La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Martín Maldonado, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores El eterno adiós
Con la muerte, los grandes se doblan, las almas se abren y se comprende lo que llevan los hombres en lo profundo del corazón.
El eterno adiós
No estamos
acostumbrados a pensar en la muerte como algo cercano. Pensamos
en la muerte de los otros, y ese “otros” lo
arrojamos lo más lejos posible del “nosotros”.
Las despedidas siempre son
duras. Cuesta despedirse de la madre el primer día en
la escuela. Salir a otro país, estudiar fuera, pueden sacarnos
una pequeña lágrima. ¿Cuánto más no costará dar el “eterno
adiós”?
La muerte nos la encontramos con frecuencia a nuestro
lado: una embolia, un infarto, un cáncer, un accidente en
la calle, una avería de la bombona de gas…
Con la
muerte, los grandes se doblan, las almas se abren y
se comprende lo que llevan los hombres en lo profundo
del corazón. Estos profundos versos los escribió el poeta español
Jorge Manrique ante la muerte de su padre.
“Recuerde
el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la
vida cómo se viene la muerte tan callando”.
La muerte nos recuerda
qué poco valor tienen las cosas que tanto nos afanamos
en conseguir, de frente a los bienes eternos. Un coche,
ropa, collares, incluso el dinero, todo se llena de polvo,
ceniza y nada. La vida del multimillonario termina exactamente igual
que la del pobre que no tiene con qué vestirse.
Tal vez un mármol reluciente haga la diferencia, pero ¿dentro?
Así la muerte visita a todos, sabios y ricos, pobres
e ignorantes.
“Ved de cuán poco valor son las
cosas tras que andamos y corremos, que, en este mundo traidor, aun primero
que muramos las perdemos”
Y cuando Dios visita tu casa… “No,
ahí no. Dios no lo puede permitir… porque no sería
Dios. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho mal?”. Y
pedimos el milagro. El corazón explota en un torbellino contra
Dios y con un gigante “¿Por qué?” nos atrevemos a
pedirle cuentas.
Esperamos que Dios devuelva lo que “nos robó”: nuestro
ser querido. Buscamos en la tierra porque no queremos aceptar
el cielo. Podemos acusamos a Dios como injusto y seguir
viviendo en nuestro terrible egoísmo. Reclamamos la creatura al Creador:
“¡Dame lo que es mío!”. Pero precisamente allí descubrimos que
nuestro ser querido no nos pertenece. Ni su vida ni
su muerte.
Ya no nos pertenece. Nunca nos perteneció. Sin
embargo, Dios nos dio un tiempo hermoso para gozar de
un ser querido. Con la muerte, lo llama porque quiere
darle algo más grande que nosotros mismos. Quiere darse Él
mismo en el Cielo. ¿Es justo impedírselo?
Esta rebelión contra Dios
brota del corazón, porque amamos a nuestro ser querido. Pero
tal vez nos olvidamos de que Dios es Amor y
quiere darnos lo mejor: la felicidad eterna, el Cielo. Aunque
para alcanzarlo tengamos que beber un cáliz amargo, la separarnos
de los nuestros. Pero, para el que tiene fe, esta
no es una separación total, pues confiamos en que nos
reuniremos de nuevo en la vida eterna.
Por eso no
podemos recriminar a Dios, y si lo hemos hecho, volvamos
como el hijo pródigo, lloremos y pidamos perdón. Dios
nos perdona siempre. Aunque le hayamos enjuiciado y exigido. Aunque
le hayamos gritado, Él nos comprende. No tengamos miedo en
reconciliarnos, en acercarnos al creador y dueño de la vida.
Luego, el camino es más sencillo: aceptar lo que Dios
quiere, porque precisamente eso es lo mejor para mí.
¡No lo
olvidemos! La felicidad en el Cielo nunca termina, allí no
existe el adiós. El mundo terreno no es eterno. Aquí
todo pasa, incluso nuestros seres queridos. Dejémoslos ir donde ya
no se pasa. Donde estaremos con ellos. ¿Para qué exigir
tenerlos aquí cuando también nosotros iremos allá?
“Gracias, Dios,
porque visitas mi casa. Te pido que no te separes
y no permitas que me separe de ti”.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR