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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Martín Mejía, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores San Pablo no era un perdedor
Un perdedor tira la toalla, permanece en el suelo o se levanta para retroceder. San Pablo se sacude el polvo y vuelve a empezar con la mirada puesta en su Ideal: Jesucristo.
San Pablo no era un perdedor
Campaña sobre las Virtudes
de san Pablo. Regala una suscripción si aún no lo
has hecho. http://es.catholic.net/virtudesyvalores/regalo.php De abril a junio, como
preparación para la clausura del Año Paulino, desarrollaremos esta campaña.
No es difícil portar la bandera de perdedor. Basta
una sola condición: el desaliento. Sin embargo, el estandarte del
triunfo no se ondea con facilidad. Es necesaria también una
condición: la lucha.
¡Qué hubiera sido de la Iglesia primitiva sin
un luchador como san Pablo! Lo contrario de “perdedor” no
es “triunfador” o “realizado”, sino guerrero constante.
En su vida no
todo fue fácil. El Señor se lo hizo vez desde
que le tiró del caballo. Lejos de desanimarse, decidió caminar,
correr, volar, con el mismo celo, con la misma intensidad...
pero ahora por el camino correcto: el cristianismo.
Comenzó su misión.
Comprendió bien su carácter de apóstol, “enviado”, y en los
orígenes del cristianismo nadie recorrió tantos kilómetros como él. De
Antioquía a Derbe para engendrar la Iglesia de los paganos.
Del continente asiático hasta Europa para predicar a los griegos.
De la Ciudad Santa a la Ciudad Eterna con la
condena a muerte a sus espaldas. Viajes extensos y exhaustivos;
por mar y por tierra; a pie, a caballo, de
día y de noche. Un perdedor se cansa y renuncia,
san Pablo da siempre un paso más.
Habla a judíos y
gentiles. En la sinagoga y el areópago. Unos escuchan, otros
abuchean. Pocos le siguen y todos le hostigan. Los griegos
le desprecian: “Sobre esto ya te oiremos otra vez” (Hch
17,32). Entre gritos, injurias, insultos y palabras descorteses, un perdedor
baja de la tribuna y se retira. Pablo no deja
nunca de predicar la cruz y la resurrección de su
Señor.
Gana el odio de los judíos. La persecución no le
abandona: “Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes
menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez
lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé
en alta mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de
salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los
gentiles... noches sin dormir; hambre y sed; días sin comer;
frío y desnudez” (1Cor 11,24-27). Un perdedor tira la toalla,
permanece en el suelo o se levanta para retroceder. San
Pablo se sacude el polvo y vuelve a empezar con
la mirada puesta en su Ideal: Jesucristo.
Porque mil batallas perdidas
no constituyen una derrota. Cien baches en el camino no
lo hacen errado. No importa caer mil veces cuando se
ama la lucha y no la caída. Vivir luchando es
vivir esperando. Es caminar, sufrir, pelear, caer y levantarse siguiendo
la estrella que un día se ve y otro desaparece.
Tal
vez en sus cartas no encontramos una definición de la
esperanza. Más bien leemos una actitud de vida: lucha constante.
Esa lucha que al final de su vida se convierte
en expresión: “He competido en la noble carrera, he llegado
a la meta, he conservado la fe” (2Tm 4,7)
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