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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Victoria Cardona | Fuente: Mujer Nueva Sinceridad y Discreción, ayudas en la comunicación
La sinceridad y la discreción son dos virtudes útiles que nos pueden ayudar en la comunicación y el diálogo con nuestros hijos
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La mayoría de problemas del día
a día de la convivencia familiar se resolverían, si nos
esforzáramos por tener una buena comunicación con nuestros hijos. Hay
muchas formas de hacerlo. Se puede hacer con un gesto,
se puede hacer con una mirada de complicidad, se puede
hacer con la palabra, escuchando música, leyendo, haciendo deporte...También nos
podemos comunicar silenciosamente. Sólo contemplando unos padres junto a la
cama de un hijo enfermo, mimándolo o dándole la mano
vemos el máximo de comunicación. El silencio se hace necesario
por el reposo de su hijo, pero la comunicación no
falta. Ya se ve que para comunicarse no se necesitan
palabras, sino que se necesita afecto y que haya un
clima de confianza.
Hay muchas virtudes que nos pueden ser
útiles para ayudar a la comunicación, con el clima de
confianza adecuado, que favorece el diálogo, base de la comunicación,
pero yo destacaría dos: la sinceridad y la discreción.
1.-
La palabra sinceridad deriva del latino "sine cera" (sin cera)
refiriéndose a los ungüentos que utilizaban las mujeres romanas para
disimular sus arrugas. "Sinceridad es decir siempre con claridad lo
que se hace, lo que se piensa, lo que se
vive". Nuestros hijos tienen de ver que nosotros somos sinceros
siempre. Por esto debemos reflexionar y preguntarnos: ¿Cuántas veces hemos
dejado incompleta una promesa o una reprimenda que habíamos anunciado
a nuestros hijos? o ¿cuántas veces hemos asustado a los
pequeños diciendo "que viene el hombre del saco" y lógicamente
aún lo esperan?...O otras medias verdades, que no dejan de
ser mentiras que malogran la confianza.
Nuestra sinceridad debe ser ejemplar,
la verdad tiene que ser objetiva, clara. Por ejemplo, si
nos equivocamos, pedimos perdón y lo reconocemos; esto es más
educativo para el hijo que muchos sermones y consejos repetitivos.
A veces los hijos no son lo suficiente sinceros con
nosotros por no quedar mal o porque tienen miedo de
que tengamos una reacción desmesuradamente enfadada con lo que nos
dicen.
Sobre todo en la adolescencia tenemos que ser pacientes
y estar preparados para que nos expliquen lo más impensable
sin perder los nervios. Lo que es más importante siempre
es que los hijos nos digan la verdad, aunque del
susto recibido nos quedáramos sin aliento. Con todos los datos
reales del problema, no nos equivocaremos a la hora de
buscar soluciones y reforzaremos la confianza mutua.
2.-Vivir la discreción es
fundamental. Los padres debemos profundizar en esta virtud, que no
es frecuente en el ambiente actual. La discreción está definida
como: "reserva en las acciones y en las palabras, reserva
del que no hace sino aquello que conviene hacer, de
quien no dice sino aquello que conviene decir, que sabe
callar aquello que le ha estado confiado."
Muchos hijos se
quejan de que sus padres, o bien para vanagloriarse, o
bien para quejarse explican las confidencias que ellos les han
hecho. Ya se ve que este sería un defecto que
influiría en la confianza que nos habrían dado los hijos,
nada más y nada menos sería "ventilar" sus emociones.
Con
la virtud de la discreción nace el discernimiento, para saber
cuando es prudente preguntar, o cuando hace falta esperar para
hacerlo, puesto que hace falta respetar la intimidad del hijo
y tener paciencia para recibir la confidencia. También distinguir el
momento en que es conveniente dar el consejo oportuno. Pienso
que cuando un niño pequeño tiene una pataleta, ¿verdad que
es muy difícil corregirlo sí nos ponemos a gritar como
él y perdemos los nervios? Con los hijos mayores tenemos
que hacer lo mismo, es sencillamente pasar por alto el
momento de ofuscación y buscar el tiempo para dialogar con
calma y serenidad. Una persona discreta no impone, no coacciona
sino que observa y ayuda a mejorar reconociendo que ella
también tiene defectos; por lo tanto, no se sobresalta por
nada, y, con esta comprensión anima a su hijo a
la sinceridad.
Al mismo tiempo los hijos no comprenden ni
las ironías ni las bromas sobre sus "cosas", les hemos
de saber atender con todo respeto y cariño, comprendiendo que
para lo que les sucede tiene importancia para ellos, por
lo tanto no conviene burlarse de nada de lo que
nos explican.
Para concluir, podríamos decir que el objetivo de
procurar fijarnos en la sinceridad y la discreción, es ayudar
a que haya el clima de confianza adecuada que haga
de los padres buenos amigos de los hijos, a quienes
los hijos pueden explicar sus ideales, sus problemas, sus alegrías.
Empecemos a interesarnos por lo que les preocupa cuando son
pequeños y así fundamentaremos la sinceridad y la confianza en
su adolescencia, etapa que habrá de prever.
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