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Autor: Martín Mejía, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores
San Pablo no era un perdedor
Un perdedor tira la toalla, permanece en el suelo o se levanta para retroceder. San Pablo se sacude el polvo y vuelve a empezar con la mirada puesta en su Ideal: Jesucristo.
 
San Pablo no era un perdedor
San Pablo no era un perdedor


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No es difícil portar la bandera de perdedor. Basta una sola condición: el desaliento. Sin embargo, el estandarte del triunfo no se ondea con facilidad. Es necesaria también una condición: la lucha.

¡Qué hubiera sido de la Iglesia primitiva sin un luchador como san Pablo! Lo contrario de “perdedor” no es “triunfador” o “realizado”, sino guerrero constante.

En su vida no todo fue fácil. El Señor se lo hizo vez desde que le tiró del caballo. Lejos de desanimarse, decidió caminar, correr, volar, con el mismo celo, con la misma intensidad... pero ahora por el camino correcto: el cristianismo.

Comenzó su misión. Comprendió bien su carácter de apóstol, “enviado”, y en los orígenes del cristianismo nadie recorrió tantos kilómetros como él. De Antioquía a Derbe para engendrar la Iglesia de los paganos. Del continente asiático hasta Europa para predicar a los griegos. De la Ciudad Santa a la Ciudad Eterna con la condena a muerte a sus espaldas. Viajes extensos y exhaustivos; por mar y por tierra; a pie, a caballo, de día y de noche. Un perdedor se cansa y renuncia, san Pablo da siempre un paso más.

Habla a judíos y gentiles. En la sinagoga y el areópago. Unos escuchan, otros abuchean. Pocos le siguen y todos le hostigan. Los griegos le desprecian: “Sobre esto ya te oiremos otra vez” (Hch 17,32). Entre gritos, injurias, insultos y palabras descorteses, un perdedor baja de la tribuna y se retira. Pablo no deja nunca de predicar la cruz y la resurrección de su Señor.

Gana el odio de los judíos. La persecución no le abandona: “Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles... noches sin dormir; hambre y sed; días sin comer; frío y desnudez” (1Cor 11,24-27). Un perdedor tira la toalla, permanece en el suelo o se levanta para retroceder. San Pablo se sacude el polvo y vuelve a empezar con la mirada puesta en su Ideal: Jesucristo.

Porque mil batallas perdidas no constituyen una derrota. Cien baches en el camino no lo hacen errado. No importa caer mil veces cuando se ama la lucha y no la caída. Vivir luchando es vivir esperando. Es caminar, sufrir, pelear, caer y levantarse siguiendo la estrella que un día se ve y otro desaparece.

Tal vez en sus cartas no encontramos una definición de la esperanza. Más bien leemos una actitud de vida: lucha constante. Esa lucha que al final de su vida se convierte en expresión: “He competido en la noble carrera, he llegado a la meta, he conservado la fe” (2Tm 4,7)




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