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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Fernando Tamayo, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Colaborar con el Espíritu Santo
Con nuestra transformación vendrán los frutos de la presencia del Espíritu Santo en nuestras almas. Aparecerá el amor cristiano, la alegría, la paz, la paciencia y bondad, actuaremos ante Dios y ante los demás.
Colaborar con el Espíritu Santo
Es relativamente
fácil ver la semilla divina que el Espíritu Santo esparce
con abundante y en silencio en nuestras almas. Y es
posible que en ocasiones no sepamos cómo corresponder a esta
tarea divina y que así nos estanquemos o incluso nos
desalentemos en nuestra ascensión hacia Dios. Las reflexiones que siguen
buscan señalar un camino sencillo para el alma deseosa de
progresar en sus relaciones con el Dulce Huésped del
alma para identificar con mayor claridad y acercarnos poco a
poco a la meta que él marca a cada corazón.
La
primera reflexión que propongo es que se trata, precisamente, de
una ascesis diaria, de un ejercicio constante de distintas virtudes
y actitudes. No basta desear vaga y esporádicamente ser mejores
amigos del Espíritu Santo para alcanzar este objetivo. Más bien
hemos de esforzarnos constantemente en el más noble trabajo de
toda nuestra vida. Así es como vivimos en la práctica
aquella consigna evangélica: “El Reino de los cielos padece violencia,
y sólo los esforzados lo alcanzan” (Mt 11,12).
San Juan de
la Cruz, que vivió sólo cuarenta y nueve años y
alcanzó muy elevadas cimas de vida espiritual, aconseja a este
respecto lo siguiente al alma que desea llegar a intimar
con el Espíritu Santo:
“El alma que quiere llegar en breve
al santo recogimiento, silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu,
donde se goza el pacífico refrigerio del Espíritu Santo, y
se alcanza unidad con Dios, y librarse de los impedimentos
de toda criatura de este mundo, y defenderse de las
astucias y engaños del demonio, y libertarse de sí mismo,
tiene necesidad de ejercitar los documentos siguientes, advirtiendo que todos
los daños que el alma recibe nacen de los enemigos
ya dichos, que son: mundo, demonio y carne”(SAN JUAN DE
LA CRUZ, Cautelas, 1).
Para que esta ascesis diaria discurra por
cauces fecundos, se hace necesaria la atención a las inspiraciones
del Espíritu Santo. El dulce Huésped del alma nunca está
inactivo. San Pablo nos recuerda que actúa en nuestros corazones
derramando el amor de Dios. El modo más común de
su actuación son sus inspiraciones. Al respecto, nos enseña
el texto de san Francisco de Sales:
“Llamamos inspiraciones a todos
los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos
que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus
bendiciones (Sl 20, 4), por su cuidado y amor paternal,
a fin de despertarnos, movernos, empujarnos y atraernos a las
santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en
una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida
eterna” (S. FRANCISCO DE SALES, Introducción a la vida devota,
II, 18)
Estas inspiraciones nos pueden venir en la oración,
a través de una lectura, del testimonio de una persona
cercana (el marido, la esposa, un hijo, un amigo, un
formador...). Normalmente son interiores, silenciosas y exquisitamente respetuosas de nuestra
libertad, como lo es siempre Dios en su relación con
el hombre. Nos aclaran, motivan o refuerzan la voluntad de
Dios en nuestras vidas. Nos afianzan en nuestros hábitos
virtuosos y en los buenos propósitos. Nos impulsan a la
realización de una buena obra concreta. Refuerzan la pureza de
intención de nuestros actos. Así podemos diferenciar las inspiraciones divinas
de lo que es un mero sentimiento, un acto de
egoísmo, un deseo meramente humano de grandeza...
Por ser una voz
tenue, puede captar los mensajes del Espíritu Santo sólo el
alma que está atenta a su interior, es decir, que
tiende hacia el centro de sí misma. Esta atención está
hecha de silencio interior y exterior, que crea el
mejor ambiente para escuchar la voz del Espíritu Santo. Es
esta atención silenciosa la que nos permite apagar otras
‘emisoras’ de mensajes que nos pueden distraer de lo esencial,
como son nuestros sentimientos, preocupaciones, prejuicios, temores, actividades propias y
opiniones ajenas que nos apartan de lo esencial.
Se trata de
discernir, de distinguir entre muchas la voz del Espíritu Santo
y de darle el primer lugar que le corresponde. Para
ello nos aconseja santa Edith Stein:
“El auténtico discernimiento es sobrenatural
y se halla sólo donde reina el Espíritu Santo, donde
hay un alma que, en la entrega total, libre de
impedimentos en su impulso, atiende a la voz suave
del dulce Huésped y observa su rostro”( SOR BENEDICTA TERESA
DE LA CRUZ, Antología de pensamientos, n. 209).
Hemos de
procurar que nuestra atención al Espíritu Santo sea ágil como
la del adolescente Samuel que, cuando sabe que Dios lo
llama, dice de inmediato: “Habla, Señor, que tu siervo te
escucha” (1 Sm 3, 9) , superando nuestra natural tendencia
a hacer caso a propuestas más cómodas y prácticas, más
tangibles y ventajosas según nuestro reducido modo de ver.
Si nuestra
atención es sincera y constante, pasaremos con agilidad e interés
a otro nivel en nuestra relación con el Espíritu Santo:
el conocimiento.
Se trata de un conocimiento más experiencial
y cordial que intelectual o académico. Es el conocimiento que
va surgiendo entre dos personas que empiezan a relacionarse y
a interesarse una por la otra. Más aún, es el
conocimiento que el hombre quiere tener de ese Dios interior
que habita en su corazón y que desde allí actúa
constantemente buscando el bien de cada alma.
Este conocimiento interior
es, en primer lugar, un don de Dios que hay
que suplicar diariamente al Espíritu Santo en la oración, y
que hay que enriquecer contemplando la acción del Consolador en
la vida de Cristo según los evangelios. Y es, también,
resultado de un esfuerzo personal mediante la asidua meditación de
los dones del Espíritu Santo y de los dos himnos
litúrgicos más conocidos sobre él: el “Veni Creator” y el
“Veni, Sancte Spiritus”. Conviene que sea una meditación periódica, pausada,
cordial, profunda, para que poco a poco nos vayan penetrando
con su luz las verdades y experiencias espirituales encerradas en
esas dos fuentes clásicas de la piedad cristiana.
Así iremos captando
y comprendiendo mejor sus gemidos interiores inefables que buscan orientarnos
en la vida, acercarnos a él, llenarnos de sus dones
y de sus frutos. Ayuda también el estudio de la
acción del Espíritu Santo en cada alma, en la Iglesia,
en la sociedad y en la humanidad.
Juan Pablo II, gran
devoto del Espíritu Santo desde su juventud, nos deja el
siguiente testimonio del influjo del Consolador sobre su alma que
se abría a la acción de Dios también mediante el
estudio y convertía así esta actividad en una escuela de
transformación interior progresiva:
“El estudio, para ser auténticamente formativo, tiene necesidad
de estar acompañado siempre por la oración, la meditación, la
súplica de los dones del Espíritu Santo: la sabiduría, la
inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y
el temor de Dios. Santo Tomás de Aquino explica cómo,
con los dones del Espíritu Santo, todo el organismo espiritual
del hombre se hace sensible a la luz de Dios,
a la luz del conocimiento y también a la inspiración
del amor. La súplica de los dones del Espíritu Santo
me ha acompañado desde mi juventud y a ella sigo
siendo fiel hasta ahora” (JUAN PABLO II, Don y misterio,
BAC, Madrid 1996, p. 109)
La atención aquí sugerida nos lleva
a un conocimiento interior del Espíritu Santo. No es
una atención predominantemente intelectual como la que puedo prestar en
una clase o en una película emocionante. Es mucho más
completa. Se trata de una atención amorosa. En ésta el
interés es mucho más profundo que en los demás tipos
de atención humana porque tiende a la identificación con el
Amigo.
Si lo alimentamos debidamente, este conocimiento llega a convertirse un
una auténtica amistad con el Espíritu Santo. Es el “dulce
Huésped del alma”, como decimos en el himno “Veni, Sancte
Spiritus”. Ha llegado allí desde nuestro bautismo, es nuestro mejor
Amigo, nos quiere tratar de ese modo y nos lo
irá manifestando a medida que nosotros busquemos también cultivar esa
amistad.
Esta amistad es una experiencia que no se puede describir
con palabras y que tiene sus requisitos. No se logra
sólo con desearla y quererla teóricamente; y exige un saber
escuchar y un actuar fielmente, cueste lo que cueste, según
le agrade al dulce “Huésped del alma”.
Implica un ejercicio
constante de la virtudes de la fe, la esperanza y
la caridad y un ofrecerle la propia vida como la
materia humana que él puede y quiere elevar progresivamente hasta
la altura de la edad de la plenitud de Cristo.
Esa
amistad irá manifestándose en un cordial diálogo con el
Espíritu Santo e irá creciendo y transformándose en un
auténtico amor al Espíritu Santo. Un diálogo frecuente, íntimo,
sabroso con quien sabemos que mejor nos conoce y está
más interesado en ayudarnos. Y un amor a quien sabemos
que es nuestro mejor Amigo y más nos ama. Un
amor personal a quien ha recibido de Jesús la misión
de “conducirnos hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).
Este diálogo
amoroso nos hará descubrirlo y experimentarlo íntimamente como el Dulce
Huésped de nuestra alma, el Amigo de los pobres, el
Consolador de los tristes, el Artífice de nuestra santidad, el
Guía insobornable en nuestro peregrinar hacia la patria celeste. Iremos
captando mejor cuánto hace en su esfuerzo por dirigir nuestros
pasos por las sendas del bien y de la
virtud, por infundirnos fortaleza y entusiasmo en nuestras acciones. Apreciaremos
también su alegría por nuestra fidelidad y nuestro progreso y
su llanto cuando advierte que menospreciamos sus inspiraciones.
Como nos enseña
Benedicto XVI comentando la acción del Espíritu Santo en san
Pablo, en este diálogo experimentaremos que “no existe una oración
verdadera sin la presencia del Espíritu Santo, [...] que es
como el alma de nuestra alma, la parte más secreta
de nuestro ser, desde donde se eleva a Dios incesantemente
una oración.”( BENEDICTO XVI, Audiencia general del 15 de noviembre
de 2006).
Este diálogo revela una relación de amor creciente que
nos irá convirtiendo en personas espiritualmente más sencillas y, por
lo mismo, más dóciles, que no pretenden fijarle pistas sino
secundar sus más leves inspiraciones. En él lo escucharemos y
le hablaremos, pediremos y nos dará, nos pedirá y le
daremos de un modo cada vez más delicado y ágil.
Haremos la experiencia más profunda de Dios, nos enriqueceremos con
las más decisivas lecciones divinas sobre nuestras vidas, la vida
de la Iglesia, el desarrollo de la historia de la
humanidad. Y algún día podremos captar la verdad de un
autor de nuestra época que escribe sobre esta experiencia:
En los
coloquios que de día y de noche se sostienen con
Él es donde se va aprendiendo el verdadero sentido del
tiempo y la eternidad, de la fidelidad en el amor,
de la vanidad de todas las cosas que no sean
Dios y de la relatividad de cuanto nos ocurre en
el trato con las creaturas. Él nos enseña a amar,
nos enseña a perdonar, nos enseña a olvidar las pequeñas
injurias; a buscar y hacer el bien sin esperar recompensa;
a confiar en Dios y a amarle sobre todas las
cosas.
También nos sitúa en una perspectiva capaz de contemplar
todo el devenir del mundo, con la relatividad que encierra
el tiempo frente a la eternidad y con la serenidad
de quien se sabe un pobre peregrino en el tiempo
hacia la posesión eterna de Dios.
Si queremos progresar en este
campo, a la atención amorosa y al diálogo en nuestras
relaciones con el Espíritu Santo hay que añadir de modo
muy principal en la vida otra actitud: la colaboración.
De poco nos sirve estar atentos para identificar la
voz del Espíritu Santo en nuestra alma; de poco nos
sirve dialogar con él e incluso aprender al contacto con
él verdades importantes de la vida si luego no colaboramos
con él.
Es necesario fomentar una actitud de colaboración pronta,
generosa, delicada. Ella nos llevará a dar al Espíritu Santo
su lugar de principal protagonista de nuestra santidad y del
apostolado. Y nos inducirá a convertirnos y a actuar habitualmente
como amigos suyos, con madurez y responsabilidad, conscientes de nuestro
papel. No somos los principales protagonistas, pero sí debemos actuar.
De este modo no caemos en un quietismo que se
cruza de brazos en espera de que el Espíritu Santo
lo realice todo en nosotros. Somos, si lo entendemos bien,
personas que saben prestarse a modo de instrumentos libres, pero
secundarios y dóciles en sus manos. Aplicamos la verdad de
la segunda parte de aquella conocida sentencia: “A Dios rogando
y con el mazo dando”.
