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Virtudes y Valores
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Autor: Juan Albeto Armendariz | Fuente: Equipo Gama-Virtudes y valores Nuestros niños de mañana
Cuando nos preguntamos qué será de nuestros niños el día de mañana nos alegramos porque sabemos que la respuesta definitiva está, de manera importante, en nuestras manos.
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Quizá todos pasamos por la misma
experiencia. Somos niños y llega a casa visita de
la tía María, de la comadre sabelotodo o de la
tierna abuelita. Y si bien nos va nos dan gran
posibilidad en la pregunta que suelen hacer: «Miguel: ¿tú qué
quieres ser de grande…?» Por que hay otras ocasiones en
las que la pregunta, con un tono un poco más
vivaz, va por el estilo: «¿Miguel, verdad que cuando seas
grande quieres ser físico-químico-matemático como tu papá? » Pues parece
que permanecemos en las eras antiguas. Las huellas del papá
siempre marcaban el camino. Y a los niños casi se
les corta la respiración…
La pregunta es la de siempre. ¡Uf!
Sin embargo, cosa amena, en los niños florece una gran
variedad de insondables respuestas. Encontramos desde el deportista que inflándose
de orgullo y exhibiendo sus dotes atléticos con estruendosa voz
replica: «¡Torero, corredor o futbolista! », mientras que las cejas
de los padres se levantan. Nos topamos con los cerebrales
quienes a sus cumplidos once años, bajan la cabeza, meditan
profundamente la cuestión, respiran profundo, miran a través de sus
intelectuales gafas y con aire solemne, majestuoso, responden: "ingeniero electrónico
o en su defecto licenciado en sistemas computacionales…" y la
noticia casi la publican en el periódico. Encontramos a los
más altruistas quienes sonríen con una cara de pícaros y
entre algo de divino responden: sacerdote o astronauta… - y
ante la perplejidad de la asamblea, les basta replicar: "es
sólo para estar más cerca de Dios." Pero los más
prácticos y astutos, fruncen las cejas, buscan el modo de
escapar ante el interrogante y viendo que el reloj se
hace tarde para salir a buscar a los amigos les
es suficiente con articular un escueto “no sé”, y asunto
arreglado. La pregunta se aplazará para otro día y otra
ocasión. Y eso les basta pero en definitiva, lo que
de verdad quieren reflejar detrás de cada respuesta es sacar
a la luz tantos valores que les hayan enseñado sus
padres y familiares.
A nosotros los adultos siempre nos da
alegría saber qué cosa serán los niños del mañana. Tenemos
una semilla de curiosidad. Nos alegramos viendo como esos pequeñines
que un día observamos corriendo detrás de un balón, jugando
a las escondidas, paseando a las muñecas y haciendo de
las suyas –porque para eso no les hace falta el
tiempo- se preparan sin saber, para el día de mañana.
Porque también nosotros fuimos niños hace algún tiempo. Crecimos y
llegamos a ser adultos, porque la niñez jamás ha sido
eterna.
¿Qué será de nuestros niños de mañana? Parece una
pregunta sencilla y fácil que requiere, sin embargo, una reflexión
profunda.
Cuando somos niños queremos llegar a ser adultos. Y
cuando somos adultos, nos sosegamos contemplando a los niños. Siendo
niños vamos al kinder. Usamos pantaloncillo corto, shorts. Soñamos con
aquel día en que pasaremos a llevar los pantalones largos.
Nos entusiasmamos cuando nuestros padres nos llevan a eventos importantes
vestidos con nuestro traje de ejecutivo, sin arruga ni doblez.
Y nos vemos en el espejo. “Me parezco cada vez
más a mi papá.” Las niñas comienzan a dejar de
lado a las muñecas y las comiditas. Se meten de
verdad a la cocina y como por instinto les vienen
las ideas de pedir a mamá que les enseñe a
hacer tartas de manzana. Van al espejo y se quieren
peinar como la mamá.
Los niños nunca olvidan el ejemplo
de sus padres. La mayor alegría que reciben los padres
llega inesperada un cierto día. Los ojos de los pequeñines
se clavan en la mirada de sus papás y aunque
no articulen palabra desde el interior lo han dicho todo:
“Cuando sea grande quiero ser como tú.” Quizá también algún
día nosotros lo dijimos. Imitan la firma, el tono de
voz y hasta la manera de tomar el teléfono.
Los
niños del mañana serán, en buena parte, lo que seamos
los padres de hoy. Esta historia tiene tanto de verdad
como de historia. Cierta mañana un labrador se levantó muy
temprano abrió las ventanas, y viendo en el valle su
espíritu se exaltó. Y gritó: “Campo, ¿qué me darás en
este año?” Su eco llenó toda la colina y una
suave brisa desde la lejanía acarició su rostro. Nítida y
suavemente escuchó clara la respuesta. “Lo que tú me des.
Si me das trigo, trigo; si maíz, maíz te daré…”
Lo que nosotros les demos a los niños hoy, eso
lo serán mañana.
Por ello los adultos tenemos la gran
responsabilidad de saber orientar a los pequeños. Los niños son
como esas figuras de barro o plastilina. Se comienzan a
moldear poco a poco. Se puede lograr con ellos grandes
cosas: figuras y personajes de renombre. Poco importa lo que
ellos deseen ser cuando crezcan, lo que importa es dejar
sembrado en ellos una semilla que sola, con el pasar
del tiempo, comenzará a germinar.
Los niños lo recuerdan todo. Y
sobre todo hay tres cosas que nunca olvidan. Lo primero
que retienen en su memoria es la fuente de cariño
que se les dio en casa. Recuerdan los día en
que mamá los recibía con la sopa caliente. Aquella sonrisa
en el rostro. Es verdad, con mil preocupaciones, pero jamás
sin esa sonrisa. Porque cuando hay amor en el hogar
nunca falta la alegría.
Lo segundo que conservan es el
ejemplo de esfuerzo. Todas aquellas mañanas de idas al colegio.
No sólo por lo que les cuesta levantarse, sino por
el ejemplo de papá y la mamá que les prepararon
el desayuno, les alinearon el uniforme, les dieron una palabra
de aliento y se despidieron con un beso antes de
dejarlos en la escuela. Este tipo de hechos valen más
que mil palabras.
Lo tercero se refleja en ese aire
de valores que los niños aprenden en su primera escuela
que es el hogar: a rezar por la mañana, a
ayudar a las personas más necesitadas, y sobre todo esa
fuerza que tildarían de casi sobre humana en los momentos
más difíciles. Porque, creámoslo o no, a los niños se
les grava ver la luz encendida del despacho de papá
a las altas horas de la noche; un acto de
honestidad con algún cliente; ver como su familia hace un
acto de caridad con el limosnero de la calle.
Dice un
viejo refrán: “De tal palo, tal astilla.” Es algo que
cada día comprobamos. Por ello cuando nos preguntamos que
será de nuestros niños el día de mañana nos alegramos,
porque sabemos que la respuesta definitiva está, de manera importante,
en nuestras manos.
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