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Virtudes y Valores | colaboradores de catholic.net

Autor: Paúl Herrera, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores
San Pablo: el hombre de hierro
San Pablo era hombre de cosas serias. No de esos charlatanes que parlotean mucho y hacen poco, sino un hombre recio de espíritu.
 
San Pablo: el hombre de hierro
San Pablo: el hombre de hierro


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San Pablo era hombre de cosas serias. Alguien que iba al grano. Nada de titubeos que no llevan a nada. No era uno de esos charlatanes que parlotean mucho y hacen poco. Si externamente era amable, acogedor e incluso paternal, por dentro era una mezcla de brasas vivas y acero templado. Era un hombre recio de espíritu.

Una vez tuvo que pedir a los corintios que no lo consideraran loco. Pero, ¿llamar loco a un santo? No es de sorprenderse. Los corintios se parecían a los hombres de hoy. Se predicaba entre ellos como en nuestros días la ley del menor esfuerzo. No estaban acostumbradas a ver la reciedumbre en un hombre como san Pablo que, movido por un gran ideal, se mataba por hacer llegar la palabra de Cristo a todas las naciones.

Tampoco estarían acostumbrados a escuchar: “Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias” (2Co 6,21-28). Una de dos: o estaba loco o poseía una gran reciedumbre en su interior. San Pablo demostró con obras que de loco no tenía nada; pero de recio, mucho.

La reciedumbre es la sublimación ante las posibles incomodidades y sufrimientos con la ayuda de un ideal superior. Es el “aguante”, el vigor para soportar los obstáculos, contrariedades e inconvenientes que se encuentran en el camino cuando se persigue una meta. Es quitar los tiquismiquis innecesarios de la propia personalidad, para poder correr a toda velocidad hacia la realización de nuestros ideales. No es llegar hasta el machismo de decir “los hombres no lloran”, pero sí es aceptar que las quejas caprichosas no llevan a nada.

San Pablo estaba hecho de un acero muy fuerte. Y no era el acero de los músculos (los judíos y el gimnasio no congeniaban bien); su fuerza bullía en su espíritu, y se externaba en esa garra sin límites, en ese poderío convincente de su trabajo de apóstol.

Como muestra san Pablo, lo importante para practicar esta virtud no son las características externas. Al contrario, lo que cuenta es la motivación interior. Un hombre motivado vale por tres. Y para Pablo, llevar la verdad y la felicidad de Cristo a las almas era su mayor motivación.

Los frutos de la virtud de la reciedumbre pueden ser inmensos. San Pablo recorrió 1000 kilómetros en su primer viaje por el Asia; en el segundo 1926 kilómetros, y en el tercero 1700 kilómetros. No pocos para alguien que los recorría muchas veces a pie, incluso después de haber sido echado a pedradas de una ciudad. Y aún no hemos contado sus otros viajes, su ida a Roma, su vuelta a Jerusalén para un concilio y un gran etcétera. Aquí tenemos una gran reciedumbre, movido por un gran corazón.

No se trata de hacer locuras, pero sí de formar una voluntad que nos permita alcanzar nuestros ideales. La reciedumbre es útil para cualquier hombre que tenga algo por qué luchar. Se puede poner en práctica desde la mañana cuando las sábanas se nos pegan al cuerpo y no queremos levantarnos para ir a la escuela, universidad o trabajo. Durante el día, un trabajo o estudio hecho con reciedumbre y constancia nos asegura resultados óptimos. Y ¿por qué no?, aplicarla a la última hora del día en que el cansancio nos logra borrar la sonrisa que quisieran ver en nuestro rostro los demás miembros de la familia.

Una vez más, el apóstol de las gentes viene desde los primeros años de la era cristiana para enseñarnos con su ejemplo otra virtud que podemos aplicar, guardando las diferencias, a nuestra vida ordinaria.




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