La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Jorge Enrique Mújica, L.C. | Fuente: Catholic.net Reflexión sobre el amor
El don más grande que da Dios al corazón humano es el de sepultar su egoísmo mientras su alma se enciende y ama. Si quieres ser amado, decía Séneca, ama.
Sólo el ser humano
es capaz de hacer el amor. Sólo el ser humano
es capaz de hacer el verdadero amor. Hace el amor
cuando se ocupa del otro y se preocupa por el
otro, cuando ya no se busca a sí mismo, sumirse
en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía el
bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al
sacrificio, más aún, lo busca. El ser humano hace el
amor cuando el aprecio de los valores, la condivisibilidad de
ideales, el interés y el deseo de lo mejor para
ese otro alguien lo llevan a llamarlo amigo. Lo hace
cuando, en la mutua donación, se abre a la vida
generadora de un nuevo ser cuyo primer nombre será “fruto
del amor conyugal”.
El ser humano hace el amor cuando manda
y obedece, cuando ríe y llora, cuando se alegra y
sufre, cuando sirve, cuando estudia, cuando se dona al prójimo
más próximo y al más lejano…Pero el amor no se
agota en un acto ni se reduce a un espacio
de tiempo. El amor no es un cielo preñado de
nubes que hoy están y mañana quién sabe. No
es como la enfermedad que suele ser pasajera. El amor
es perenne. Si fuese efímero sería otra cosa, menos amor.
La enfermedad se padece; al amor se tiende, se le
busca, se le necesita, se le lleva como suave yugo
cuando las circunstancias son adversas y como insignia de oro
al pecho cuando de ellas ha salido victorioso. Un poeta
definió en un soneto el amor:
no
hallar fuera del bien, centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde,
altivo. Enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño, beber
licor por veneno suave, olvidar el provecho, amar el daño,
creer que
un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el
alma a un desengaño, esto es amor, quien los probó, lo
sabe.
Quien lo probó sabe que el ser humano no puede
vivir sin amor. El mismo es para sí un ser
incomprensible; su vida está privada de sentido si no se
le revela el amor, si no se encuentra con el
amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si
no participa en él vivamente: el amor es la impronta
que se busca dar y recibir; característica única de la
persona humana porque somos libres y el amor, ante todo,
es un acto continuo de libertad suprema. Por eso cuando
se ama se puede hacer lo que se quiere: porque
si se calla, se callará con amor; si se grita,
se gritará con amor; si se perdona, se perdonará con
amor. Si está dentro de nosotros la raíz del amor,
ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal
raíz.
Amor y libertad van de la mano, son inseparables.
El acto supremo de la libertad es el amor y
no se puede hablar de amor si éste no es
libre. No hay amor sin libertad porque no se puede
amar sin ser uno mismo y sin elegir al otro
libremente. Velle alicui bonum, escribieron los filósofos para definir el
amor; querer el bien del otro que no es aplicarle
algo externo sino promover su libertad. Es a partir del
amor a la libertad del otro que se ama efectivamente.
Y es que el que tiene amor siempre tiene algo
que dar; tiende a darse. Y porque se es libre,
conciente de lo que se hace, del amor que se
ofrece, se es responsable. La justificación de sus elecciones converge
en la responsabilidad del ser humano con relación a su
actuar. Del actuar del hombre es de donde nace su
vocación, la vocación universal al amor; amor que es el
océano a donde van a parar todas las restantes virtudes.
El
amor nunca se da por concluido y completado; se transforma
en el curso de la vida, madura y, precisamente por
ello, permanece fiel a sí mismo. Sólo el ser humano
es capaz de hacer el amor. Esa conciencia debería llevar
a aquel abandono que plasmó Virgilio en sus Églogas: “Todo
lo vence el amor; cedamos pues, también al amor nosotros”.
Somos capaces de hacer el amor. El amor del prójimo
es un camino para encontrar también a Dios. Cerrar los
ojos antes el prójimo nos convierte también en ciegos ante
Dios y es que amor es ver con los ojos
de Cristo para dar mucho más que cosas externas necesarias:
es ofrecer la mirada de amor que el otro necesita.
Por eso amar a Dios y amar al prójimo son
la única y misma cosa. No se trata de un
mandamiento externo que impone lo imposible, sino de una experiencia
nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza
ha de ser ulteriormente comunicado a otros.
El don más grande
que da Dios al corazón humano es el de sepultar
su egoísmo mientras su alma se enciende y ama. Si
quieres ser amado, decía Séneca, ama.
¡Vence el mal con
el bien!
El servicio es gratuito
Si quiere comunicarse con el autor,
envíe un mensaje a: jem@arcol.org
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR