La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores El secreto de la felicidad
La felicidad profunda del corazón no está en lo que tengamos o gocemos unos momentos de paz o unos días de descanso. Está en saber que alguien nos quiere, nos espera, nos rescata.
El secreto de la felicidad
Con cierta
frecuencia aparecen en la prensa o la televisión nuevos estudios
en los que dicen desvelar el secreto de la felicidad,
los ingredientes que hacen más hermosa la vida humana.
Esto no
es algo nuevo. Desde la Antigüedad hasta nuestros días cientos
de personas han dado consejos, escrito libros, redactado máximas, elaborado
leyes y programas de desarrollo, planeado cambios de vivienda, de
ciudad, de trabajo... para ayudar a los hombres a
ser felices.
El hecho de que se ofrezcan tantos consejos y
tantas ideas da a entender dos cosas: que nos gustaría
que todos (o la mayoría) fuesen felices; y que no
conocemos exactamente el camino para lograr esta meta tan ambiciosa,
pues se han ofrecido tantas ideas que uno ya no
sabe cuál sea la “verdadera”.
¿No conocemos realmente el camino hacia
la felicidad? Podríamos pensar en esos momentos en los que
hemos sido, de verdad, felices, profundamente felices.
Podemos recordar situaciones puntuales:
aprobar un examen, beber un vaso de agua fresca después
de un día de trabajo agotador, recibir el abrazo de
un ser querido. Podemos traer a la memoria situaciones más
prolongadas: unos días de vacaciones de verano, un trabajo que
nos ha gustado de verdad, haber visto cómo un familiar
enfermo se curaba, o que un hijo dejaba la droga
y empezaba a tomar la vida entre sus manos.
Pero en
los momentos más fugaces o en esos días o meses
más largos, queda casi siempre un cierto temor, una inquietud,
un tintineo interior que nos susurra: “todo puede cambiar en
un momento, no has llegado a un jardín de eternas
delicias”.
No se trata de ser fatalistas, sino de aceptar ese
misterio de la vida que da mil vueltas cuando menos
lo esperamos.
La historia (antigua y reciente) lo recuerda de tantos
modos. Una guerra deja, en pocos días, miles de huérfanos
y viudas. Bastan treinta segundos para que un terremoto cambie
la vida de miles de familias. Incluso un pequeño virus
“recogido” en el metro o en el avión es suficiente
para que un hombre de negocios, un turista o un
médico, y luego cientos de personas, contraigan una enfermedad desconocida
y lleguen a las puertas de la muerte en el
momento menos programado de la agenda...
En un mundo tan frágil,
tan cambiante, ¿es posible ser felices, de verdad, profundamente?
Jesús
nos enseña en el Evangelio a mirar los lirios del
campo, a las aves del cielo, y a confiar. Es
verdad que un animal no piensa en la felicidad, ni
una planta disfruta ni sabe que puede disfrutar más. Pero
cada uno de esos pequeños compañeros de camino vive con
sencillez su presente. Nos enseña, sin palabras, que vale la
pena vivir con un amor sencillo a un Dios que
nos ha hecho hermanos y nos llama a su encuentro
cuando este mundo deje paso al cielo en el que
nos espera con afecto.
La felicidad profunda del corazón no está
en lo que tengamos o gocemos unos momentos de paz
o unos días de descanso. Está en saber que alguien
nos quiere, nos espera, nos rescata. Está en recordar que
si no falta comida a un cuervo que grazna tampoco
Dios podrá olvidar a sus hijos hombres, aunque a veces,
por nuestra culpa, falte el pan al hermano que vive
a nuestro lado. Está en levantarnos una y mil veces
para romper con ese pecado que nos engañó con una
felicidad de espejismo, barata y, en el fondo, triste y
vergonzosa. Está en perdonar, porque antes Dios nos quiso perdonar
a nosotros, a pesar de todo, simplemente porque nos amaba.
No
es tan difícil, por lo tanto, encontrar el secreto para
ser felices. Basta con dejarnos amar y con amar sin
medida, sin límites, como ama el Padre de los cielos.
Basta...
Parecerá difícil, casi heroico, pero no podemos dejar de explorar
ese camino que nos abrió Cristo en el Evangelio. La
alegría que vemos en tantos santos es la seguridad de
que sí se puede ser felices si empezamos a caminar
con Dios a nuestro lado.
¡Vence el mal con el
bien!
El servicio es gratuito
Si quieres comunicarte con el autor de
este artículo, escribe un mensaje a fpa@arcol.org
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR