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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Juan Gerardo Fonseca, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores No tengo tiempo
Podemos caer en el riesgo de perdernos en las cosas que hacemos y olvidamos del por qué las hacemos.
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Había un hombre serrando árboles en un
bosque. Trabajaba con mucho entusiasmo y esfuerzo, sin embargo, se
angustiaba por el bajo rendimiento que obtenía de su prolongado
esfuerzo. Cada día le llevaba más tiempo acabar su tarea,
de modo que con frecuencia le sorprendía la noche cuando
aún le quedan bastantes troncos por serrar.
En su afán
por trabajar cada día más, no se daba cuenta de
que esa lentitud se debía a que filo de la
sierra que usaba estaba muy desgastado. Un buen día se
le acercó un compañero y le preguntó:
- Oye, ¿cuánto
tiempo llevas intentando cortar ese árbol? - Más de dos
horas. - Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas
a ese ritmo..., ¿por qué no descansas un momento y
afilas la sierra? - No puedo parar, llevo mucho retraso.
- Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los
pocos minutos que supone afilar la sierra. - Lo siento,
pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni
un minuto.- Y así concluyó aquella conversación.
Esta historia me
hizo recordar a una persona que conocí hace algunos años.
Era un empresario que tenía mucho éxito, un buen coche,
una casa muy hermosa, una esposa excelente y tres hijos
estupendos. Pero desafortunadamente, con frecuencia le veía angustiado por su
trabajo y no podía dedicar mucho tiempo a su familia.
Era una persona muy responsable y dedicada; pasaba jornadas enteras
trabajando. Creo que la principal motivación de su trabajo era
dar lo mejor a su esposa y a sus hijos.
Poco a poco, fueron surgiendo problemas con su esposa, no
había mucha comunicación entre los dos. Con frecuencia, llegaba muy
cansado a su casa y ya no tenía ganas ni
para hablar con sus esposa. A sus hijos los veía
a penas en algunos momentos durante el día, dado que
muchas veces ya dormían cuando llegaba a casa por lo
intenso del trabajo.
Cuando cumplió 50 años, por fin
podía disponer de tiempo libre. Su empresa gozaba de una
buen equipo de trabajo y no era necesario dedicarle tanto
tiempo como antes. Sus hijos ya se habían casado
y por razones de trabajo y estudio se fueron
a vivir al extranjero. Apenas los podía ver una o
dos veces al año.
Hacía algunos años que su mujer
lo había abandonado por falta de comunicación y entendimiento.
Al final de su vida cayó en una profunda crisis
y depresión, se sentía angustiado. Ciertamente era un hombre rico,
había triunfado en su empresa gracias a su extraordinaria capacidad
de trabajo; pero perdió su principal riqueza que era su
familia. Creo que a este buen hombre le pasó lo
mismo que al serrador: olvidó lo fundamental, a su familia.
Se le olvidó afilar bien la sierra; tener siempre presente
la verdadera motivación de su trabajo.
Muchas veces nos puede
pasar lo mismo por tener la buena voluntad de ser
responsables, cumplidores. Podemos caer en el riesgo de perdernos en
las cosas que hacemos y olvidamos del por qué
las hacemos. Que fácil es decir que no tenemos tiempo.
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