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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Laureano López, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores Benedicencia, la virtud ausente del diccionario
La benedicencia nos invita a silenciar los defectos del prójimo y nos estimula a ponderar sus cualidades y virtudes.
Campaña Virtudes y Valores
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has hecho. De octubre a noviembre, como preparación para el
Encuentro Mundial de las Familias, desarrollaremos esta campaña.
La palabra
benedicencia es la gran ausente del diccionario. Si intentas escribirla
en tu computadora en un documento de texto, inmediatamente te
la corregirá cambiándola por beneficencia. Si insistes, te la subrayará
en rojo como un error. Pero el verdadero error consiste
en que existiendo el término que indica el vicio, maledicencia,
no aparezca el vocablo que indica la virtud.
La benedicencia
radica fundamentalmente en hablar bien de los demás. Sin embargo,
no se limita sólo a eso. Por un lado, esta
virtud nos invita a silenciar los errores y defectos del
prójimo, por otra parte, nos estimula a ponderar sus cualidades
y virtudes.
Jesucristo nos exhortó a la vivencia de esta virtud
cuando dijo a sus discípulos: “amad a vuestros enemigos, haced
el bien a quienes os odian, bendecid a los que
os maldigan, rogad por los que os difamen” (Lc 6,27-28).
La enseñanza del cristianismo no consiste en no odiar, no
maldecir, no dañar. Por el contrario, el Maestro nos invita
a trabajar en positivo: Amad, bendecid, rogad.
Para vivir la benedicencia
es necesario promover los comentarios positivos dentro de la familia.
Varios de los conflictos dentro de la familia surgen de
alguna palabra hiriente, de frases irónicas o comentarios negativos, etc.
La influencia que recibimos de algunos medios de comunicación nos
puede inducir a comportarnos de esta manera. Basta encender la
televisión para ver cómo se insultan los miembros de distintos
partidos políticos, cómo se exageran los errores y defectos de
los demás. El 90% de las telenovelas nos muestran cómo
surgen las intrigas familiares, en muchos casos debidas a la
mentira, a la calumnia y a la difamación.
Se puede
crear un ambiente muy positivo si al llegar de la
escuela los hijos, en lugar de criticar a sus maestros
del colegio, comentaran aquello que han aprendido ese día de
ellos. Si la esposa recibe a su esposo, no con
una queja por llegar tarde a comer, sino con un
saludo cariñoso. Si el esposo al regresar de sus compromisos,
comentase los proyectos que tiene en su trabajo y no
los defectos que tienen su jefe o sus empleados. Hablar
bien no significa mentir, no significa adular, comporta más bien
reconocer las cualidades y virtudes de los demás.
Es importante silenciar
los defectos de los demás. En algunos ambientes el chismorreo
es la comidilla de todos los días. Esta es la
influencia que recibimos diariamente gracias a las “revistas del corazón”
y a ciertos programas televisivos que únicamente buscan ventilar las
intimidades de los otros. El hombre que domina su lengua
es un hombre perfecto, nos dice el apóstol Santiago. Al
mismo tiempo, nos advierte que la lengua, aun siendo un
miembro muy pequeño, puede ser fuego que incendie el ambiente
o un veneno mortífero. Y termina diciendo que no podemos
con la misma boca bendecir a Dios y maldecir a
los hombres. (cf. St 3,1-12).
Si un día se quemó
la cena o no estuvo a tiempo, podemos silenciar este
defecto y agradecer a la persona que la preparó. Si
mi hermano reprobó 2 materias en el colegio, no tengo
por qué irlo pregonando a todo el mundo, más bien
podría comentar las materias en las que le ha ido
bien. Y si no tengo nada bueno que decir, lo
mejor es callar. Silenciar los errores no significa hacerse de
la “vista gorda”, más bien estipula que se comente algo
sólo con quien puede poner solución al problema. No significa
aprobar los errores y defectos: se busca más bien combatir
el error, pero al mismo tiempo conservar la buena fama
de quien lo comete.
En una ocasión un penitente se acusó
de haber difamado a una persona. El sacerdote le pidió
que antes de darle la absolución fuera al día siguiente
con una almohada de plumas a la iglesia. Ese día
subieron los dos al campanario y el sacerdote le pidió
que destruyera la almohada. Al momento las plumas se esparcieron
por toda la ciudad. El sacerdote le hizo ver que
eso mismo sucedía con la maledicencia y la difamación, no
se sabía hasta dónde podían llegar y no había manera
de detenerlas o de resarcirlas. A partir de ese momento,
después de la absolución, se comprometió a tratar de vivir
todos los días la virtud de la benedicencia.
¡Vence
el mal con el bien!
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