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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Fernando Tamayo, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Corazón Contemplativo
El Magníficat es un ejemplo precioso del corazón contemplativo de María. María es la perfecta orante por la riqueza de su corazón y de sus palabras.
Campaña Virtudes y Valores
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Uno
de los paisajes interiores más bellos y profundos de María
nos lo ofrece su corazón contemplativo. Esta dimensión orante de
la Virgen es la que explica la riqueza de su
corazón y de sus palabras. María es la perfecta orante.
Un ejemplo precioso podemos descubrirlo en el Magníficat.
El
Catecismo de la Iglesia Católica presenta así de modo sintético
el Magníficat reconociendo en él no sólo la voz del
corazón contemplativo de María, sino también el cántico que hace
suyo la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios:
El cántico de
María (cf Lc 1, 46-55) es a la vez el
cántico de la Madre de Dios y el de la
Iglesia, cántico de la Hija de Sión y del nuevo
Pueblo de Dios, cántico de acción de gracias por la
plenitud de gracias derramadas en la Economía de la salvación,
cántico de los “pobres” cuya esperanza ha sido colmada con
el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres “en
favor de Abrahán y su descendencia por siempre. (C.I.C. 2619)
En María se hace verdad el proverbio evangélico: “De
la abundancia del corazón habla la boca”. Su corazón contemplativo
era un fruto de la soledad que ella cultivaba y
que Dios habitaba y fecundaba. En ese sagrario de su
persona, donde ella se encontraba sola con Dios, sola ante
Dios, sola para Dios, veía de modo más claro y
certero la acción del Señor, a las personas que intervenían
en su existencia, las situaciones que debía afrontar, las decisiones
que tomaba. Y en el tesoro de su corazón comprende
mejor por dónde la lleva Dios. Y de ese mismo
tesoro ella extrae las diversas notas de este canto,
síntesis de lo mejor de la religiosidad del pueblo judío.
El centro de su contemplación es Dios,
el Dios del Antiguo Testamento. Todo lo mira e intenta
comprenderlo a la luz del amor de Dios. Y lo
que no comprende no la inquieta. Sabe, como nos enseña
san Agustín, que lo que no entendemos de la Sagrada
Escritura sencillamente encierra amor de Dios.
El corazón contemplativo
de María apunta a la persona misma de Dios. Lo
descubre en la vida de Israel como Señor y Salvador
(Lc 1, 46-47), el Poderoso (v. 49). Y encuentra en
estos nombres de Dios una clave segura para ir descubriendo
el rostro misterioso e inagotable del Creador de cielos y
tierra.
Apunta también a las palabras de Dios.
Allí resuenan en su mente las distintas páginas del Antiguo
Testamento y de modo particular algunas que aparecen en su
cántico de alabanza: “ha puesto los ojos en la humildad
de su esclava” (cf 1 S 2, 1), “su misericordia
alcanza de generación en generación a los que le temen”
(Sl 103, 17), “acogió a Israel su siervo” (cf
Is 41, 8-9).
Y contempla asimismo las acciones de
Dios. Cada página del Antiguo Testamento, escuchada en la
sinagoga y meditada en su corazón, contiene un rico legado
del Señor de la vida y de la historia. El
Magníficat nos manifiesta que María conoce la elección del pueblo
en Abrahán, las páginas sobresalientes de la historia de su
pueblo protegido por el Señor, las profecías de Isaías y
de Daniel, la riqueza espiritual encerrada en los Salmos y
en otros libros sapienciales. De entre todo este arsenal espiritual
María destaca en este cántico sobre todo dos acciones del
Señor: Dios derriba a los soberbios y enaltece a los
humildes (v. 52, cf Jb 12, 19), el Señor elige
y favorece de modo especial a Israel desde su orden
a Abrahán (vv. 54-55, cf Gn 12, 3).
Jean
Guitton comenta así el Magníficat y encuentra en él una
ley interior de la historia universal que haremos bien en
reconocer e interiorizar:
La Virgen (...) bosqueja en su Cántico una
historia universal. Si la palabra no fuera demasiado grave, habría
que decir que nos da, de un golpe, su filosofía
de la historia. Es la historia de Dios en el
mundo, pero es también su historia en Dios. Tiene el
sentimiento de esa corriente que parte de Abrahán; que fluye,
no se sabe de dónde, eterna. Conoce su ley secreta
y simple, tal como pueden entenderla los más pequeños y
comprobarla en cada época, y que está contenida en esta
fórmula: Dios humilla a los poderosos y ensalza a los
humildes. Esta ley interior de la historia universal es bien
diferente de la ley exterior, la que describimos en nuestros
libros, en los que se ve a las potencias crecer
y no sucumbir sino para sucederse. Sin embargo, es la
ley de verdad y el verdadero reverso, el envés del
tejido de la historia. Es la ley que Jesús proclamará
no en una fórmula, sino en las siete bienaventuranzas, desarrollando
un pensamiento escondido en el seno de su madre y
que le inspiró. (GUITTON J., La Virgen María, Madrid 1952,
pp. 111 – 112).
Esta contemplación de
Dios suscita unos afectos en el corazón de María. En
primer lugar la admiración por las obras del Señor. Todo
el cántico es una manifestación sentida de esta sincera admiración
del corazón de María. Y es un afecto que lleva
tan a pecho, que en esa ocasión sale al exterior
en los distintos versículos de este cántico. Es la admiración
de una criatura sencilla, humilde, que reconoce la grandeza del
poder de Dios manifestado en la historia de Israel y
en su acción divina.
También resalta otro afecto importante:
la alabanza. Un corazón contemplativo alaba la sabiduría y la
bondad del amor de Dios. El primer verbo del cántico
es una formulación decidida de la voluntad de alabanza del
corazón de María al constatar una vez más la sabiduría
de las obras del Señor en los labios de su
prima Isabel. En efecto, sin comentárselo antes María, ya sabe
Isabel que se halla ante “la madre de su Señor”
(Lc 1, 43). Y todo el cántico está permeado de
acciones que, mencionadas en este contexto, son todas alabanzas de
María al Dios que se ha dignado elegirla para la
misión que acaba de proponerle.
El corazón contemplativo de
María manifiesta otro aspecto de su alma al contacto con
la palabra y la acción de Dios: la asimilación.
María ha asimilado en su meditación de la Sagrada Escritura
las actitudes espirituales, las preferencias y los métodos del Señor.
Destaca, sobre todo, la fidelidad de Dios, su relación de
Dios con el soberbio y con el humilde y la
elección de Israel. Y en esta línea procura vivir y
actuar según estos criterios divinos ella, la humilde esclava del
Señor.
Un ulterior aspecto que resalta en el corazón
contemplativo de María en este pasaje tiene que ver con
una dimensión práctica de la contemplación: la difusión de este
mensaje, la difusión de las obras de Dios en la
historia sagrada de su pueblo. Se trata de una difusión
convencida, serena, oportuna. Y de emplear las palabras, el testimonio
y, cuando sea conveniente, también el apoyo y el consejo.
Por ello, en una circunstancia como es este
saludo entre las dos primas, María no tiene reparo en
manifestar algo de la riqueza que ella vive como don
especial del Señor a su alma. E Isabel reconocerá sin
envidia y con alegría desde ahora más la hondura de
alma de su prima, elegida para ser “la madre de
su Señor” (Lc 1, 43).
Este corazón contemplativo es
inimaginable en María sin una estima y un cultivo del
silencio interior y exterior. Las pocas palabras que pronuncia en
los evangelios y las actitudes que refleja en los
distintos pasajes nos dan una idea del ambiente interior de
profundidad espiritual en que se desarrollaba su existencia. Gracias a
esto le es tan fácil escuchar a Dios, contemplar sus
obras en la historia y en la vida de las
personas, conservar en el corazón las acciones de Dios, obrar
con sencillez y pureza de intención, y hablar de un
modo tan centrado y tan rico cuando ve que es
lo que corresponde.
María vivía a fondo las recomendaciones
que, sobre el silencio, haría muchos siglos después la beata
Madre Teresa cuando escribía:
Me gusta insistir en la recomendación del
silencio. El silencio de la lengua nos enseñará a hablar con
Dios. El silencio de los ojos nos enseñará a ver
a Dios. Nuestros ojos son como dos ventanas por las cuales
puede entrar o Cristo o el mundo. A veces necesitamos coraje
para mantenerlos cerrados. Mantengamos el silencio del corazón. Como la Virgen, que
todo lo conservaba en su corazón. (MANGLANO J.P. – DE
CASTRO P., Orar con Teresa de Calcuta, Desclée de Brower,
Bilbao 2004, 4ª, pp. 129-130).
De este pasaje
el corazón contemplativo de María sale más resuelto para aceptar
su misión, esa parte de la acción de Dios en
la historia que el Señor le ha propuesto y en
la que ella debe intervenir como humilde esclava. Y este
pasaje no la vuelve vanidosa, sino le sirve para revestirse
de una humildad más profunda que se manifiesta en el
servicio amoroso y prolongado a su prima. Y es que
la humildad abre el corazón a Dios para que él
penetre en el alma y la vida de las personas.
Él llama, la humildad abre la puerta del corazón y
Dios obra sus maravillas.
Una reflexión práctica
final. Contemplando este rayo del corazón de María puede venirnos
la fácil y equivocada idea de que María alcanzó un
alto nivel de contemplación y unión con Dios por ser
Madre de Jesús. Y podemos -inducidos por la comodidad y
por una falsa humildad- aceptar tranquilamente ese error.
Para
refutarlo nos ayuda el siguiente texto de san Juan de
la Cruz. Su mensaje central es que Dios quiere elevar
a muchas almas a los más altos grados de contemplación,
pero pocas se prestan a la difícil tarea de purificación
que se exige:
Y aquí nos conviene notar la causa por
que hay tan pocos que lleguen a tan alto estado
de perfección de unión con Dios... No es porque Dios
quiera que haya pocos de estos espíritus levantados, que antes
querría que todos fuesen perfectos, sino que halla pocos vasos
que sufran tan alta y subida obra; que, como los
prueba en lo menos y los halla flacos, de suerte
que luego huyen de la labor, no queriendo sujetarse al
menor desconsuelo y mortificación... y así no va ya adelante
en purificarlos y levantarlos del polvo de la tierra por
la labor de la mortificación, para la cual era menester
mayor constancia y fortaleza que ellos muestran...( S. JUAN DE
LA CRUZ, Llama de amor viva, 2, 27).
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