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Virtudes y Valores | colaboradores de catholic.net

Autor: William Báez | Fuente: Virtudes y valores
La bandera disputada
Parece que la libertinaje moral es lo que más vende en el auditorio juvenil, pero a raíz de una "cruzada blanca" hecha por un grupo de chicas chilenas, el autor nos describe la importancia y la belleza de la modestia y la castidad.
 


En Chile acaba de desatarse una nueva cruzada. La han denominado la Cruzada Blanca y creo que han acertado en el nombre. Cuando se habla de cruzada se piensa en combate militar, en reconquista de un territorio perdido. Pero esta nueva cruzada no es militar aunque sí invita al combate. No es una cruzada roja porque no se derrama sangre; ni verde porque no se busca proteger el ecosistema. Es una cruzada blanca porque se combate por la pureza, por la modestia. Su objetivo es recuperar nuestro lugar más santo, la propia dignidad, hoy por hoy amenazada por muchas modas, por la barata publicidad y por el desenfrenado mundo de la televisión.



Un grupo de chicas de algunos colegios de Santiago, armándose de valor, se han puesto al mando de la operación. Quieren nadar contracorriente. Se han dado cuenta de que vale la pena proteger la propia dignidad, la propia intimidad, venciendo el ambiente de permisividad y ligereza. Por ello se han aunado en el triple compromiso de vivir la modestia y la pureza en sus pensamientos, en sus palabras y en sus obras. A las personas modestas se les tilda de inocentes, de ingenuas, de inexpertas. Pero el ingenuo es el que no conoce el valor de su dignidad y la subasta a cualquier precio.



Para ser modesto y puro hay que empezar por los pensamientos. Los pensamientos son como las semillas de nuestro obrar. Si sembramos lirios no florecerán berzas y si sembramos berzas no florecerán lirios. Quien se habitúa a cultivar buenos pensamientos será más modesto en su actuar. Quien sólo piensa en impurezas no tendrá un actuar transparente. Y los pensamientos se desencadenan por lo que vemos y escuchamos. Por ello, no es indiferente lo que nos presenta el cine y la televisión, ni tampoco la música que solemos oír. No somos ángeles. No somos inmunes a la acción favorable o grotesca de los influjos externos.



Las palabras son otro campo enorme para el combate de la modestia. A veces las conversaciones impropias generan actitudes permisivas. El respeto por el otro y por su intimidad no es un erario negociable. Por otra parte basta constatar con qué facilidad recurrimos a las palabrotas en situaciones de tensión o de enojo. El dominio personal es una conquista que empieza por el dominio de la lengua.



En estos últimos años programas como Gran hermano han atraído mucho la audiencia juvenil. Parecería que el escándalo y el libertinaje fuesen lo más vendido y comprado. Pero son apariencias. Quien se da cuenta de lo que vale el pudor y el respeto de la propia intimidad no juega, no bromea con cosas tan preciosas. No es indiferente vestirse de una manera o de otra, comportarse en un modo o en otro, tratar a las personas de una forma o de otra.



La modestia y el pudor siguen siendo la bandera disputada entre la dignidad y el libertinaje. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de combate por la pureza. En el número 2521 afirma: “La pureza exige el pudor. Éste es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas”.

Esperemos que a la cruzada que se ha desatado en Chile se adhieran más combatientes en todo el mundo. Muchos ya se han dado cuenta de aquello por lo que sí vale la pena luchar.

¡Vence el mal con el bien!



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