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Virtudes y Valores
| colaboradores de catholic.net
Autor: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: Virtudes y valores El valor de la autoridad
La autoridad debe estar al servicio de la libertad, para apoyarla, estimularla y protegerla a lo largo de su proceso de maduración.
Dios quiere que honres
a tus padres. El verbo honrar es un verbo amplísimo
que implica respetar, obedecer, admirar, agradecer, querer, ayudar.
Tus padres
te han dado todo, no sólo la herencia genética o
tu ADN, sino también recibiste los cuidados maternos, la alimentación,
el vestido, la educación, la fe.
También este mandamiento te
pide que respetes la autoridad de tus padres y de
quienes ejercen algún mando en tu vida. Al confiar Dios
a los padres la vida y la educación del hijo
los ha dotado de autoridad para tal fin.
Dicen en
inglés: “Authority is the worst form of argument”, es decir,
la autoridad es la peor forma de argumentar. Yo diría:
según qué entiendas tú por autoridad. Por eso, quiero explicarte
lo que es realmente la autoridad. Si entiendes esto, deducirás
lo que te pide Dios en el cuarto mandamiento: honrar
a tus padres.
Evidentemente que los hijos son fuente de
innumerables alegrías. Pero también son causa de permanentes preocupaciones. A
medida que crecen los hijos, crecen los problemas que ellos
plantean. Problemas de desarrollo, de carácter, de integración, de capacidad,
de salud, problemas económicos. Cuando son pequeños, en general, los
problemas son pequeños…cuando crecen, los problemas son más graves.
Comienza
el natural tira y afloja, entre los padres y los
hijos. Éstos, ansiosos por ir estrenando el don de la
libertad; aquellos, colocando límites, porque aún “son muy chicos” y
pueden seguir caminos equivocados. Llegan momentos difíciles para los padres,
quienes frente a diversas situaciones o circunstancias del hijo, se
preguntan: ¿qué hacemos? ¿Mandamos y obligamos? ¿O les tenemos paciencia?
¿Castigamos y “mano dura”? ¿O somos comprensivos? ¿Qué hacemos?
Se
plantea el problema de la autoridad. Pero, ¿qué es tener
autoridad? Si buscamos en el diccionario, encontraremos que autoridad es
tener poder sobre una persona. Pero, ¿qué tipo de poder?
Si realizas una encuesta sobre qué es autoridad, o qué
tipo de poder da, la mayoría responderá que es poder
para “mandar”. Esta respuesta surgirá de la propia experiencia del
hogar, del trabajo, de la política, del gobierno, etc. Es
esta misma concepción la que hace que exista, especialmente en
las generaciones jóvenes, un rechazo a la autoridad, porque ella
aparece como una limitación y amenaza para la libertad.
Sin
embargo, los cristianos gozamos de un Dios que tiene poder
infinito y ese poder puede utilizarlo para ayudarnos y salvarnos.
Cristo, que tiene el poder del Padre, se presenta como
el Buen Pastor, mostrando un poder para amar, dar vida
y servir a los suyos.
¿Dónde está la clave? Analicemos
el vocablo AUTORIDAD. Viene del latín “auctoritas”, que significa garantía,
prestigio, influencia. Deriva de “auctor”; el que da valor, el
responsable, modelo, maestro; que a su vez se relaciona con
el verbo “augeo”, acrecentar, desarrollar, robustecer, dar vigor, hacer prosperar.
Entonces, autoridad viene de "auctor" y "auctor" es el que
tiene poder para hacer crecer.
Por lo tanto, los padres
son verdadera autoridad para sus hijos no en la medida
en que los “mandan”, sino en la medida en que
son sus autores, por haberles dado la vida y, luego,
porque los ayudan a crecer física, moral y espiritualmente. La
autoridad está en ayudar a los hijos a desarrollarse como
personas, enseñándoles a hacer uso de la libertad, capacitándolos para
tomar decisiones por sí mismos y mostrándoles por cuáles valores
hay que optar en la vida.
La autoridad debe estar
al servicio de la libertad, para apoyarla, estimularla y protegerla
a lo largo de su proceso de maduración. Apoyar y
estimular implica la madurez de los padres que descubren que
el hijo es persona, por lo tanto distinto de los
padres y que, en la medida en que ejerzan su
libertad, irán tejiendo su propia realización personal. Protegerla en el
proceso de maduración, significa que el hijo aún no está
capacitado para caminar solo por la vida.
Hoy, tal vez,
sea una de las mayores fallas de los padres. No
existe una verdadera protección de la libertad del hijo. Cada
vez se desentienden más de los pasos y opciones de
los hijos. Los padres están claudicando muy temprano en la
protección de la libertad del hijo. ¿Causas? No saber cómo
hacer, el desentenderse porque es más fácil, el querer ser
padres “modernos”.
No proteger la libertad del hijo es arriesgar
el proceso de maduración, y tal vez, conducir a una
vida en la cual queden muy comprometidas la felicidad y
la realización de aquel que se dice quererlo mucho. ¿Se
lo querrá tanto si no se protege el uso de
su libertad?
