La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Bosco Aguirre | Fuente: Mujer Nueva Los dos niveles de la belleza (sobre la belleza del alma)
Ese esfuerzo por conquistar un nivel de belleza corporal que dure el mayor tiempo posible tiene que detenerse al llegar a fronteras insuperables
¿Deseas recibir trabajos de
análisis, artículos de fondo, opinión y reflexiones sobre temas de
actualidad? Recibe el servicio semanal de Gama. Para solicitarlo
envía un mensaje a equipogama@arcol.org
¿Deseas
estar informado sobre las actividades semanales del Papa? Recibe Antorcha,
el servicio de resumen semanal de las actividades del Santo
Padre. Solicita suscripción aquí.
A casi todos nos gusta tener
un cuerpo sano, hacer deporte, trabajar y reír, descansar e
ir de excursión con los amigos.
El bienestar físico es un
valor casi universal. Algunos, además, persiguen ansiosamente una especie de
“eterna juventud”. Realizan operaciones de cirugía estética, masajes, ejercicios especiales
para adelgazar, inyecciones “rejuvenecedoras”, lociones y cremas de todo tipo...
Gracias
a tantas intervenciones y progresos farmacéuticos, a veces es posible
encontrarse con una señora de 50 años que parece tener
30, y con una de 40 que no tiene nada
que envidiar a una chica de 18... Algunos hombres han
entrado ya en este mercado de la “cosmética” a niveles
de competividad respecto a lo conseguido, no sin grandes esfuerzos,
por mujeres famosas por su “eterna juventud”.
Pero ese esfuerzo por
conquistar un nivel de belleza corporal que dure el mayor
tiempo posible tiene que detenerse al llegar a fronteras insuperables.
La naturaleza no deja de pasar su factura (también la
pasan los centros de belleza, no hay que olvidarlo) y
uno tiene que rendirse ante la realidad: los años no
perdonan; el proceso hacia la vejez no ha sido controlado,
al menos hasta ahora, por la técnica.
Existe, sin embargo, una
belleza distinta, más profunda, y no por ello menos importante.
La gratitud, la alegría, el optimismo, ese gusto por vivir
para un proyecto, la solidaridad, la fidelidad a unos amigos,
la profundidad de un matrimonio abierto a las riquezas del
otro y a la belleza de la paternidad y la
maternidad... Son cosas que no se ven a primera vista,
tesoros que brillan con una claridad propia, bellezas que pueden
suscitar más envidia que un “color tropical” en el cutis
o que una nariz especialmente estirada y tersa.
En el mundo
de hoy nos vendría muy bien que el inquieto Sócrates
se pasease por nuestras calles para reírse de la ropa,
de los centros de embellecimiento, de las saunas para bajar
unos kilos que se recuperan a través de esos pequeños
pasteles que tomamos entre tarde y tarde...
El Sócrates de nariz
aguileña y ojos saltones se reiría de la enorme cantidad
de productos y esfuerzos dedicados por entero a cultivar un
cuerpo que está sometido, lo queramos o no, a la
gravitación universal y a la ley de la acción y
reacción (del nacimiento y de la muerte), sin pensar más
que de cuando en cuando en el espíritu (en el
alma, como diría él). Se reiría de la importancia que
damos a la belleza que sólo llega a los ojos,
el tacto o el olfato, y de lo poco que
nos preocupamos por la belleza del corazón, una belleza que
provoca alegrías mucho más profundas y duraderas que las logradas
por un perfume o un poco de crema de labios...
Se
reiría ese viejo Sócrates... A la vez, muchos se reirían
de él al verlo pobre, simplón, un poco desfasado. Cuesta
cambiar de vida cuando ya es un hábito el dedicar
tanto tiempo a nuestro espejo. Cuesta ver más allá del
peinado, de los pantalones y de los anillos que buscan
dar realce a lo que se desgasta poco a poco.
Sócrates
dejaría de lado esas críticas. Desde su aplomo desconcertante, se
pondría delante de nosotros y nos desnudaría internamente con su
ironía y sus preguntas (preguntas profundas, perennes, ante las que
no podríamos huir). Nos pediría encontrar un sentido a la
vida y la muerte, averiguar qué es la justicia y
la verdad, la amistad y el trabajo, el amor y
la alegría.
No descansaría hasta saber si tenemos esa belleza que
no se consigue con lociones ni baños solares. Esa belleza
del espíritu que brilla con una luz peculiar en un
mundo que habla sólo de apariencias y de sombras, pero
que desea también, quizá sin decirlo abiertamente, valores que embellezcan
profundamente a los hombres y mujeres con tesoros que no
pasan como el brillo de un relámpago en la noche...
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR