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Virtudes y Valores
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Autor: Fernando Pascual, LC | Fuente: GAMA-Virtudes y valores ¿Mi psicología o mi pereza? (antivirtud: la pereza)
La pereza nos ha acostumbrado a albergar, incluso a fomentar, vicios y miserias como si fuesen parte irrenunciable de una psicología enfermiza. La realidad es muy distinta.
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Hemos convertido a la “psicología” en una excusa
fácil, en una coartada para actuar según el capricho del
momento.
Porque resulta muy fácil justificar la propia dejadez, o la
avaricia, o la soberbia, o la envidia, o la crítica
maldiciente, o tantas faltas graves, con la frase sencilla y
confusa: “Es que mi psicología me lleva a esto”.
Nos hace
falta valor para llamar a las cosas por su nombre.
Porque si es verdad que existen fuerzas profundas que condicionan
sentimientos e incluso algunos modos de actuar, también es verdad
que muchas veces, con honradez y con un gesto de
voluntad podríamos dar un cambio profundo en nuestras vidas.
El primer
paso consiste precisamente en eso: reconocer que justificar nuestras malas
acciones con la excusa de que “soy así” no nos
lleva a nada bueno. Sobre todo cuando con esa justificación
nos abandonamos a instintos bajos, a perezas egoístas o a
hábitos mezquinos que nos impiden trabajar cada día por ser
honestos, generosos y fieles a nuestros compromisos como seres humanos,
como ciudadanos, como miembros de la Iglesia.
Una vez quitada la
máscara fácil de la “psicología”, podremos dar el siguiente paso:
identificar en qué aspectos necesitamos cambiar. Pensemos en lo pequeño.
Podemos empezar por el orden en la propia habitación, la
limpieza de la ropa, el aseo personal, la ayuda en
las mil tareas de la casa. ¿No es hermoso dejar
ese apego a la televisión o al periódico para ayudar
a doblar calcetines y a limpiar platos? ¿No nos abrimos
entonces a nuevas dimensiones de la vida que antes habíamos
declarado “incompatibles” con la propia “psicología”?
Pensemos luego en lo grande.
Hay situaciones de pecados profundos que uno arrastra durante meses
y meses. En realidad, bastaría algo tan sencillo y tan
enorme como abrirse a Dios, reconocer el pecado por su
nombre y recurrir al sacramento de la confesión, desde un
arrepentimiento profundo y sincero, para que inicie un cambio radical.
Así ha ocurrido en tantos santos que vivían muy atados
al pecado. Así sigue ocurriendo en tantas vidas “normales” que
descubren que Dios ama al pecador y que repite sencillamente,
profundamente, amorosamente: “Vete, y en adelante no peques más” (Jn
8,11).
Sepamos ser sinceros con nosotros mismos. La pereza nos ha
acostumbrado a albergar, incluso a fomentar, vicios y miserias como
si fuesen parte irrenunciable de una psicología enfermiza. La realidad
es muy distinta. Porque mientras haya una pizca de libertad,
mientras existan brasas de amor, siempre será posible en cambio.
Dios
lo desea. Muchos familiares y amigos (los que me quieren
de verdad) lo esperan. Incluso yo mismo, en el fondo,
quisiera dar el paso... Quisiera, y hoy puedo empezar a
darlo. Desde el amor extirparé la excusa fácil de “mi
psicología”. Podré entonces iniciar el cambio, romper con el egoísmo,
empezar a vivir según el Evangelio del amor y la
esperanza.
¡Vence el mal con el bien!
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