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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Rodrigo Martínez Murillo | Fuente: Virtudes y valores Navidad, símbolo y significado
El periodo navideño está adornado de multitud de símbolos tradicionales que ya han pasado a formar parte de nuestra cultura. Cada uno de estos elementos esconde tras de sí un significado profundo cuyo conocimiento nos ayudará a vivir una buena Navidad.
La Navidad es el
período más feliz del año. La gente sonríe con más
facilidad. Da gusto ir caminando por las calles y ver
tiendas llenas de regalos, anuncios felicitándonos por la Navidad y
el año Nuevo, adornos, luces, estrellas, árboles de Navidad, Santa
Claus, nacimientos o belenes… Todos encuentran motivo para sentirse más
hermanos, para reunirse en familia y dejar los problemas para
después. Cada uno de los símbolos que tanto ambiente crean
y tanto regocijo nos dan tiene un significado muy profundo.
Muchos lo desconocen y se quedan sólo en el adorno,
sin llegar a la rico significado que hay detrás de
él.
Por ejemplo, la historia del popular árbol de
Navidad. Los antiguos pueblos nórdicos europeos tenían la costumbre de
adornar ciertos árboles de hojas perennes durante los últimos días
de diciembre, durante el invierno, cuando toda la naturaleza parece
muerta y fría. Su verde perenne era símbolo de la
inmortalidad. Al convertirse al Cristianismo, los primeros cristianos, que eran
muchas veces provenientes de la cultura pagana, conservaron la tradición,
pero cambiaron totalmente el significado, refiriéndolo a Cristo como “Nuevo
árbol de Jesé (Is. 11, 1-3).
San Bonifacio (680-754; obispo
y mártir), patrón y evangelizador de Alemania, llegó a la
ciudad de Geismar la víspera de la Navidad y cortó
de raíz una encina considerada sagrada. En su lugar, al
día siguiente, día de Navidad, plantó un pinito verde, y
lo señaló como símbolo del nacimiento del Hijo de Dios.
A partir de entonces un árbol verde adornado con objetos
brillantes alumbra las casas, símbolo de la vida eterna que
Cristo nos trajo al mundo, la perpetua primavera de la
gracia. Del norte de Europa la tradición se extendió a
los Estados Unidos y de ahí, al mundo entero.
El
famoso Santa Claus es en su origen san Nicolás de
Mira. Vivió en el siglo IV en Mira (la actual
Turquía). Existen numerosas leyendas sobre su persona y la fama
de su nobleza y generosidad. Por ejemplo, cuando era joven,
arrojó por la chimenea una cuantiosa suma de dinero a
un padre que no podía casar a sus hijas porque
no tenía dinero para la dote. Su cuerpo fue trasladado
a Bari, (sur de Italia) en 1087. Su fama de
extendió por toda Europa, hasta llegar a Rusia de donde
es copatrono junto con san Andrés. Los holandeses levantaron muchos
altares en su honor y se cree que fueron colonizadores
neerlandeses los que llevaron la devoción del santo a los
Estados Unidos donde se difundió la fama de Santa Claus
(este nombre es la deformación del original San Nikolaus).
La
gran generosidad de la que hizo gala toda su vida
le valió ser el simpático personaje que regala juguetes a
los niños. Al inicio se le representaba con traje de
obispo, como era en la realidad. La imaginación popular y
la mercadotecnia han añadido el rubicundo anciano de barba
larga y blanca, con un costal lleno de regalos a
la espalda, la tronante y alegre risa, y el
trineo volátil tirado por renos.
Es más evidente y en sí
inmediato el significado religioso de los Nacimientos (en América Latina)
o Belenes (en España). San Francisco de Asís fue el
que instituyó esta costumbre. En la víspera de Navidad del
1223, movido por el deseo de revivir el nacimiento del
Señor en el establo, montó el primer Nacimiento del que
se tenga noticia en una cueva del bosque de Greccio
(aldea italiana en la región toscana) con personas y animales
reales.
El hecho obtiene simpatía entre la gente. La costumbre
de representar la cueva de Belén en el período navideño
se extiende por toda Europa y América. Esta tradición adquiere
fuerza sobre todo en los países de cultura latina. En
algunas partes hay concursos de belenes, donde se hacen verdaderas
obras de arte.
La misma fecha de Navidad, el 25
de diciembre, tiene un origen peculiar. En la Roma pagana,
anterior al Cristianismo, se celebraba la fiesta del nacimiento del
sol invicto: natalis solis invicti en latín. Esta fecha era
celebrada también por los celtas, germanos y otros pueblos antiguos.
La fiesta tenía un significado religioso y psicológico. El 25
de diciembre coincide con el solsticio de invierno, el momento
en el que el sol alumbra menos, pero empieza a
su vez la prolongación de su imperio.
El astro de
la luz había descendido en ese momento a su punto
más débil, lo cual infundía al hombre primitivo terror de
que las tinieblas pudieran apagarlo. Sin embargo, a partir del
solsticio, el sol volvía a crecer en luz y calor,
invicto e invencible. Celebrar ese resurgimiento tenía el significado de
contraponer la luz a las sombras, la vida a la
muerte. Los primeros cristianos vivían en la cultura romana, y
conocían esos ritos.
El Cristianismo, que respeta lo que de
positivo hay en las culturas, tomó el aspecto positivo de
la fiesta. Jesús mismo se definió la “Luz del mundo”.
Además, la misma posición del sol ayudó a cristianizar la
celebración. Los paganos veían el oriente como el origen de
la luz y de la vida, lux ex oriente, decían
los latinos.
El Cristianismo, nacido en oriente respecto al antiguo
mundo clásico aprovechó estos elementos de cultura y religiosidad para
anunciar más fácilmente el mensaje cristiano. A partir de ahora
el “sol” que nace será Cristo, y con Él la
luz que ilumina nuestras almas en el camino a la
salvación. Este mismo significado de la luz lo tienen las
innumerables velas y luces que bellamente adornan el entorno navideño.
El
mismo nombre de la celebración, Navidad, es la deformación castellana
del latín nativitas, que propiamente significa nacimiento, nacimiento del Salvador.
Hemos visto cómo muchas de las tradiciones han venido de
ambiente pagano y se han cristianizado, pero el proceso que
se verifica ahora es justo el contrario: tradiciones cristianas que
se paganizan. El sentido de la Navidad ha desaparecido
frente a las grandes ofertas navideñas. La gente prepara con
semanas de antelación sus vacaciones navideñas, pero pocos saben lo
que se celebra.
No es malo disfrutar de un buen
descanso durante este período, que se goce de una buena
cena, de unos buenos regalos y de la compañía de
los seres queridos. Como cristianos, no somos ni materialistas ni
maniqueos. Cristo vino a redimir al hombre entero, en
su cuerpo y en su alma. Todos estos bienes materiales
y sensibles son buenos y legítimos. Pero lo que no
podemos aceptar es que el sentido de la Navidad se
reduzca a ello. Hay tanta felicidad en el período navideño
porque hay Uno que vino a salvarnos y esta es
la fuente de la alegría y la celebración.
Dios quiera
que esta Navidad sea diferente a las demás. Cuando veamos
el árbol navideño, las luces, el Santa Claus, los belenes
o nacimientos, que no nos quedemos en qué bonita decoración
o qué bien se ve, sino que penetremos en el
rico significado que quieren darnos: Jesucristo nace para darnos la
luz y la vida inmortales.
Un período navideño vivido así,
nos traerá más prosperidad y sosiego que los simples regalos
y vacaciones. A la celebración material añadamos la celebración espiritual
y tendremos un período plenamente feliz. Que al centro de
las celebraciones, esté el celebrado y que no nos olvidemos
del festejado en su fiesta. Si toda la fiesta la
centramos en su significado espiritual, tendremos las navidades más felices
y fecundas de nuestra vida.
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