La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Fco. Javier Carrión Armero | Fuente: Virtudes y valores La noche de Dios
En nacimiento del Salvador fue un hecho que conmovió a toda la corte celeste, como lo platica el autor en esta interesante historia.
Todas las estrellas saben
que cuando se consume su luz van a enterrarse en
el sol donde descansan para siempre. Por eso todas se
esfuerzan por permanecer seguras en la bóveda celeste hasta que
les llegue el momento de su consumación. Algunas, sin embargo,
pierden el equilibrio y se desvanecen en una estrella fugaz,
deshaciéndose en la oscura tierra.
Pulvus, la menor de las estrellas,
estaba inquieta. Una tarde había oído decir a un grupo
de estrellas más grandes que Dios iba a bajar a
la tierra. Eso no era de extrañar pues ya lo
había hecho en otras ocasiones. Al principio Dios bajaba al
Edén para hablar con los primeros padres de los hombres.
Dios había bajado muchas veces y se había hecho presente
en la tierra por medio de sus mensajeros. Pero la
conversación que escuchó aquella tarde fue inquietante.
Luminaria, una de
las estrellas de más edad hablaba con Fulgor una estrella
noble y curiosa:
- Has oído, Fulgor, Dios va a bajar
a la tierra.
-¿Y qué?, eso ya lo hacía cuando Adán
y Eva estaban en el jardín del Edén.
-Sí, pero esta
vez va a bajar para quedarse allí más tiempo, quizás
para siempre. Esta vez va a comer el pan de
los hombres.
-No querrás decir que...
-Sí, justo eso, se va a
hacer uno de ellos. Para tal fin había elegido hacía
tiempo a una hermosa doncella, mucho más blanca que tú
y que yo.
Pulvus había oído este diálogo y se
quedó pensativa. ¿Dios va a bajar a la tierra y
para siempre? Esto era algo que no se podía imaginar.
¿Iba Dios a quedarse sólo en esa tierra oscura? «Dios
-se decía- se hará niño, se hará noche, se
hará sueño y se hará frío. Porque todo eso es
el hombre. ¿Es que no le gusta el cielo?» La
conversación de Luminaria le había dado la respuesta:
-Dios va
a rescatar al hombre de la oscuridad en la que
vive.
Pulvus miraba a su alrededor, miraba a sus hermanas
las estrellas. ¡Qué brillos no gritaban para darle gloria a
Dios! Y pensaba: «¿A Dios ya no le gusta nuestro
brillo?» Luego miraba abajo, a la tierra que estaba oscura
y se decía: «¿Qué hará Dios allá? Los hombres no
lucen con el brillo que aquí tiene, están tristes, apagados.
Allí hace frío. ¿De dónde sacará luz? ¿Quién le dará
calor? Muchas preguntas le pasaban por su luciente cabecita.
Buscó
a Miguel.
-Señor Miguel -le dijo- ¿es cierto que Dios se
va?
-Dios va a hacer un largo viaje, ciertamente.
-¿Y por cuánto
tiempo?
-¿Ves aquel hormiguero de gente? Dios se va a hacer
uno de ellos y por lo visto piensa quedarse allí.
Pero no te preocupes, Él sabe cómo estar en todas
partes.
La conversación con el arcángel Miguel no le tranquilizó.
El problema que encontraba es que Dios iba a estar
también allí. Ella seguía pensando en el Dios que se
iba a hacer hombre, que iba a pasar frío, que
iba a sentir la soledad, que iba a pasar su
primera noche a oscuras.
***
El día que Dios
eligió para nacer había un revuelo en toda la comarca
celeste. Desde la tierra cualquier observador curiosos podía ver a
las estrellas brillar con más fuerza y con menos intermitencia.
Algunas se movían con presteza de un lugar a otro
dejando tras de sí un reguero de blanca luz. Pulvus
miraba todo desde lejos. Vio a Gabriel con un Niño
entre los brazos y se arrodilló ante Él aunque no
vio la majestad que estaba acostumbrada a ver en Dios,
aquel anciano de barbas venerables. Todos los ángeles, las estrellas
y las demás criaturas que habitan los cielos adoraron al
Dios Niño con una admiración increíble. Lo que veían era
inaudito. Gabriel había desaparecido. El Niño en un momento estaría
en la tierra y con él el frío, la oscuridad...
Pulvus amaba a Dios. Y su amor sería capaz de
llevarle a una locura. «Yo le daré la poca luz
que soy, pero se la daré toda. Para que por
lo menos tenga unos segundos de luz en su nueva
casa». Quería iluminar su noche, la noche de Dios.
Pulvus
levantó dos puntas de su cuerpo despegándose del cielo. Un
temblor recorrió su blanco corazón. Pulvus se desprendió del éter.
Sintió un fuego vivo que le devoraba poco a poco.
Caía. A su paso la tierra se hacía más grande,
el cielo se perdía a lo lejos. Una cola de
amor sobrecogió la noche. Pulvus se había desecho. Tres reyes
que venían del lejano Oriente la vieron. Un pastor que
estaba en vela la observó. Un portal arropado por la
noche la acogió en su seno.
¡Qué poco duró tu
fulgor, pero cuánto tu recuerdo!
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR