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Virtudes y Valores
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Autor: Alejo Fernández Pérez | Fuente: Catholic.net La murmuración, mal negocio (II)
La murmuración es una roña que ensucia y entorpece el engranaje social, resta fuerzas, quita la paz,y hace perder la amistad entre las personas.
Los jefes no deberían
consentir jamás la murmuración, que debería ser castigada severamente y
con rapidez. Muchas veces, es suficiente la presencia de un
solo hombre o mujer “decente” para cambiar un ambiente bajuno.
A la larga, la murmuración es un negocio donde todo
son pérdidas.
En el campo del catolicismo la murmuración, los
chismes, la maledicencia, la calumnia,… están bien definidas, se las
considera siempre de más o menos gravedad, según los casos,
pero todo el mundo sabe, o debería saber, a que
atenerse. El Catecismo de la Iglesia Católica no deja dudas
al respecto, y los confesores no deberían ser transigentes con
los aparentes casos leves, que por su continua repetición, abren
la puerta a más graves situaciones. Supuesto que se confiesen
de esos “casos leves”.
En el terreno de la política,
los políticos saben los daños que causan las murmuraciones y
calumnias; sin embargo, los utilizan descaradamente como armas de combate
contra los rivales políticos. Aprovechando los medios de comunicación afines
se puede incidir en el voto de los ciudadanos y
modificar así el rumbo de cualquier política. Se juega en
estos casos con la vida y el porvenir de millones
de personas. Los políticos carentes de toda moral, los seguidores
de la Nueva Era, del Relativismo Moral y de cualquiera
de las sociedades secretas o sectas conocidas como perjudiciales no
deberían ser votados ¡jamás!. Son como el caballo de Atila,
por donde pasan no crece la hierba. No es difícil
detectarlos: “Por sus hechos los conoceréis” Un buen político ha
sido primero un buen hombre, lo que antes se llamaba
un hombre cabal, un hombre en el que se puede
confiar. Si lleva estas virtudes a la política será un
buen político; si no, se quedará como otros muchos en
políticos de rastrojera, cuando no terminan en simples alimañas.
La
murmuración es una roña que ensucia y entorpece el engranaje
social, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la
amistad entre las personas. Es difícil de eliminar; pero, como
a la malas hierbas, podemos reducirla a dimensiones soportables. El
sucio ambiente de la murmuración se transforma radicalmente cuando nos
acostumbramos a hablar de forma cordial de todo y de
todos. Todos tenemos algo bueno. Si no fuera posible, callémonos,
así no tendremos que arrepentirnos.
Hagamos una prueba durante una
semana: Empecemos a hablar bien de todos nuestros conocidos, con
naturalidad, sin coba – la falta de sinceridad se nota
rápidamente-, sonriamos levemente con agrado, pocas palabras, consideremos como hermanos
a los que nos rodean – en realidad lo son-.
Hagamos un esfuerzo por comprenderlos y quererlos. Algo así como
lo que hacía la hermana Teresa de Calcuta o como
lo hacen las madres con sus niños pequeños. ¿Qué es
difícil? Naturalmente, y mucho más de lo que nos imaginamos.
Hablar bien de lo bueno que tengan nuestros amigos es
algo que a algunos les cuesta muchísimo trabajo. Si a
ellos los elevamos, parece como si nosotros bajásemos. Por lo
menos, intentémoslo. Sin olvidar que para hacer el bien hay
que entrenarse diariamente, no menos que para meter goles. El
principio físico de “Toda acción tiene una reacción igual y
contraria” , también se da en las relaciones humanas: Sonría
y le sonreirán; ame y le amarán, de y le
darán; gruña, y le gruñirán;…
Bastaría ser un poco inteligente
para comprobar que nos “conviene” cambiar seriamente y de verdad
nuestra actitud para con los que nos rodean. Si se
nos ocurriese utilizar la “coba” nos pasaríamos de listos y
caeríamos en un repugnante fariseísmo. La única arma válida es
la del amor, la que nos recordó Jesús: “Amar al
prójimo como a sí mismo”. Aun no se ha inventado
nada mejor. Solución: Jamás hablemos mal de nadie, pues como
cuando escupimos al cielo, antes o después la saliva nos
caerá en la cara. No hablar mal, no es suficiente.
Las personas queremos, necesitamos ser amados, estimados y que alguien
hable bien de nosotros y reconozca lo poco o mucho
bueno que tenemos. Deseamos ser alguien , no algo.
Reconozcamos
con sinceridad lo guapa que está María, lo buen trabajador
que es nuestro amigo Juan, lo elegante que va y
lo bien que guisa nuestra mujer o madre, lo bien
que juega al fútbol nuestro hijo,… Podríamos asegurar que muy
pronto subiremos varios puntos sobre el concepto que tenían de
nosotros. Hasta nos mirarán con un poquito más de cariño.
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