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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Juan Antonio Ruiz, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Rey de corazones
Todos podemos ser cunas para que la Virgen recueste en esta Navidad a Cristo Niño, Rey del universo.
Campaña Virtudes y Valores
en la Liturgia. Del 16 al 25 de diciembre, como
preparación próxima a la Navidad, desarrollaremos esta campaña. Regala una
suscripción si aún no lo has hecho http://es.catholic.net/virtudesyvalores/regalo.php
Aeropuerto de Fiumicino, en Roma: 9:00 p.m. Me encontraba esperando
desde hace treinta minutos la llegada de una persona y
la pantalla de vuelos me anunciaba, burlona, un retraso de
otra hora más.
Resignado, decidí pasear mis ojos entre el
resto de mis compañeros de espera. Ahí tenía a ese
buen anciano, que la llegada de uno de sus hijos
y su familia para la próxima navidad parece que alumbrará
un poco la noche. Más adelante, estaba la joven enamorada
que miraba anhelante la llegada de su príncipe azul. A
mi izquierda, algo cansados, un grupo señores sostenían entre sus
manos unos letreros pertenecientes a “Mr. Williamson” a “Mrs. Miles”
o a “Sorenberg Group & Co”. Detrás de ellos, tres
niños jugaban a perseguirse bajo la atenta mirada de su
madre, mientras, de vez en cuando, echaba una ojeada a
la puerta de salida por si llegase a salir su
marido. Y de la puerta entró corriendo una pareja, pensando
haber llegado tarde, para resoplar después, decepcionados, ante la pícara
pantalla anunciadora de los vuelos. ¡Cuánta variedad de personajes puede
reunir una sala de aeropuerto!
Como aún me quedaban varios
minutos, tomé el libro que había traído conmigo y comencé
a aprovechar mi tiempo. Se trataba de la reciente biografía
espiritual de la Madre Teresa, «Ven, sé mi luz». Tras
un momento de lectura, en la que el autor comentaba
la correspondencia de la Santa de Calcuta, revelándonos la profundidad
de su alma, me encontré con esta frase en una
de las cartas: «Rece por nosotros, Padre para que nuestros
corazones puedan ser el pesebre que escoja Nuestra Señora para
su Bebé».
Levanté la mirada y volví a repasarla por la
sala. ¡Ahí estaban todos todavía! El anciano, la enamorada, los
niños juguetones, los señores cansados y el matrimonio decepcionado. Todos
ellos eran posibles cunas que la Virgen podría escoger para
que Cristo Niño volviese a nacer esta navidad. Tal vez
ya haya tocado a su puerta, pidiendo posada… y la
Sagrada Familia habría tenido que irse a otro lugar.
Pensé
cómo, si supiésemos Quién era el que nos pedía esas
migajas de nuestro amor, se las daríamos sin pensarlo. De
nuevo, resuenan las palabras de Cristo: «Si conocieras quién te
pide de beber…». ¡Él es Rey del Universo, el Todopoderoso!
Y, sin embargo, decide hacerse mendigo de nuestro amor. ¿Qué
tanto acogerían a Dios en su corazón éstos que estaban
a mi lado?
Miré al anciano. Ha cargado ya toda una
vida en sus espaldas y tal vez lo que le
abruma es esa soledad que ahora su hijo le va
a robar, gracias a Dios. ¿Hay por ahí algo que
no ha llegado a perdonarse? Seguramente si acogiese a Cristo
Niño en su corazón, Él podría reinar y traer esa
paz a su cansado
Ahí estaba la guapa novia. ¿Qué
tipo de mirada tenía? No lo sabía. ¡Cómo pedía a
Dios que su amor haya sido tan puro como el
que Cristo Niño quería traer a la tierra! Porque Él
también estaba enamorado de su corazón –aún lo está– y
le pedía que lo esperase tanto como a su príncipe
azul. Si sólo le abriese un poco su alma, Él
podría reinar y llenarla de un amor auténtico y eterno.
¿Y
qué decir de los señores-carteles? Sus caras revelaban cansancio, fastidio.
Su vida parecía ser algo no digno de vivirse: eran
simplemente anuncios de algo que no querían ser. Pero si
dejasen que Cristo se sentara en el trono de su
corazón podrían experimentar que la vida vale la pena y
que todo tiene sentido con Él.
Con Cristo Niño, los niños
podrían seguir jugando todo lo que quisiesen, pues su reino
trae paz y serenidad. Esas sonrisas, tan inocentes, tendrían un
voto también en los parlamentos y juzgados (como lo harían
también los de tantos niños no nacidos). Más aún: los
adultos podríamos razonar como ellos, sin ninguna otra preocupación que
amar y forjar una sociedad totalmente justa, fundada en el
reinado de Cristo.
Y así se podría decir de todos:
del matrimonio que ahora abrazaba a sus amigos que acababan
de llegar, de la adolescente que le estaba contestando de
mala manera a sus padres, de la señora que estaba
terminando de maquillarse, del señor que maldecía a un teléfono
celular, de ese par de religiosas que reían a causa
del comentario de otra, de ese joven que bostezaba por
el cansancio de un día en la universidad, ¡y también
de mí, futuro sacerdote! Cristo desea reinar en el corazón
de todos nosotros en esta cercana navidad.
De pronto, una
voz me despertó de mis pensamientos: «¿Dónde estabas?». Era la
persona a la que esperaba. ¡El aeropuerto de Roma nos
había hecho otra mala jugada! Viniendo de Madrid, lo sacaron
por las salidas nacionales, en donde había estado esperando hace
ya media hora. ¡Paciencia! Le di un fuerte abrazo de
bienvenida y le tomé la maleta.
Antes de partir,
volví la vista a mi ya querida sala de espera.
El anciano ya había partido con su hijo y familia.
La joven desahogaba ahora toda su espera con un fuerte
abrazo de su príncipe y con un beso enamorado. Los
niños parecían más tranquilos, pues ya la mamá les había
avisado que su papá estaba por salir. Los carteles de
los aburridos señores anunciaban ahora otros destinatarios. Elevé a Dios
una oración por todos ellos, parafraseando las palabras de la
Santa de Calcuta: «Que sus corazones, Padre, puedan ser el
pesebre que María escoja para que tu Hijo nazca y,
de esta manera, reine, a través de ellos, en todo
nuestro mundo». Dicho esto, salí corriendo, pues mi amigo se
me había adelantado y ya franqueaba la puerta de salida.
¡Vence el mal con el bien!
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