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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: José A. Murillo, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores San Pablo no escribió poesía
La conversión de san Pablo fue un encuentro que supuso para él una “muerte”. Él no escribió poesía, grabó con sangre y esfuerzo el camino que lo llevó hacia Dios.
San Pablo no escribió poesía
Campaña sobre las Virtudes
de san Pablo. Regala una suscripción si aún no lo
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Siglo I d.C. En el camino de Damasco va
un hombre con un ideal fijo en la mente: acabar
con los cristianos. Su espíritu decidido era capaz de desafiar
cualquier obstáculo, nadie podía detenerlo.
En un instante, su vida
cambió por completo. Aquel hombre cayó en tierra, una luz
brillante bajó del cielo, sintió que una voz le llamaba
y sus ojos comenzaron a nublarse…, era el inicio de
su conversión. A partir de entonces este guerrero, llamado Saulo,
consideró “pérdida” y “basura” todo aquello que hasta entonces había
consistido para él la razón de su existencia (Cf. Flp.
3,7-8).
Tal vez parezca esta escena algo que raya en lo
poético, olvidando lo que verdaderamente significó la conversión para san
Pablo. Si poco nos habla de este acontecimiento es porque
era consciente de lo que había sido: un encuentro que
supuso para él una “muerte”. Él no escribió poesía, grabó
con sangre y esfuerzo el camino que lo llevó hacia
Dios.
No todo ocurrió de la noche a la mañana. Fue
una batalla, un morir poco a poco a sí mismo
para despojarse del hombre viejo. ¡Cuánto le debió haber costado!
San Pablo tuvo que luchar contra ese pesimismo que es
capaz de ofuscar a todo persona y que sólo deja
ver lo malo en la prueba, el dolor en la
dificultad, la muerte en el hombre.
¿De perseguidor a
fiel seguidor de Cristo? ¿De judío observante a evangelizador? ¿Qué
iban a pensar los demás? Pero el Apóstol supo confiar,
sabía que aquella Luz que lo había dejado ciego, estaba
transformado su vida: “Yo no me avergüenzo, pues sé en
quién he puesto mi confianza y estoy persuadido de que
tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo
que me dio” (2Tm 1,12-13).
San Pablo nos enseña que
la conversión no es el resultado de un proceso psicológico,
sino de una experiencia vivida. Después que Cristo se apareció
a Pedro, a los doce, a Santiago y a todos
los apóstoles, también se le apareció a san Pablo, como
él mismo lo cuenta: “y por último también se me
apareció a mí, como a un aborto” (1Co 15,8). Así
nos da a entender que este acontecimiento fue el fundamento
de su nueva vida. Sólo de esta manera podemos
entender este cambio tan radical en la forma de vivir.
La misma voz que llamó a san Pablo hace veinte
siglos sigue hablando hoy a nuestros corazones. Tal vez la
luz de Cristo no se nos presente de esa manera
tan fascinante y arrolladora como lo hizo con él. Su
luz sigue bajando a la tierra, pero la mayoría de
las veces bajo la forma de pequeñas centellas de vida
ordinaria: el buen ejemplo de una persona, la lectura de
la Sagrada Escritura, un pobre que extiende su mano y
pide nuestra ayuda.
Los caminos de Damasco son tan variados,
como lo son también las personas. Cristo resucitado se sigue
apareciendo a nosotros, pues siempre hay algo en nuestra vida
que nos invita a rectificar: la manera de tratar a
quien nos es antipático, obedecer con alegría a quien nos
desagrada, comprender a quien nos impacienta, etc. Por eso, la
conversión no es obra de un día, ni empresa terminada,
sino que es un proceso que concluye con la misma
muerte.
Este es el testimonio de san Pablo. La conversión
no es madurez de pensamiento, no es poesía, sino es
un encuentro con la Vida. Esta experiencia supone muerte, sí;
pero una muerte que es preludio de una vida nueva
mejor.
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