
Amar es posible porque otros se han fiado de nosotros
y vivimos gracias a aquellos de los que nos hemos
fiado. Así de sencilla es la ley de la vida
humana. Así de fácil es el camino de la felicidad.
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