En el fondo, se trata de
adoptar una actitud de disponibilidad a cuanto nos vaya iluminando,
sugiriendo o pidiendo. Y una disponibilidad como la del adolescente
Samuel, quien dijo: “Habla, Señor, porque tu siervo escucha.” (1
Sm 3, 9). O, mejor aún, como la de María
cuando pronunció la frase que más debió alegrar el corazón
de Dios en toda la historia de la humanidad: “Aquí
está la servidora del Señor: hágase en mí según tu
palabra” (Lc 1, 38).
Retrasan esta colaboración nuestras incorrespondencias, siempre posibles
en esta vida terrena sobre todo cuando no vivimos unidos
habitualmente a Dios y no prestamos oído a sus inspiraciones.
Un autor espiritual de renombre, Garrigou-Lagrange, desentraña la seriedad de
estas incorrespondencias en el siguiente fragmento de su obra clásica
de espiritualidad:
“¡Qué desgracia tan grande, que permanezcamos insensibles a las
divinas inspiraciones! Lo cierto es que no las tenemos en
gran estima; preferimos los talentos naturales, los empleos honrosos, la
estima de los hombres, y nuestras menudas comodidades y satisfacciones.
¡Terrible ilusión, de la que muchos no se desengañan sino
a la hora de la muerte!
De modo que prácticamente
privamos al Espíritu Santo de la dirección de nuestra alma;
y a pesar de que la porción más elevada de
ésta no fue creada sino para Dios, nosotros colocamos a
las criaturas en su lugar, con grave perjuicio para ella;
en vez de dilatarla y engrandecerla hasta el infinito, por
la presencia de Dios, la vamos empequeñeciendo haciendo que se
ocupe en los miserables objetos de la nada. Por eso
nunca acabamos de llegar a la perfección”( GARRIGOU-LAGRANGE R., O.P.,
Las tres edades de la vida interior, p. 459).
Las
incorrespondencias se vencen con una actitud de fidelidad a las
inspiraciones del Espíritu Santo. Y de una fidelidad ágil, delicada,
constante como la que se construye día tras día entre
dos buenos esposos o entre dos amigos que compiten por
ser siempre para el otro quien mejor conoce sus deseos
y con más gusto y precisión secunda su voluntad.
Esta colaboración
implica también estar unido a él y depender de él,
sobre todo en decisiones y pasos importantes de nuestra vida
como pueden ser la opción por el matrimonio o la
vida consagrada, la elección de carrera, la elección de la
persona con la que deseo compartir toda mi vida... En
ocasiones de esta naturaleza y en otras de mayor o
menor trascendencia convendrá consultar a personas de confianza y más
experimentadas en la vida espiritual, como puede ser una alma
consagrada, un sacerdote amigo, el confesor o el director espiritual.
Así nos liberaremos del subjetivismo, de la precipitación superficial y
del fácil error, pues nadie es buen juez en su
propia causa.
Esta colaboración nos aportará el principal fruto que buscamos
en nuestra tarea y en nuestras relaciones con el Espíritu
Santo: la transformación interior. Iremos asimilando progresivamente
las virtudes que él nos inspira, las actitudes que nos
sugiere, los hábitos que nos inculca.
Así, el Espíritu Santo
es el encargado de cambiar a nuestro “hombre viejo” en
el “hombre nuevo”. Y éste no es un ser
que se transforma en ángel. Divinizado por la acción del
Espíritu Santo, permanece totalmente hombre y conserva lo mejor de
su humanidad. Esta transformación interior reviste al hombre de un
espíritu nuevo. Late en él un corazón nuevo, brotan de
él un amor, unas pasiones y unos sentimientos nuevos. Juzga
con criterios nuevos que superan los prejuicios, apasionamientos, impresiones superficiales...
Para lograr esta transformación interior procuraremos, en primer lugar, no
contristar al Espíritu Santo que habita en nosotros (cf Ef
4, 30). Dejaremos de ser personas engreídas, autosuficientes, esclavas de
su comodidad y de sus caprichos, veleidosas, incoherentes. Superaremos nuestros
temores y nuestros complejos. No nos vencerá nuestro egoísmo en
sus diversas versiones: infidelidad, respeto humano, sentimentalismo, inconstancia, superficialidad...
Tomaremos cada
vez más en serio la consigna de san Pablo: “Ésta
es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4,
3). Y nosotros mismos nos admiraremos de los cambios interiores
y exteriores que se van operando en nuestro modo de
pensar, de juzgar, de querer, de hablar, de callar... Entraremos
en la virtuosa dinámica que envolvió cada vez más la
vida de san Pablo cuando escribió: “Vivo yo, pero ya
no soy yo: es Cristo quien vive en mí” (Ga
2, 20).
Será verdad en nuestra vida la afirmación paulina
de que somos templos del Espíritu Santo (1 Co 3,
16; 6, 19). Y la tomaremos como una vocación y
una misión personal. Así, como templos de él, estaremos siempre
abiertos a su acción, nos dejaremos habitar por él con
su gracia santificante, nos mantendremos ordenados y limpios, nos adornaremos
para él con las distintas virtudes, seremos para los demás
una invitación al recogimiento...
Con nuestra transformación vendrán los frutos de
la presencia del Espíritu Santo en nuestras almas. Aparecerá el
amor cristiano, la alegría brillará en nuestras obras, la paz
inundará nuestro corazón, la paciencia será un hábito en nuestro
obrar, trataremos a todos afabilidad y bondad, actuaremos ante Dios
y ante los demás con fidelidad, mansedumbre y templanza” (Cf.
Ga 5, 22-23).
Un autor espiritual del siglo XX describe
así la meta a la que conduce a las almas
el gobierno transformante del Espíritu Santo:
El objeto a que debemos
aspirar, después de habernos ejercitado largo tiempo en la pureza
del corazón, es estar de tal manera poseídos y gobernados
por el Espíritu Santo, que él solo dirija nuestras potencias
y sentidos, regule todos nuestros movimientos interiores y exteriores, y
en él nos abandonemos enteramente por la renuncia espiritual de
nuestra voluntad y propias satisfacciones. Así no viviremos ya en
nosotros mismos, sino en Jesucristo, mediante la fiel correspondencia a
las operaciones de su divino Espíritu, y el sometimiento de
todas nuestras rebeldías al poder de la gracia (LALLEMANT, S.I.,
La Doctrine Spirituelle, IV p., c. 1, a. 3).
El último
paso en nuestra tarea es la difusión de
esta amistad y de sus dones. Si, según el espíritu
de un adagio latino, el amor tiende a difundirse por
sí mismo, tal verdad es mucho mayor tratándose del Espíritu
Santo, el Amor con mayúscula. Cuando el alma va experimentando
los frutos del trato íntimo con el Consolador interior, advierte
que es un don tan sublime y tan práctico, que
no puede represarlo en su corazón.
Ha de darle salida
generosa y constante entre todas las personas que frecuenta y
en todas las actividades que realiza. Y lo hará con
presteza, como María en su visita a su prima Isabel.
Actuará con la audacia que vemos en Pedro la mañana
misma de Pentecostés, cuando sale del Cenáculo poseído por el
reciente fuego del Espíritu Santo a predicar el Evangelio a
todas las gentes, empezando por Jerusalén.
Su acción iluminará con
la luz sobrenatural de la fe el ambiente en que
vive y las tareas que emprende, caldeará los corazones de
quienes ven y escuchan al amigo del Espíritu Santo, moverá
las voluntades, apaciguará y encauzará las pasiones, dará consejos prudentes,
ayudará a discernir en decisiones difíciles.
De este mismo paso procede
el espíritu misionero que infunde el Espíritu Santo en el
alma y que expresa así Benedicto XVI:
Su presencia [del
Espíritu Santo] se demuestra finalmente también en el impulso misionero.
Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su
vida —el único auténtico tesoro, la perla preciosa— corre a
compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo,
en todos los ámbitos de su existencia. Lo hace sin
temor alguno, porque sabe que ha recibido la filiación adoptiva;
sin ninguna presunción, porque todo es don; sin desalentarse, porque
el Espíritu de Dios precede a su acción en el
"corazón" de los hombres y como semilla en las culturas
y religiones más diversas. Lo hace sin confines, porque es
portador de una buena nueva destinada a todos los hombres,
a todos los pueblos (BENEDICTO XVI, Homilía en las Vísperas
en la Vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006).
Así
transformará la vida de la propia familia y de la
sociedad en que vive y su fe unida a la
de tantos otros hombres y mujeres creyentes se convertirá en
la fuerza más poderosa de transformación del mundo difundiendo en
el ambiente la certeza de que el Amor existe y
busca al hombre para salvarlo, robustecerlo y elevarlo.
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