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Virtudes y Valores
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Autor: Manuel Mendoza, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Compunción de corazón
Si nos duele cuando lastimamos un ser querido con una ofensa, ¡cuánto más si la ofensa es a Dios mismo!
Compunción de corazón
La historia
de los primeros Padres nos deja una moraleja: con Dios
no se juega. Si bien el diablo es fuerte y
tiene “cierto poder” sobre el hombre, también es cierto que
el alma siempre podrá reorientar su vida, porque Dios es
más fuerte y le dará su gracia. El demonio sabe
de qué pie cojeamos y ahí nos pone la zancadilla.
Pero Cristo está de nuestro lado: “Todo lo puedo en
Aquel que me conforta” (Fil 4,13).
Para volver a Dios
es preciso remover los obstáculos que se atraviesan en el
camino. Por eso un medio eficaz para resistir las tentaciones
es la compunción del corazón. ¿Qué es pues esta compunción?
Don Columba Marmión, en su libro Jesucristo ideal del Monje,
nos dice que es una disposición interior que mantiene habitualmente
al alma en contrición. Un ejemplo. Supongamos que una persona
tuvo la desgracia de caer en pecado mortal. A esta
persona la misericordia de Dios le concede la gracia del
arrepentimiento y le dispone a confesarse con sinceridad.
Vemos
en Pedro que ante la pregunta de una criada tiene
la desfachatez de negar a su Maestro cuando horas antes
le había prometido dar su vida por Él. Sus lágrimas
son la muestra perfecta de su compunción y así, arrepentido,
Cristo le da su misericordia. Desde aquel momento Pedro dará
testimonio de su Maestro hasta el heroísmo. Lo mismo sucede
con el hijo pródigo, cuando sintió la lejanía del Padre:
“Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no
merezco ser llamado hijo tuyo” (Lc 15, 21). Seguramente aquellas
lágrimas conmovieron tanto al Padre que le vistió de ropas
finas y le llenó de besos. Esta es la imagen
de la misericordia de Dios. También Magdalena, postrada ante los
pies de Jesús, no hace otra cosa que llorar. Enjugando
con sus cabellos los pies del Maestro pide su misericordia
y perdón. Por eso ante tal Misericordia de Dios digamos:
“No desprecies, Señor, al corazón contrito y humillado” (Salmo 50,19).
Cuado un alma se esfuerza en purificarse de sus culpas
y con buena voluntad se esmera en reparar las faltas
cometidas, Dios nunca le dejará solo. Como dice San Agustín:
“Dios atiende más a las lágrimas que el mucho hablar”.
Uno
puede pensar qué duro y difícil será alcanzar esta actitud
de compunción cuando nunca lo habías pensado o practicado. Si
nos duele cuando lastimamos un ser querido con una ofensa,
¡cuánto más si la ofensa es a Dios mismo! San
Benito en su regla dice a sus monjes: “Y no
olvidemos que seremos atendidos, no por largos discursos, sino por
la pureza del corazón y por las lágrimas de nuestra
compunción” (Regla Cap. XX). San Francisco de Sales, dando consejos
a Filotea sobre la purificación de los pecados mortales del
alma dice: “Después de haber preparado y juntado de esta
manera los humores viciosos de tu conciencia, detéstalos y arrójalos
por medio de la más fuerte contrición y dolor de
que fuere capaz tu corazón, considerando estas cuatro cosas: que
por el pecado has perdido la gracia de Dios, has
sido despojada del derecho de la gloria, has aceptado las
penas eternas del infierno, y has renunciado al amor eterno
de tu Dios”(Cf. Vida devota, cap. I-VIII). Lo mismo podemos
hacer nosotros aprendiendo su ejemplo de vida plena y feliz
aún en las muchas tentaciones que sobrellevaron. Ellos se armaron
de valor para trabajar con fuerza y ánimo para permanecer
fieles al amor de Dios y alcanzar la gloria del
cielo.
Odiemos el pecado. No sólo al pecado como palabra
sino a las consecuencias que de éste se desprenden. Pío
XII comenta: “El pecado del siglo es la pérdida del
sentido del pecado” (Radiomensaje 26-X- 1946), y Juan Pablo II
lo recalca: “oscurecido el sentido de Dios, perdido este decisivo
punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado”.
(Reconciliatio et paenitentia No. 18). Las tensiones juegan un papel
importante en la vida del cristiano. Nos duelen cuando caemos
pero muchas veces no nos damos cuenta que son escalones
que Dios nos pone para llegar a Él. Desde la
antigüedad grandes místicos nos proponen la compunción del corazón como
medio eficaz contra las tentaciones, pues nos hace conscientes que
somos pecadores necesitados del auxilio divino.
Si quieres realmente buscar al
Señor, prepárate, porque serás zarandeado constantemente. La Sagrada Escritura dice:
“Dichoso el hombre que es tentado” (Jac 1, 12). Leemos
en la vida de Tobías: “ya que eres grato a
Dios, convenía que la tentación te probase” (Tob 12, 13).
Dios se muestra generoso en permitirnos participar de las tentaciones,
pues en cada una se muestra su gracia y su
poder. Él mismo quiso ser tentado en el desierto para
mostrarnos su poder ante las tentaciones y asegurarnos su victoria.
No temamos, pues Él ya ha vencido. Arrojémonos a sus
brazos en las tentaciones y digamos como los apóstoles cuando
estaban en medio del lago y las olas se levantaban
con fuerza: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! (Mt 8, 24).
Hagamos
como las vírgenes del evangelio que entraron al banquete de
bodas. Santa Teresa de Ávila, al ver a Cristo en
la cruz decía: “...lo mal que había agradecido aquellas llagas,
que el corazón se me partía, y arrojéme cabe Él
con grandísimo agradecimiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de
una vez para no ofenderle...” El pensamiento constante en Dios
nos hace permanecer en su presencia amorosa. Nos pone en
alerta al “instante” del asalto del maligno. “Pues hay que
apagar la chispa antes de que haga un fuego.” Muchas
veces detrás de cada tentación está la mano de Dios
que quiere podar el árbol para ensanchar el corazón
y tenga así la capacidad de amor que necesita Dios.
Mucho bien produce rezar el salmo que compuso el rey
David tras su pecado con Betsabé. Humillado se golpea el
pecho y exclama: “contra Ti, contra Ti sólo pequé” (Salmo
50). Nuestro Señor conoció la inmensidad del pecado pues “su
corazón rebosaba tristeza y una tristeza mortal” (Mt 26,38).
La compunción del corazón de Cristo viene no por ser
pecador, pues Él nunca conoció pecado alguno, más bien al
profundizar en el pecado de los hombres que se alejaban
de su Padre. Clavado en el madero, con gritos y
lágrimas, ensancha su corazón en amor “hasta el extremo” (Jn
13,1).
Tengamos presente en todo momento que somos pecadores. San Agustín
nos enseña: “ Ya que nuestro progreso se realiza precisamente
a través de la tentación nadie se conoce a sí
mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si
no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni
combatir si carece de enemigo y de tentaciones” (CCL 39,776).
Y con Santa Catarina de Siena: “...la leña verde, puesta
al fuego, gime por el calor y echa fuera el
agua. Así, el corazón, reverdecido por la gracia, no tiene
ya la sequedad del amor propio que es el que
seca el alma. Así, el fuego y las lágrimas están
unidos y forman un mismo deseo ardiente.” Cristo se hizo
uno como tú para salvarte “Porque no ha venido a
llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13).
Cuando uno
conoce su gran miseria reconoce la omnipotencia de Dios. Pídele
a Cristo vivir cada Bienaventuranza y ya obtenida, practica la
compunción del corazón para seguir creciendo en unión con Él.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran,
los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos,
los limpios de corazón, los que trabajan por la paz,
los perseguidos por mi causa, porque de ellos es el
Reino de los Cielos” (Mt 5, 3-11).
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