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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Carlos López, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Pablo, el apóstol de la caridad de palabra
San Pablo fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo la que sirva para edificar y para hacer el bien a quienes os escuchan”
Pablo, el apóstol de la caridad de palabra
Campaña sobre las Virtudes
de san Pablo. Regala una suscripción gratis si aún no
lo has hecho. http://es.catholic.net/virtudesyvalores/regalo.php De abril a junio,
como preparación para la clausura del Año Paulino, desarrollaremos esta
campaña.
A nadie le gusta experimentar la amargura de
la mentira y del embuste, ni siquiera el sinsabor de
una simple mofa o un insulto. Son ratos decepcionantes. Qué
desagrado saber que se es víctima de una mala referencia.
Duele el orgullo, el honor. Se piensa inmediatamente, y no
siempre de buena forma, sobre el autor de tal desatino.
Pero
la experiencia enseña lo fácil que es caer en estas
insidias. Se podría pensar en esas conversaciones subidas de tono
que desconciertan, porque, entre puyas y sarcasmos, se pisa fácilmente
el nombre de un amigo o de un conocido. A
pesar del buen rato que se pasa, al final se
experimenta cierta insatisfacción, como un vacío, y en algunos casos
hasta se siente el remordimiento de haber cometido una injusticia.
Por el contrario, ¡qué delicioso sabor deja una conversación sana
o un comentario constructivo donde nadie sale mal parado!
San Pablo
fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que
aconsejó: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo
la que sirva para edificar y para hacer el bien
a quienes os escuchan” (Ef 4,29). Y se refería a
una costumbre que Él mismo procuraba practicar porque la llevaba
a flor de piel: “Hermanos, tened en mucha estima todo
lo que hay de verdadero, de justo, de santo, de
amable, de elogiable; toda virtud y todo lo que merece
alabanza. Practicad todo lo que aprendisteis de mí, lo que
recibisteis de mí, lo que oísteis de mí, lo que
visteis en mí” (Flp 4,8-9).
A veces es difícil cerrar
la boca y morderse la lengua en casos particulares, como
cuando se recibe una ofensa, o cuando se antoja alguna
ironía. A este respecto, san Pablo recomienda una actitud que
rompe todo esquema mundano para sobreponerse en un plano más
honroso y caballeroso: la caridad. “La caridad es paciente, es
benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha,
no es descortés, no busca el propio interés, no se
irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia;
se complace en la verdad” (1Co 13,4-6). ¿Por qué, en
lugar de un reclamo, un enojo, una cara fea o
un insulto, mejor no se devuelve una sonrisa, una mirada
compresiva, una palabra de ánimo, o si es el caso,
de perdón? ¿Por qué no, antes de soltar el comentario
frívolo, se deja en el bolsillo y se habla de
temas edificantes?
Quien se limita a lo externo o a lo
superficial nunca llega a apreciar la gran riqueza interior de
tantas personas y, por tanto, las conversaciones y juicios
se quedan en el chisme y en el comentario trivial
de los defectos ajenos, como si uno no tuviese los
propios. Por eso, en las relaciones interpersonales siempre se debe
ir a lo más noble del hombre, a su valor,
a su espíritu. “Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y
cualquier clase de maldad desaparezca de entre vosotros. Sed buenos
entre vosotros, perdonándoos mutuamente” (Ef 4,32).
Cuando el Apóstol escribía estas
fogosas recomendaciones simplemente hablaba de lo que llevaba en su
interior, en su corazón: la caridad. El deseo de comunicarla
le consumía por dentro. De hecho, después de su conversión,
dedicó toda su vida a transmitir la buena noticia del
Evangelio. Sus palabras, aunque firmes, siempre comunicaron noticias positiva
de sus muchos viajes, y fueron, además, un bálsamo de
consuelo para las diversas comunidades cristianas. No cabe duda de
que estuvo bien inspirado en las palabras del Maestro: “No
juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio
con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con
que midáis se os medirá” (Lc 6, 37).
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