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Virtudes y Valores | colaboradores de catholic.net

Autor: Fco. Javier Rubio Hípola, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores
Ese hombre fue un valiente
La valentía sólo se da en un corazón con cimientos sólidos, que prefiere seguir latiendo pero que es capaz de dejar de latir por un motivo más fuerte.
 
Ese hombre fue un valiente
Ese hombre fue un valiente


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Estamos acostumbrados a afincar la valentía en las fronteras del conflicto. Es natural. La valentía tiene ese algo de heroico que acerca al hombre a Dios. No se trata, como cabría suponerse, de una “virtud” en sentido estricto. Es, en cierto modo, la forma de todas las virtudes en su máxima expresión. Un hombre no lucha por reunir las condiciones necesarias para ser valiente, porque el valor no requiere condiciones de ningún tipo. Por paradójico que pueda resultar, valiente es aquel que vive la virtud sin condiciones.

Precisamente por eso –como explica C. S. Lewis en el pliego XXIX de “Cartas del diablo a su sobrino”- el diablo no ha podido opacar el brillo de la valentía a los ojos de los hombres: el cobarde siempre será visto como un miserable y el valiente, como un héroe.

Presentar el ejemplo de san Pablo como un hombre de valor no es una novedad. En cierto modo, todos los santos lo han sido. Cuando la Iglesia aprueba la vivencia heroica de las virtudes en un bautizado durante el proceso de beatificación está declarándolo “valiente”. Sin embargo, no es extraño que el ejemplo de san Pablo brille con más fuerza que el de muchos otros santos.

Si el valor cristiano es la forma de todas las virtudes en su máxima expresión, no deja de ser normal que se exprese con más nitidez en aquellos casos en que el hombre se somete a lo extremo. Se suele decir que en la guerra es donde se dan los casos más extremos de virtud y de necedad humana. Depende de la opción de cada guerrero.

Para san Pablo la vida fue una guerra. Al principio, una guerra contra los seguidores de Cristo. Después, camino de Damasco, fue herido por el amor de su “enemigo”. Y esa herida le abrió los ojos. Desde entonces, no cejó en su empeño por extender el Reino de Cristo por todo el mundo. Fue un guerrero de su Señor, y sus armas fueron una fe inquebrantable, un amor fogoso y una esperanza siempre creciente.

En lo humano y en lo sobrehumano, ante Dios y ante los hombres, san Pablo fue un valiente. No dudó ni un solo instante cuando tuvo que salir en su propia defensa, abandonado de todos, frente a enemigos mucho más poderosos que él. Dejó muchas leguas andadas bajo sus pies, recorriendo los caminos más abruptos en unas condiciones deplorables. Habló, escribió y predicó, totalmente ajeno a la vergüenza que carcome las gargantas de tantos cristianos de hoy.

Pero todo tenía un sentido. La valentía sólo se da en un corazón con cimientos sólidos, que prefiere seguir latiendo pero que es capaz de dejar de latir por un motivo más fuerte. Muchos soldados a lo largo de la historia han demostrado su valor dando sus vidas por defender a su familia y a la patria.

San Pablo apuntaba más arriba: “para mí la vida es Cristo y la muerte, una ganancia” (Fil. 1, 21) . En realidad sólo el cristianismo –con su Cristo Señor a la cabeza- es capaz de dar a un hombre la fuerza necesaria para morir por los demás de una forma desinteresada, con palabras de perdón en la boca. San Pablo nos dio el ejemplo de vida y de muerte: como judío y cristiano, como apóstol y como mártir, ese hombre fue un valiente.




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