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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: José Luis Galarza, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores La fuerza de san Pablo
La fortaleza es como un rompeolas a la orilla de la playa; vienen los vientos, las tormentas, el agua golpea furiosamente, pero no se mueve ni un milímetro de su lugar
La fuerza de san Pablo
Campaña sobre las Virtudes
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campaña.
Carácter fogoso, apasionado, luchador, magnánimo, Saulo de Tarso
no era precisamente un hombre blando sino de una terrible
fortaleza.
Nacido en una familia tradicional, fiel conocedor y observante de
la ley, educado en Jerusalén, de origen judío, cultura helenística,
de nombre y ciudadanía romana. En definitiva, un hombre arrollador.
Nada le faltaba. Estaba bien cimentado en sus principios e
ideales. Se bastaba a sí mismo, en apariencia no necesitaba
de nadie. Los cristianos, “a los que perseguía encarnizadamente” (Gal
1,13), ni siquiera le movían a la compasión. Su actitud
altiva al presenciar la lapidación del primer mártir cristiano san
Esteban, cuidando los mantos de los verdugos, da testimonio de
que estaba seguro de lo que hacía, que era un
hombre de gran fortaleza.
La fortaleza significa permanecer firme ante las
dificultades y ser constante en la búsqueda del bien. Esta
virtud es como un rompeolas a la orilla de la
playa; vienen los vientos, las tormentas, el agua golpea furiosamente,
pero no se mueve ni un milímetro de su lugar.
Está bien cimentado.
Para Saulo este rompeolas era él mismo,
hasta que vino Cristo y dejó ciego de frente a
sus seguridades, a sus “ganancias” (Cf. Flp 3,7-8). ¡Qué paradoja!,
cuando se apagó la vista del cuerpo, se le abrieron
los sentidos del alma. Desde ese momento, la fortaleza de
su vida estaba anclada más profundamente, tenía otro nombre: la
fortaleza en la fe.
Dios permite algunas circunstancias difíciles para
“cegarnos” y ver que solos no podemos hacer todo; la
pérdida de un ser querido, una enfermedad funesta, una catástrofe
natural, etc. Son golpes que nos despiertan de nuestros dulces
sueños y nos hacen salir de nuestro egoísmo y nos
hacen darnos cuenta que a nuestro alrededor hay gente que
podemos ayudar y de la cual, también necesitamos.
Después del terremoto
que hubo en abril de 2009 en Abruzzo, Italia, una
mujer, contemplando las ruinas de su casa afirmaba en una
entrevista “poseer, para mí, ya no significa nada”. El verdadero
valor de las cosas se ve en esos momentos, de
cara a otra realidad . San Pablo, ante las adversidades
que le hacían ver su fragilidad, pero unida a la
fuerza de Cristo, exclamaba: “Cuando estoy débil, entonces es cuando
soy fuerte” (2Cor 12,10).
Otro testimonio conmovedor después del terremoto,
fue el de un hombre que encontró a su esposa
y a sus hijos que habían quedado sepultados bajo su
casa. Comentaba que “la fe era su fuerza” con la
que podía superar este dolor tan profundo. Por ella se
daba cuenta de que Dios permitió este suceso para abrirle
los ojos y hacerle ver la importancia de vivir para
los demás. “Dios lo permitió”, decía, “porque no quería que
siguiésemos viviendo cada uno encerrados en nuestros propios problemas. Esta
prueba sólo tiene significado en y por la fe”.
Así también
Saulo de Tarso, cuando recobró la vista en su vida,
miró hacia otra dirección; ya tenía un ideal más grande
por el cual luchar, se daba cuenta que no debía
vivir para sí, sino para Cristo y para los demás.
En adelante, lo flagelaron, lo lapidaron, naufragó, pasó días en
la cárcel, le asaltaron, se burlaron de él, lo ignoraron,
etc. Pero gracias a su rompeolas de la fe, aunque
el agua lo mojara, el viento lo desgastara y los
golpes lo laceraban, no se movió más, porque ahora sí
estaba bien cimentado, no en la fragilidad del hombre, sino
en la fortaleza de Dios. “He competido en el buen
combate, he llegado a la meta en la carrera, he
conservado la fe” (2Tim 4, 6-8).
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