La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Jesús Manuel Valencia, LC | Fuente: GAMA - Virtudes y valores Introspección, diálogo… oración
La oración es un gran horizonte donde se funden dos realidades que parecían tan distantes como el cielo y la tierra. Los une porque tiene como objeto a quien es capaz de todo.
¿Deseas recibir trabajos de
análisis, artículos de fondo, opinión y reflexiones sobre temas de
actualidad? Recibe el servicio semanal de Gama. Para solicitarlo
envía un mensaje a equipogama@arcol.org
¿Deseas
estar informado sobre las actividades semanales del Papa? Recibe Antorcha,
el servicio de resumen semanal de las actividades del Santo
Padre. Solicita suscripción aquí.
Mundo interior. Mundo exterior. Una de
las muchas divisiones que podemos hacer en nuestra vida. Así
es: nuestro peregrinar por este mundo está íntimamente marcado por
estas dos realidades. Nos sabemos, nos reconocemos existentes a nosotros
mismos en un mundo de existentes distintos de nosotros. Percatamos
todos los días que, más allá de nuestro yo activo
y pensante, nos envuelve, nos oprime la existencia de otros
seres, y es aquí donde se funda la dualidad mas
cotidiana de un día cualquiera: tu y yo. Somos diversos
y, sin embargo nos relacionamos, tropezamos “fortuitamente”, porque recibimos de
manera gratuita la existencia, sin ni siquiera haberla pedido.
Esta dualidad
parece insalvable, o al menos, difícil de realizar en un
mismo acto, pues, todo mi mundo interior, que por muy
pequeño que sea será infinito, ¿Es comunicable a los demás?
¿Hasta dónde me comprenden, hasta dónde me acompañan los que
me escuchan, los que me atienden, los que me quieren?
Todos los días entramos en nuestro interior más o menos
profundamente. El conocimiento personal se va haciendo indispensable con el
pasar de los años. Examinarse con objetividad y sinceridad da
como resultado una persona coherente y madura, en marcha ascendente
hacia la superación y la perfección. El ejercicio de examinarse
continuamente forma un hombre que difícilmente se presentará en quiebra
total y a quien difícilmente las abatirán las pruebas y
contrariedades de la vida. Y sin embargo ¡cuántas formas hay
de hacerlo!
Piénsese en esas formas existencialistas de Camus, Sartre o
el famoso psicoanálisis de Freud, todos, amigos de los “grandes
discursos mentales”, de parrafadas y monólogos con nuestro yo más
egoísta, más antipático y menos sincero. Introspecciones de minería que
terminan por derrumbar nuestra estima, nuestros proyectos y, en no
pocas ocasiones, la fe y la moral. Por fortuna existen
formas mucho más serenas y objetivas.
Después está la otra esfera,
más evidente si se quiere: el diálogo. Ya lo dijimos:
nos movemos entre seres, en un mundo que nos define
y a la vez nos limita; entre realidades diversas de
mí: cosas inertes o animadas, sonidos, imágenes. Pero es sobre
todo con personas con las que esta estructura de comunicación
llega a su punto más alto.
Nadie lo niega: la sola
mirada humana es capaz de entrar en relación con los
demás. Sin necesidad de palabras revelas gran parte del corazón
y del alma. El hombre no puede evitarlo, es social
por naturaleza, lo necesita para realizarse como persona y ser
feliz. Y así la palabra TU llega a ser esencial.
“Ya no se refiere a una cosa entre las cosas,
sino que llena el horizonte. No es que nada exista
fuera de él; sino que todas las cosas subyacen, se
subordinan a su luz”, escribía Martin Buber.
Puestos a pensar, nos
resulta claro que, en el fondo, la amistad es un
diálogo íntimo y prolongado, que supera la barrera del tiempo,
del espacio y de la misma muerte. Aristóteles en su
“Ética a Nicómaco” habla de las características de la amistad:
En
primer lugar, el amigo busca el bien del otro, cueste
lo que cueste. Después, reciprocidad: yo te quiero, tú me
quieres. Y por último conocimiento recíproco del recíproco amor. En
palabras de Pedro: “Tú lo sabes todo, sabes que te
quiero”. La amistad jamás se debe viciar por el interés
o la inclinación placentera desenfrenada.
Pero no debemos olvidar el
problema planteado: mi amigo, mi mejor amigo, tal vez el
único, ¿hasta dónde me conoce? ¿Cuál es su experiencia de
mi existencia? El comparte mis alegrías y mis dolores, los
siente suyos, pero no lo son. Existe en el alma
humana una profundidad tan honda que es difícil descifrarla por
completo. Por más que nos esforcemos en participarla, siempre hay
algo, aunque sea sutil, que el otro no alcanza entender
hasta sus más profundas raíces o que nosotros no logramos
desvelar.
Lo único que saltaría esta barrera sería un Amigo
-así, en mayúscula- que viviese dentro de mí, pero que
fuera distinto de mí. Uno a quien por virtud propia
le esté permitido asomarse a los rincones más profundos de
mis ser. Un Amigo con quien pueda hablar y llamar
confiadamente de TU. ¿Imposible? Bien se sabe que no. La
síntesis de introspección y diálogo se llama oración. Sí. A
la oración se va a hablar con el Buen Dios
que habita en nosotros pero que es distinto de nosotros.
Sabe de ante mano lo que queremos confiarle y, como
son los buenos amigos, tiene la paciencia de escucharlo íntegramente,
aunque sea la enésima vez. Como nos movemos en un
plano de amistad profunda sobran los formalismos, basta abrir el
corazón. Se trata de una renovación desde Dios hecha en
un diálogo sencillo, sin mezcla de vanidades o amor propio.
Te conoce tal cual eres, pero tú tienes que reconocerlo
de frente a Él y así emprender el camino hacia
la superación personal, que en palabra más cristiana se llama
santidad, la amistad más limpia y sincera que el hombre
puede concebir.
Empezar a orar siempre es un reto. Como sucede
con todos los hábitos, se forma y fortalece poco a
poco. Primero se empieza, reloj en mano, con cinco minutos,
procurando que sea un momento concreto del día (antes de
salir al trabajo o a la universidad, antes de la
comida o después de clases, o durante un trayecto de
rutina). Así se inicia. Con distracciones, dificultades, obstáculos. No con
revelaciones o éxtasis, que además no hacen falta. Lo que
si hace falta es un alma sedienta de Dios y
un corazón dispuesto a tomar en serio los compromisos que
de ella nazcan.
La oración es un gran horizonte donde se
funden dos realidades que parecían tan distantes como el cielo
y la tierra. Los une porque tiene como objeto a
quien es capaz de todo. Aquel que dijo que “lo
que pidierais a mi Padre Él os lo dará”.
Allí están los dos mundos: el interior y el exterior
reconciliados por la oración.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR