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Virtudes y Valores
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Autor: P. Antonio Rivero, LC | Fuente: GAMA - Virtudes y valores Corona de Adviento: La justicia
Esta virtud regula las relaciones entre los hombres en sus múltiples manifestaciones: con Dios, con los demás y consigo mismo.
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“Dar a cada quien lo suyo”. Así se ha
definido siempre la justicia.
Si vamos a la etimología, justicia proviene
del sustantivo latino “ius”, que significa derecho. Es justo el
hombre que concede a cada uno sus derechos, lo que
le es debido por ser lo que es en todos
los órdenes. Por tanto, la justicia consiste en la constante
y firme voluntad de dar a los demás lo que
les es debido.
La justicia es un valor que acompaña
el ejercicio de la correspondiente virtud moral cardinal. Desde el
punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la
actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como
persona. Desde el punto de vista objetivo, este valor y
virtud constituye el criterio determinante de moralidad en el ámbito
intersubjetivo y social.
Hoy la justicia se muestra particularmente importante
en el contexto actual, en que el valor de la
persona, de su dignidad y de sus derechos, está seriamente
amenazado por la generalizada tendencia a recurrir exclusivamente a los
criterios de utilidad y del tener.
La justicia no es
una simple convención humana, porque lo que es “justo” no
es originalmente determinado por la ley, sino por la identidad
profunda del ser humano.
Esta virtud regula las relaciones entre
los hombres en sus múltiples manifestaciones: con Dios, con los
demás y consigo mismo.
Tenemos que ser justos, primero, con Dios.
La justicia con Dios se llama virtud de religión. Debemos
dar a Dios honor y gloria. Debemos dar a Dios
el primer lugar. Y esto se demuestra en dedicar un
tiempo al día para agradecerle la vida, la fe, y
tantas gracias que a diario Él nos da en el
orden espiritual y material, familiar y laboral. Aquí entrarían esos
minutos al día para leer la Biblia y entrar en
diálogo con Él. Aquí entraría ese participar activa y fervorosamente
de la misa dominical. Aquí también la oración de agradecimiento
antes de las comidas. O ese rezo del rosario en
familia. Todo esto es justicia con Dios por ser quien
es: nuestro Señor, nuestro Padre y nuestro Dios.
Tenemos que ser
justos, sobre todo, con los demás. Esta justicia garantiza básicamente
el respeto mutuo en el uso de los bienes que
Dios nos ha otorgado, que son para todos y que
miran no sólo a nuestra utilidad en este mundo, sino
también para que nos ayuden a llegar hasta Dios. El
Magisterio social de la Iglesia evoca al respecto tres formas
clásicas de justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal.
Dice el Catecismo de la Iglesia católica: “Los contratos
están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios
entre las personas y entre las instituciones en el respeto
exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige
la salvaguardia de los derechos de propiedad, el pago de
las deudas y el cumplimiento de obligaciones libremente contraídas. Sin
justicia conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia.
La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que
se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a
la comunidad, y de la justicia distributiva que regula lo
que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a
sus contribuciones y a sus necesidades” (número 2411). “En virtud
de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida
exige la restitución del bien robado a su propietario…” (número
2412).
Por tanto, bajando a detalles, se falta a la justicia,
y a veces gravemente, mediante el hurto, la rapiña, el
fraude, la usura, la extorsión, el plagio, la retención injusta
del algo ajeno. Se falta a la justicia, cuando por
negligencia se retrasan los salarios o pagos, pudiendo hacerlo a
tiempo. Mientras se pueda, convendría pagar al contado, sobre todo
a los que lo necesitan, y al día siguiente de
terminar el mes. Sí, falta a la justicia:
• El patrón que
retrasa el pago del salario a los obreros, sin causa
justa. • El que se niega a pagar sus deudas pudiendo hacerlo. • Los
que no devuelven las cosas prestadas o las devuelven en
mal estado. • Los que engañan en la administración de bienes ajenos. • Los
que falsifican dinero. • El que estafa a quien le confió la
administración de sus bienes. • Los que guardan la cosa perdida sin
buscar al dueño. • El que con gastos excesivos se imposibilita para
pagar sus deudas. • Los comerciantes que provocan quiebras ficticias para declararse
insolventes. • El que sabiendo que en el supermercado se ha equivocado
la cajera y le ha dado dinero de más, y
no hace nada por devolverlo.
Tenemos que ser justos, finalmente, con
nosotros mismos. A esto lo llamamos humildad. La justicia con
nosotros mismos significa ponernos en el lugar que nos corresponde:
ni arriba ni abajo. Y si ahondamos un poco, sabemos
que el lugar que nos corresponde es el último, porque
somos criaturas de Dios, servidores de nuestros hermanos y además
pesa sobre nosotros una realidad profunda: somos pecadores.
Tratemos de
vivir esta virtud de la justicia con más conciencia, sobre
todo con nuestro prójimo. Y unamos a la virtud de
la justicia, la virtud del amor y de la solidariedad.
Sólo así superaremos la visión contractual de la justicia, que
es visión limitada. La justicia sola no basta. Puede incluso
llegar a negarse a sí misma, si no se abre
a aquella fuerza más profunda que es el amor.
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