La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: Magdalena Figiel | Fuente: Mujer nueva Libertad humana: razón para temer o para esperar
La libertad es un gran valor del que gozamos como personas. Este don lo podemos usar para el bien o para el mal. Podemos hacer mucho daño, pero también podemos acometer empresas llenas de mérito.
Cuando un ciudadano inglés
ve a un joven ocioso parado en la puerta de
un negocio, teme alguna agresión. Si en Madrid un vendedor
ambulante te ofrece un perfume para oler, ¡atención!: a lo
mejor intenta adormecerte para robar tu casa. Cuando alguien te
oculta su rostro, es normal desconfiar… porque el antifaz esconde
malas intenciones. Podría esconderse una buena mujer musulmana detrás de
un velo, pero podría ser también un terrorista. Y, ¿quién
sabe qué me hará el doctor, cuando estaré en sus
manos? Y el científico, ¿no sientes un poco de miedo
al imaginarse los monstruos que logrará producir gracias al progreso
de la ciencia genética?
Le tenemos menos miedo a un león,
aunque sabemos que nos puede devorar cuando sienta hambre. Tememos
más al ser humano, porque es imprevisible, tiene grandes capacidades
y hay en él algo que no puedo penetrar… en
definitiva, porque es libre y puede usar mal la libertad.
Parece
que cada día hay más razones para desconfiar y temer.
El hombre se convierte en peligro para sí mismo. Tenemos
miedo de nosotros mismos. Pero, sin confiar en el otro,
la vida se hace imposible. ¿No habría también razones para
confiar y abrirse al otro?
Un caso más nos puede ilustrar
lo que pasa en la sociedad: cuando en Francia se
discuten nuevas leyes que castigarían la violencia en las calles,
a lo mejor algún adolescente piensa: “Quieren coartar mi libertad,
controlarme. Si no confían en mí, van a ver que
no sirven de nada sus medidas…” Desde arriba más leyes,
desde abajo más rechazo de la autoridad”. Ya decía Hobbes
que las normas ayudan a vender desconfianza.
Se puso de moda
la libertad y ahora nos da miedo. Sin embargo, no
nos equivocamos cuando nos acostumbramos a pensar que la libertad
es algo bueno. ¿Qué es la libertad?
Es cierto, que a
mayor libertad corresponde mayor capacidad de hacer daño al otro.
Pero quizá olvidamos, que ser libres posibilita también hacer el
bien, entregarse al otro, amar. La libertad es para elegir
el bien y sólo por defecto para hacer el mal.
Además, la libertad humana es una libertad de autoposesión y
de autodeterminación. La persona no está determinada por sus genes
a ser buena o mala. Puede llegar a ser un
hombre honesto, aunque haya nacido en un barrio de criminales.
La libertad permite hacerse mejor persona, posibilita cambiar.
Afortunadamente, nuestra libertad
es limitada y, por lo mismo, el mal que causa
alguien como Hitler siempre tiene sus límites. No puedo hacer
todo lo que se me ocurra, porque hay unas leyes
de la naturaleza que me limitan y no puedo entrar
en la interioridad del otro ser humano: no tengo el
poder sobre la conciencia del otro para lograr que piense
y actúe siempre según mi voluntad. Como ser humano, aunque
esté en medio de la masa, hay en mí algo
“muy mío”, que me permite ser lo que soy, que
es inaccesible e incomunicable.
Seguramente queremos una sociedad sin tanto miedo.
Ser libre sin necesitar temer al otro. De hecho, por
necesidad seguimos confiando: confío que la leche que compro en
el supermercado no está envenenada o que el policía no
es un asesino disfrazado (que no nos pase como a
Gabriel Syme en “El hombre que fue Jueves” de Chesterton:
este personaje pensaba que perseguía a un criminal, cuando en
realidad se trataba de otro detective como él que hacía
de anarquista).
Puede parecer que necesitamos una sociedad policíaca cuando las
personas no viven según los principios éticos. Creamos más leyes,
porque hay menos principios. Pero los candados y el mayor
número de leyes externas no son ni la única ni
la mejor solución a un problema que se encuentra en
el interior de las personas. Las leyes pueden educar, pero
no bastan. Tampoco funciona desentenderse de lo problemático: pasar por
el otro lado de la calle, no involucrarse para no
arriesgarse; en fin, no comprometerse, pero dentro del propio individualismo,
quejarse de la insociabilidad de otros.
Lo que hace falta
es creer en el hombre y buscar la transformación de
lo más profundo en el ser humano. Esforzarse por el
cambio de lo más personal, que posiblemente no se logra
en la duración de una presidencia, pero que es duradero.
Es una empresa que se parece al trabajo de la
gota del aceite que puede penetrar la realidad a fondo.
Se puede educar aquel núcleo de la persona dónde se
encuentra la libertad y este trabajo es en realidad el
único eficaz.
Se puede confiar en el ser humano. Ninguno está
determinado a ser malo y, en primer lugar por la
libertad, puede salir de situaciones negativas. Para transformar a la
persona hay que confiar en ella. No son sólo los
políticos los que llevan a cabo este cambio. Estos pueden
apoyar, pero se trata ante todo de una labor de
persona a persona: la labor de la madre que se
entrega a su hijo, del maestro que aplica el efecto
Pigmalion con su discípulo, del amigo por medio de su
testimonio.
Se cuenta que un hombre cogió al joven Abraham Lincoln
cuando este estaba robando. Le regañó, pero también le dio
una oportunidad para trabajar en su negocio. Muchos no hubieran
llegado a ser grandes hombres, si alguien no hubiese confiado
en ellos. Se pueden encontrar bastantes casos positivos que corresponden
al desarrollo de las capacidades humanas: el adolescente con temible
aspecto de hevymetalero que le ayuda a la anciana en
sus compras, o la curación de una enfermedad gracias al
progreso científico, sin el cuál hace 20 años me hubiera
quedado paralizada.
Hay otra posibilidad de que el tener miedo del
hombre se convierte en un peligro para sí mismo. Recordemos,
que sólo el ser humano puede ser héroe. Puede decidir
arriesgar o sacrificar su vida para salvar la de otro.
En todo el universo sólo el ser humano, por ser
libre, puede buscar desinteresadamente el bien del otro. Por tanto
hay razones para esperar en el ser humano, precisamente porque
es él único ser en el universo capaz de buscar
desinteresadamente el bien del otro.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR