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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Benjamin O´Loughlin L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Invertir en el perdón
Si no sabemos pedir perdón, si no sabemos reconocer que necesitamos ser perdonados, tampoco podremos perdonar de verdad.
Invertir en el perdón
Dios no
nos puede perdonar… si no se lo pedimos. En su
ensayo Acerca del perdón, C. S. Lewis se quejaba de
que los cristianos no entendían esta virtud, que no sabían
ni dar ni pedir perdón. Hoy la pregunta sigue en
pie, ¿sabemos perdonar?
El hecho es que para muchos, pedir perdón
significa disculparse, y nada más. ¿Se han equivocado? Sí. ¿Se
sienten mal? Claro. ¿Piden perdón? No. Dan excusas. “Yo no
quise...” “No sabía que...” Muchos de nosotros empleamos frases como
éstas. Sin embargo, dar excusas no es pedir perdón. Damos
excusas—o tendríamos que darlas—sólo cuando las hay, cuando de verdad
no fue nuestra culpa. O sea, cuando en realidad no
buscamos el perdón, sino sólo aclarar los hechos.
Sin embargo,
cuando realmente necesitamos perdón—y es más común de lo que
nosotros pensamos—no valen las excusas. Dios nos quiere perdonar, pero
tenemos que pedírselo. Imaginemos que vas al banco para sacar
dinero. Te metes en la fila, y cuando llega tu
turno, te pones a explicar por qué no necesitas dinero.
“Saqué dinero ayer. No tengo que ir de compras hasta
la semana próxima. Tengo lo suficiente en la cartera. No
necesito que me des nada”. Uno de dos, o te
van a recomendar un psicólogo, o llamarán a seguridad. Esto
sí: no te darán nada. Así se siente a veces
Dios. Nos quiere perdonar. Tiene el perdón allí en sus
manos. Pero nosotros “no lo necesitamos”.
Si no sabemos pedir
perdón, si no sabemos reconocer que necesitamos ser perdonados, tampoco
podremos perdonar de verdad. Si para nosotros pedir perdón es
igual quedar excusas, ¿qué pasará cuando nos toca perdonar lo
“imperdonable”? Cae todo. ¿Cómo puedo perdonar yo lo que me
han hecho? ¿Cómo puedo perdonar a quien mató a mi
hijo? Si para ti perdonar se reduce a excusar, tienes
razón. Hay cosas que no se pueden justificar.
Regresemos al banco
(de preferencia, que no sea el mismo). Ponte en la
fila, y cuando llegue tu turno, retira mil dólares. Y
acto seguido, regálalos al siguiente. Sí, regálalos. Pero ¡si él
no los merece! ¿Qué ha hecho él para que se
los dé? Nada. Esto es el perdón. Un regalo. Un
don que no se merece, y que, sin embargo, se
da. Existen cosas que no se pueden justificar, pero no
hay nada que no se pueda perdonar.
Cristo en la cruz
perdonó. ¿Fue fácil perdonar? Estaba clavado en la cruz, agonizando,
y allí seguían sus verdugos, burlándose de él. ¿Merecían el
perdón? No. Y Cristo perdonó.
Pedir perdón. Darlo. Reconocer nuestros
fallos. Dejar de lado la mera justicia para dar un
paso hacia el amor. Nos cuesta... mucho. Y después de
todos estos gastos, parece que nos quedamos con muy poco
en el banco. Sin embargo, a Dios no le importa
el perdón que tengamos almacenado allí en la caja fuerte,
sin usar. Dios nos perdonará en la medida del perdón
que hemos dejado en las vidas de los demás. Él
nos perdonará... como nosotros perdonamos.
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