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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Pablo Aguilar Bernal | Fuente: Virtudes y valores Navidad, la alegría de saberse amado
La Navidad es un misterio de amor. Un misterio en el que sólo podemos penetrar con un corazón sencillo y abierto. El amor que Cristo nos trajo tenemos que hacerlo presente en el trato con las personas que nos rodean.
En una noche de
diciembre, antes de las fiestas navideñas, Carlitos y su mamá
caminaban de la mano, dentro de una iglesia iluminada y
acogedora. Su mamá lo llevó hasta donde estaban las figurillas
del nacimiento e inclinándose le dijo al oído: “Ella es
mamá Virgen, mira sus ojos tan bellos y tiernos, y
mira a san José que siempre cuida de Ella”. Carlitos
preguntó: “¿por qué están aquí?” “Porque están esperando a Dios”
–respondió su mamá-. “¿Va a venir Dios? ¿Y por qué
no preparan su casa, así como tú lo haces cuando
vienen mis abuelos?” “Porque no tienen casa, están en una
cueva que les prestaron”. “Pero aquí no puede venir Dios
-dijo Carlitos extrañado-, en medio de una vaca y de
un burro y entre paja y tierra… ¿Y cómo va
a venir?”. “Va a nacer el día de Navidad, y
va a ser un bebé como cuando naciste tú”. “¿Dios
va a ser igual de pequeñito que yo? ¿Y no
va a tener frío en las noches? Porque aquí no
hay ventanas, ni cama, ni cobijas”. Y sin pensarlo se
quitó el suéter y lo puso junto a la figura
de María. “Para que cobije a Dios y no se
enferme”, dijo con voz inocente. Su madre guardó silencio mientras
los ojos se le llenaron de lágrimas.
La Navidad es
un misterio que sólo los de corazón sencillo pueden aceptar
y comprender. Un misterio que no puede dejar indiferente nuestro
corazón, un misterio de amor, amor de Dios, amor grande,
amor infinito, amor desinteresado, amor y dolor, amor sincero y
duradero.
Navidad es gozo, es alegría y paz, es confianza
y esperanza, es seguridad. Navidad es fuerza en la debilidad,
consuelo en la amargura, calor en las horas de frío,
es respiro y aliento.
La Navidad se celebra cada año
sin falta porque cada año se nos da una nueva
oportunidad para amar. Cada año recordamos el mayor don, el
mayor amor. Cada año se renueva el compromiso de amistad
y de entrega eterna. Cada año se nos recuerda que
las puertas están abiertas, que esta vida aún no comienza.
Jesús nació en un establo. El silencio de la noche
lo arrullaba. Que el silencio de nuestra alma sea también
la música de su sueño, pues donde no hay silencio,
no hay Navidad. No es un silencio de mudez, sino
de paz, de calma y de oración. Mira que Jesús
quiere nacer en ti, déjale un espacio en tu interior.
No te pide mucho, un rincón para él es suficiente.
Carlitos dejó su suéter. ¿Yo que le voy a ofrecer?
Si en la noche del 24, la Virgen María y
San José tocaran el timbre de tu casa, ¿qué harías
por ellos? Llorarías de alegría y los pasarías dentro, donde
no golpea el frío. Les ofrecerías una manta, un té
caliente y un lugar para su descanso y estarías muy
cerca de ellos esperando la llegada de Dios.
Este próximo
24, debemos estar atentos. “Mira que estoy a la puerta
y llamo”(Ap 3,20). Jesús tocará la puerta de tu corazón
buscando un lugar donde nacer. Puede venir de muchas maneras:
En la Eucaristía, en tu oración, en tus hijos, en
tu esposa o esposo, en tu vecino, en tu amigo
o enemigo, en el vagabundo, en el enfermo, en el
pecador, en el triste y el enfermo, en el solitario,
en el amargado o desesperado, en la tristeza y en
al alegría. Pero sobre todo, Jesús viene en la Eucaristía
y pide un poco de calor en este mundo de
invierno y al mismo tiempo Él es Calor que nace
en el corazón de quien ama.
Jesucristo, como un sol en
el pesebre, nos interpela con la elocuencia de su inocencia
y pone en boca de San Juan: “En esto consiste
el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que él nos amó y nos envió a
su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10).
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