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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Virtudes y valores Un S.O.S. para las navidades.
La Navidad es un tiempo esperado por todos, pero debemos esforzarnos por no reducir su significado a la fiesta y las vacaciones. En este artículo se nos proponen algunas indicaciones para vivir una Navidad donde el Niño nacido sea el centro.
La familia es el
lugar donde se transmite la fe, donde se aprende a
amar, donde se ora y se configura la personalidad de
los hijos a partir de la experiencia de amor que
reciben de los padres.
Benedicto XVI lo subrayaba en la homilía
conclusiva del V Encuentro mundial de las familias (domingo 9
de julio): “La familia cristiana transmite la fe cuando los
padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con
ellos (cf. Familiaris consortio, n. 60); cuando los acercan a
los sacramentos y los van introduciendo en la vida de
la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia,
iluminando la vida familiar a la luz de la fe
y alabando a Dios como Padre”.
Un tiempo especialmente apto para
orar y para crecer en la fe es la Navidad.
Aunque las sociedades modernas ven este tiempo como un momento
de descanso y de fiestas, como una ocasión para ofrecer
regalos y para convivir, hay que saber descubrir el sentido
profundo que tienen estos días en el calendario cristiano.
Podríamos incluso
partir de los elementos positivos de lo que es la
mentalidad más extendida: las navidades son, gracias a Dios, un
tiempo esperado por muchísimas familias. Porque son días de vacaciones,
porque muchas familias se reúnen, porque se visitan a los
que viven cerca (a veces también a los que viven
lejos), porque hay intercambio de regalos, porque todos tienen más
tiempo para hablar y para mostrar afectos.
Desde este clima navideño,
hay que dar un paso ulterior, en profundidad, hacia lo
esencial y específicamente cristiano: ¿cómo lograr que la belleza de
unas fiestas revelen su origen y su significado más profundo,
sirvan para crecer en la fe?
Las familias católicas están llamadas
a sentir la necesidad de volver los ojos del corazón
hacia el gran festejado, hacia Jesús que nace en una
familia extraordinaria.
Los modos para hacerlo son muchos. El más
importante será siempre la vivencia de la Liturgia, tanto en
las etapas preparatorias como durante los días navideños.
Cada familia puede
caminar durante los días del Adviento hacia el encuentro del
Mesías, especialmente a través de la escucha de los mensajes
que repite una y otra vez Juan el Bautista (actuales
hoy como siempre). Puede también acompañar a la Virgen en
el momento de la Anunciación, vivir con esperanza el embarazo
de Isabel, participar en la alegría del nacimiento de Juan
el Bautista.
Una ayuda para vivir este tiempo de espera nos
viene de la “corona de adviento”. La familia pone una
corona navideña en un lugar de la casa, y cada
domingo de adviento enciende, a sus pies, 4 velas diferentes.
Al hacerlo, lee partes de la liturgia dominical, reza con
fórmulas sencillas y espontáneas, reflexiona sobre el sentido de ese
domingo y sobre la cercanía de los días navideños. Existen
ya modalidades muy concretas para vivir esta tradición, y no
se excluye la inventiva de cada familia en orden a
aprovecharla fructuosamente.
Otra ayuda clásica y muy difundida es la preparación
del Belén. Ciertamente, el mundo moderno no deja mucho tiempo
a una esmerada elaboración artística. Pero con ingenio e interés,
toda la familia puede involucrarse en escoger figuras, en diseñar
fondos, en buscar materiales. Sobre todo, en dar un significado
a los distintos elementos del Belén. El centro será, ciertamente,
la cuna vacía, que espera recibir, la noche del 24,
una imagen de Jesús Niño. Pero los padres y los
hijos pueden ingeniarse para poner, por ejemplo, arbolitos de plástico
cada vez que realizan una obra de caridad, cuando viven
el cariño familiar, cuando cumplen los deberes laborales o escolares.
Si
la preparación, con ideas como las anteriores o parecidas, ha
sido intensa, la llegada de los días navideños podrá recibir
su significado más genuino. Lo principal será siempre participar en
la Santa Misa, sea la Vigilia de Navidad, sea el
25 de diciembre. Luego, los restantes días, quizá sea oportuno
ir a misa entre semana. Además, habría que darle relieve
a fiestas como las de la Sagrada Familia, la Solemnidad
de María Madre de Dios, y la Epifanía.
El tiempo de
vacaciones deja tiempo, además, para el canto de villancicos, para
alguna obra de caridad (visitar a ancianos o niños enfermos,
ofrecer regalos a familias necesitadas), para la oración en común.
Sería muy hermoso encontrar momentos para leer la Biblia en
familia, o partes del Catecismo de la Iglesia Católica, o
algún discurso del Papa o del obispo diocesano sobre las
navidades. La creatividad de la fe llevará a buscar maneras
para que estos días sean un momento de espiritualidad y
de profundización en la doctrina católica.
Las navidades, como dijimos, permiten
una mayor convivencia familiar. Son momentos para aumentar el diálogo,
para fomentar el cariño mutuo, para pensar en los ausentes.
Es hermoso constatar cómo muchas familias buscan visitar a los
abuelos, incrementan los lazos con los tíos, primos y sobrinos,
buscan momentos para que todos se sientan más queridos.
La belleza
de nuestra fe puede dar un sentido más intenso a
estas convivencias, aunque haya algunos familiares que ya no crean
o se muestren indiferentes a los valores religiosos. Con un
poco de tacto será posible suscitar ocasiones para hablar, en
un clima de serenidad y de respeto, sobre temas serios,
para explicar algunos puntos de la propia fe como ofrecimiento
lleno de cariño a quienes queremos que descubran la bondad
de un Dios hecho Niño en Navidad.
El intercambio de regalos
también es susceptible de ser “evangelizado”. Los niños, por ejemplo,
pueden vivir la llegada de Papa Noel o de los
Reyes Magos como un momento de ambiciones y de envidias
(al ver que uno tiene “más” que otro), o como
un momento de condivisión: recibir cada regalo no como posesión
absoluta, sino como oportunidad de dar y de prestar a
otros. No son pocas las familias que enseñan a los
hijos a pensar en los más necesitados, a invertir los
“ahorrillos” para comprar algo a la abuela o a algún
niño más pobre. De este modo, los regalos llegan a
ser un momento de generosidad, de recibir para dar, y
de dar para que el Amor que vemos en Belén
se haga realidad en muchos hogares del mundo.
La Navidad es
un tiempo de gracia. Las familias están llamadas a vivirla
así, en un continuo movimiento de amor. Amor recibido, amor
celebrado, amor hecho un Niño pequeño. Amor que luego se
transmite entre los de casa y los de fuera. Porque
un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido
dado (cf. Is 9,5). Porque el Salvador (Jesús) vive ya
en medio de su pueblo, entra en cada una de
las familias que le abren las puertas con fe, amor
y esperanza
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