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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Equipo Gama - Virtudes y Valores Generosidad en familia
La generosidad debe ser una de las más importantes tareas educativas para cualquier hogar.
Campaña Virtudes y Valores
en la familia. Regala una suscripción si aún no lo
has hecho. De octubre a noviembre, como preparación para el
Encuentro Mundial de las Familias, desarrollaremos esta campaña.
Marta está llorando
en un sofá. Pasa las hojas de un libro, con
la mirada perdida y con los ojos hinchados. Frente a
ella, Juan sonríe mientras tiene en su poder el Nintendo,
todo para él y sólo para él.
Cuando los padres entran
en el salón de estar y se encuentran con una
escena como la anterior, sienten que algo debe cambiar en
sus hijos. ¿Cómo lograr que sean más generosos, cómo ayudarles
para que aprendan el arte de compartir y de disfrutar
al ver a otros felices?
La generosidad es una de las
virtudes humanas más hermosas. El generoso vive su relación con
las cosas desde una perspectiva de condivisión, de apertura a
los demás. No se encierra en sus intereses, no agota
su existencia en la búsqueda del propio placer, en el
acapararlo todo para sí. El generoso descubre las necesidades del
otro, ve las cosas materiales como medios para servir, para
dar, para establecer lazos de amistad.
A todos nos gustaría vivir
así, con las manos abiertas y con un corazón grande.
Especialmente a todos nos gustaría poder ofrecer a los hijos
una educación que les permita convertirse en niños (y futuros
adultos) generosos y buenos.
¿Cómo lograrlo? ¿Qué hacer para que los
hijos aprendan a ser generosos, para que rompan el cerco
del egoísmo, para que sepan vivir sinceramente interesados por los
demás?
El primer paso consiste en el ejemplo. Pensemos en dos
familias muy diferentes. En la primera, los padres hablan continuamente
de lo que van a comprar, de cómo visten los
vecinos, del coche nuevo que tiene un amigo. Además, cuando
llegan a casa él o ella (o los dos) buscan
ansiosamente el periódico, o la revista, o el libro, o
el programa favorito. Si el otro o la otra han
ocupado el diván más cómodo, quien ha “perdido” manifiesta que
se siente triste y ofendido, mientras la parte ganadora disfruta
de modo egoísta su victoria. Es de suponer que los
hijos que viven en hogares como el anterior configuran su
mente y su corazón según la ley de “primero yo
y caiga el mundo”; es decir: se acostumbran a buscar
siempre la satisfacción de sus deseos, incluso cuando saben que
pueden provocar pena o dolor en otros.
En la segunda familia,
los padres saben ceder continuamente el paso, sirven la comida
primero al otro, dejan el periódico o el libro a
quien lo pide, o simplemente cuando ven entrar en casa
al esposo o la esposa dejan todo para saludarle. Si
ha llegado un poco más de dinero al hogar, piensan
en seguida en ayudar a algún familiar necesitado, o incluso
a un vecino pobre que no sabe cómo solucionar el
problema de las goteras. Al salir de compras, están más
pendientes de satisfacer al otro o a los hijos que
en conseguir lo que más les gusta. Al pasar junto
a un auténtico pobre saben ofrecerle una sonrisa o una
pequeña ayuda. Y en el tren no dudan un momento
en dejar el propio asiento a alguna persona mayor que
lo necesita de verdad.
Los hijos que viven en este segundo
tipo de hogares “respiran” un clima de generosidad y de
grandeza de corazón que penetra en sus almas. Descubren así
que las cosas materiales valen en tanto en cuanto se
reparten, se ofrecen a los otros. Perciben que el tiempo
no es para satisfacer los propios caprichos, sino para estar
junto a quien nos pide una mano. Valoran la vida
no en cuanto sucesión de momentos de egoísmo que nos
empobrecen, sino como camino hacia el altruismo, que nos hace
ser más buenos con todos.
El segundo paso, que necesita estar
acompañado por el ejemplo, consiste en ofrecer pequeñas enseñanzas, con
palabras o con acciones, a los hijos para que entren
en el mundo de la generosidad.
No hay que extrañarse de
que un hijo de dos años sienta envidia cuando nace
un hermanito. Es una reacción a veces instintiva. Pero los
padres pueden empezar a ayudarle, con gestos y con paciencia,
a comprender que uno no es el ombligo del mundo.
El
cariño verdadero buscará maneras para que el hijo se abra
a la generosidad desde pequeño. Con su ejemplo, el padre
le hará ver que todos hemos de ayudar a poner
la mesa o a retirar los platos. La madre le
permitirá descubrir lo hermoso que es dejar la silla más
cómoda a los otros. El hermano mayor, si ha aprendido
a ser generoso, buscará maneras para que sus juegos no
sean sólo suyos, sino que puedan ser usados por los
otros hermanos.
El aire de una familia cambia cuando la generosidad
se enseña y se vive de forma natural y constante.
Habrá ocasiones, es parte de la vida, en que uno
o varios sientan la fuerza del egoísmo y prefieran encerrarse
en su habitación en vez de ayudar en la limpieza
la casa. Pero los padres buscarán entonces un momento más
sereno para hacer reflexionar a los hijos que la casa
es de todos, que el tiempo pasa mejor si buscamos
ayudarnos mutuamente, que las cosas brillan más cuando sufren el
desgaste de más manos, y que la vida es más
alegre si la compartimos con cualquiera que pueda pedirnos una
ayuda, participar en sus estudios o sus juegos, o simplemente
estar a su lado para leerle una novela mientras el
sueño cierra sus párpados cansados.
La generosidad debe ser una de
las más importantes tareas educativas para cualquier hogar. Lo que
los niños son ahora marcará la vida de jóvenes y
de profesionistas del mañana. Vivimos en un mundo con demasiado
egoísmo como para que también en casa falten toques de
cariño que nacen de corazones generosos.
En cambio, el mundo da
un paso hacia lo bueno y lo bello cuando en
el hogar alguien se acerca para ofrecernos un vaso de
refresco con hielos. O cuando nos deja la computadora sin
límites de tiempo. O cuando hay más familias que piensan
en las cuentas del banco (que son importantes) no para
que sirvan sólo a sus titulares, sino para promover bienestar
entre los miembros de la casa y entre tantas personas
necesitadas de generosidad, de ayuda, de respeto.
Mamá está junto a
Marta, mientras que papá le susurra a Juan unas palabras
al oído. Los dos escuchan y hablan. Juan siente algo
de pena porque va a dejar su juego, pero quizá
pronto comprenderá que existen cosas mucho más importantes que tres
horas de Nintendo. Marta, en cambio, se ha levantado con
una mirada distinta. En voz baja, pero sincera, le dice
a Juan: “No te pongas triste. De verdad, prefiero que
juegues tú a que me dejes ahora el mando. Luego
me dices el resultado, ¿eh?”
¡Vence el mal con el
bien!
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