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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Alejandro Páez, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Oriens, heraldos del amanecer
A Cristo se le llama “Amanecer”, pues los hombres, en las sombras por mucho tiempo, esperaban la luz que iluminara sus vidas.
Campaña Virtudes y Valores
en la Liturgia. Del 16 al 25 de diciembre, como
preparación próxima a la Navidad, desarrollaremos esta campaña. Regala una
suscripción si aún no lo has hecho http://es.catholic.net/virtudesyvalores/regalo.php
Desde la punta más extrema de la península de la
bahía de Ieranto- en Italia- sobre una antigua y arruinada
torre de vigilancia de los romanos, frente a la antigua
isla de Capri, se ve el mar. ¡Y qué
mar! Azul como el cielo, con su horizonte curvo
en donde no se sabe si aquí comienza el cielo,
o acá se acaba el mar. Y más a
esta hora de la mañana cuando los dos están oscuros,
grises en las sombras. De pronto, la línea que
los divide se pone amarilla, casi blanca y se va
difuminando hacia arriba. Y entonces – entonces – el
sol se asoma por encima del mar. En minutos,
la luz ha invadido todo; de extremo a extremo aquel
amanecer tímido y pálido se ha convertido en día, en
una mañana gloriosa, y ya se ven los pescadores que
respiran el aire blanco y se preparan para salir al
mar. Ya nadie se acuerda de las sombras
que bailaban con las olas sobre el mar. Ya
nadie se preocupa de la oscuridad que se ha escapado
sin dejar traza. Así es Navidad.
El 21 de diciembre
Cristo se llama “Amanecer”. Como sobre esa torre en
ruinas, los hombres, en las sombras por mucho tiempo sin
conocer la luz, habíamos esperado… algo, quién sabe qué, una
especie de “gran evento” que los judíos describían. De
pronto, “el pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una
gran luz. A los que habitaban en paraje de
sombras de muerte una luz les ha amanecido. ”
(Mt 4,16) Y no era esta una luz cualquiera,
como una linterna, o un fuego, ni siquiera una grandísima
hoguera. Es nada menos que la luz misma, la
claridad que ilumina todo horizonte de punta a punta sin
dejar lugar a la mínima tiniebla.
¡Anda! De buenas a
primeras todo cambia, como del día a la noche.
Las sombras que antes se disimulaban y nos confundían a
propósito de todo – de nosotros mismos, de los demás,
de nuestro mundo, de Dios…– han quedado definitivamente disipadas por
el “esplendor de la luz eterna y el sol de
la justicia” (Is 42,7). Por ello los cristianos somos
la gente más normal, los que caminamos de día y
vemos el mundo de colores. Y más aún en
navidad que nos acordamos del amanecer de nuestra era y
nuestro privilegio de que nos hemos enterado.
Además, el evento de
Jesucristo –¡que altísima paradoja!– por más modesta que haya sido
aquella “noche de paz”, el nacimiento de un bebé más
en otro establo de pueblo más, está destinado a ser
reconocido en todos los rincones de la tierra, como la
luz del día. En navidad Cristo viene, y su
reino con él: tierno y discreto como la aurora, inevitable
como el amanecer, claro cómo la mañana, diáfano y luminoso
como el día, brillante como el cielo y poderoso como
el mismo sol. Los cristianos no somos los apocados,
que se contentan con una velita, sino que somos los
“hijos de la luz” (Jn 12,36).
¿Qué seríamos entonces los hombres
sin Navidad? Seríamos como las centinelas de a aurora,
sólo que sin aurora, todavía parados sobre nuestras antiguas ruinas,
viendo la danza de las sombras y del mar.
Pero hoy, que Cristo ha nacido por nosotros, nos hemos
hecho heraldos del amanecer. De un amanecer que será
para siempre –no hay que dudarlo– donde “la luz del
sol meridiano será siete veces mayor, como la luz de
siete días, cuando Yahvé venga a curar la herida de
su pueblo” (Is 30,26). Así que “¡Feliz Navidad, Cristiano!”
y que todo el mundo se entere que el amanecer
que anuncias es el de un día feliz que no
terminará jamás.
¡Vence el mal con el bien!
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es gratuito
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