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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Sergio G. Román | Fuente: Catholic.net La honradez, una virtud a cultivar en la familia
Se entiende por honradez el respeto a los bienes ajenos.
Campaña Virtudes y Valores
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El hijo mayor
Cuando
don Fernando se sintió viejo y se dio cuenta de
que ya no podía estar al frente de sus asuntos,
puso su ranchito a nombre del hijo mayor para que
él se hiciera responsable. Con un sentido muy grande del
honor, le pidió que cuando él muriera repartiera la herencia
equitativamente entre sus hermanos.
Murió el viejo y, una vez enterrado,
se juntaron los hermanos para hablar de la repartición del
ranchito. El hermano mayor ni siquiera asistió a la reunión;
mandó a su mujer a decirles que “papelito habla” y
que él era el único dueño del ranchito y que
le hicieran como quisieran. Ganó el ranchito y perdió a
sus hermanos. Él es el dueño legal, pero aquí hay
otro caso más de que lo legal no siempre es
lo justo. Ante sus hermanos, ante su esposa y sus
hijos, y sobre todo, ante Dios, él es un simple
ladrón, un hombre sin honor que traicionó por ambición la
voluntad de su padre. Por cierto, cuando este hombre quiera
confesarse, el sacerdote le condicionará la absolución a la restitución
justa de esos bienes y de las ganancias que con
ellos haya hecho. Dice la moral: “restitución o condenación”.
¿Qué es
ser honrado?
Literalmente viene de “honor”: un hombre honrado es
un hombre de honor.
Se entiende por honradez el respeto a
los bienes ajenos.
Por bienes entendemos no sólo los materiales necesarios
para una vida digna, sino también otros bienes, intangibles pero
también reales, que necesitamos para el bienestar al que tenemos
derecho. Por ejemplo, la buena fama.
Un hombre honrado es el
que respeta los bienes de los demás y el que
se esfuerza por conseguir, con su trabajo honrado, los bienes
que él mismo necesita para vivir y ser feliz.
La honradez,
como valor, exige ese respeto a lo ajeno aun cuando
las circunstancias pudieran permitir apropiárselo sin consecuencias legales o sociales.
El juez más severo de nuestros actos somos nosotros mismos
y ha de ser muy triste vivir sabiendo que somos
ladrones. Para nosotros los creyentes existe también la conciencia de
que Dios exige la devolución de los bienes robados.
La imagen
popular del buen ladrón que roba a los ricos para
dar a los pobres, no es más que un signo
de una revolución siempre buscada, pero jamás alcanzada que impidiera
a unos cuantos apropiarse de los bienes que los demás
necesitan para vivir. Hoy sabemos que es pecado la acumulación
de la riqueza y propiciar la pobreza. Sobre las riquezas
acumuladas, decía Juan Pablo II en Cuilapa, Oaxaca, existe una
hipoteca social. Y Jesús decía algo mucho más grave: ¡Qué
difícil es que un rico se salve!
Un rico católico honrado
sería el que entiende sus bienes como algo que Dios
le permite tener para administrarlos en bien de sus hermanos.
El
lujo y la ostentación son un continuo robo a los
más pobres.
Con ese sentido social, las leyes justas de un
país alientan a los dueños del capital a invertirlo en
beneficio de la sociedad y a usar parte de esos
bienes en instituciones de beneficencia. El capitalismo carente de humanidad
es pecaminoso.
El salario justo será el que permita una vida
digna.
¿Cómo se enseña la honradez?
Mi tío Jesús tenía una
tienda de abarrotes. Después de una visita a su tienda,
mi mamá descubrió que yo andaba quemando cerillos. “Me los
encontré” dije entonces para justificar la posesión. No me creyeron
y de mano de mi madre regresé a la tienda
del tío a devolver lo mal habido. Así nos educaron
nuestros padres.
La honradez se enseña con el ejemplo. Un padre
de familia que es responsable en su trabajo, aunque no
salga nunca de pobre, heredará a sus hijos una riqueza
imponderable: su honradez.
Una pobreza digna jamás ha hecho daño a
nadie; una riqueza mal habida mina el respeto de los
hijos a los padres a quienes verán siempre como a
personas deshonestas y sin autoridad moral.
Los niños aprenden en el
hogar los límites que impone la propiedad privada. Ellos saben
que deben respetar los bienes de los hermanos y, en
cambio, saben también que deben compartir esos bienes con los
demás miembros de la familia.
Queridos papás...
Nunca permitan que su
hijo robe algo en el supermercado, aunque nadie lo vea. Nunca
permitan que se cuele sin pagar por más necesidades que
tengan. Nunca permitan que se apropie de un lugar que no
le corresponde en las filas de espera. Nunca permitan que traiga
a casa un objeto que no es suyo. Nunca permitan que
invente faltas de sus hermanos ni de ninguna otra persona,
porque ellos tienen derecho a su buena fama.
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