Estarás conmigo al decirte que la autoridad es
necesaria, ¿no crees? ¿Qué pasaría si en el mundo no
hubiese autoridad? Piensa un poco conmigo.
Sin autoridad no hay
sociedad ni disciplina, ni orden... habría caos, anarquía. Y también
diré que no puede haber autoridad sin Dios. En un
último término, la autoridad legítima viene de Dios.
Sobre la
autoridad legítimamente constituida brilla una luz sobrenatural. ¿Cuál? La Voluntad,
la Ley de Dios. Por tanto, cuando tú obedeces a
la autoridad, no obedeces a un hombre simplemente, sino a
Dios que te manda mediante ese hombre, te guste o
no, te cueste más o menos.
Tú podrías obedecer por
temor, por adulación, por cálculo, por astucia, por afán de
lucro... pero estos motivos son indignos del hombre. Eso no
sería obediencia a la autoridad, sino servilismo interesado y bajo.
La obediencia consiste en hacer lo que se manda, porque
en la persona del superior (papá, mamá, jefe, sacerdote, obispo,
Papa, maestro...) se ve la autoridad de Dios y porque
eso que se me manda te realiza y te perfecciona.
El hijo tiene que ver esa autoridad de Dios en
sus padres, el alumno en sus profesores, el ciudadano en
el poder estatal, el dirigido en su director espiritual...
¡Qué
importante es que los que tienen autoridad lo hagan movidos
por el espíritu de servicio, amor y respeto, como Dios
quiere!
Creo que algunos de los medios para ejercer la
autoridad educadora son éstos:
• El ejemplo: antes que nada,
padres que muestren cómo se debe ser. Los hijos no
son solamente educados por consejos o lindas palabras. Todo lo
que viven y ven en el hogar se transforma en
fuerza educadora. Además, cuando ellos no encuentran coherencia entre lo
que escuchan de sus padres y lo que ven en
éstos, les es imposible realizar una síntesis de lo recibido.
Los ejemplos arrastran, las palabras sólo mueven.
• El diálogo:
es fundamental en la creación de un clima de amor
y confianza en la familia. La actitud de diálogo con
los hijos, pasa por sobre todas las cosas en saber
escucharlos. Dedicarles tiempo a sus inquietudes. Es necesario que los
padres sintonicen con sus hijos, y no decir simplemente: “está
mi hijo en la edad del pavo”. Así no se
arregla nada. Acércate a tu hijo y pregúntale por sus
problemas y anhelos. Hay que dialogar con el hijo y
con la hija.
• El estímulo: en todos los órdenes
de la vida el ser humano necesita del estímulo, del
reconocimiento de la buena acción. Si el papá y la
mamá sólo retan y ponen penitencia cuando el hijo ha
hecho algo malo, ¿qué clase de autoridad tienen? Y cuando
hace algo bien, ¿le felicitan al hijo? Es verdad: el
estímulo no debe ser intercambios o acuerdos comerciales, porque estarán
creando un hijo interesado: “si pasas de año, te regalamos…”.
¡No! Así formamos interesados y egoístas.
• Insinuar y aconsejar:
No todo lo deben decidir los padres. Si fuera así,
el hijo buscará su distancia por sí mismo, rompiendo la
dependencia. En cambio, cuando para sus opciones encuentra en sus
progenitores un punto de referencia a través del consejo o
de la insinuación, esto le da seguridades, por lo tanto
afianzará la relación de filiación.
• La corrección:Algunas veces es
necesario corregir, porque existe en el hombre la tendencia al
error, al pecado. Pero si se utilizan los demás medios,
seguramente que no habrá que abusar de éste. La corrección
es necesaria en la protección de la libertad, en el
sentido de ayudar a crecer. Nunca el “reto” debe surgir
como desahogo del mal genio de los padres, actitud que
conduce, casi siempre, a una injusticia y a una acción
negativa en el trabajo educativo.
• Marcar ideales de vida:
al hijo hay que ayudarlo a mirar alto. En la
vida es necesario tratar de alcanzar grandes ideales, para evitar
el conformismo y la mediocridad. Los papás deben transmitir a
los hijos y contagiarles elevados ideales. El ideal más grande
para un hijo es Jesucristo.
Para terminar este apartado sobre
la autoridad, debo decirte cuáles son las actitudes concretas sobre
las que debe descansar la autoridad.
• Respeto: los hijos
no son propiedad de los padres, sino de Dios. Más
aún son personas diferentes de los propios progenitores; por lo
tanto, se exige un gran respeto por ellos, por su
vida, por sus caminos.
• Desinterés ¿Qué amor debe ser
más desinteresado que el de los padres por sus hijos?
Los padres son para los hijos y no a la
inversa. Por lo tanto, hay que amarlos sin esperar nada
de ellos. Además, este desinterés lleva a la madurez de
los padres a la hora de la partida del hijo,
que encontrará generosidad y apoyo en los padres, y no
obstáculos en aquellos, sea por el estudio, para la formación
de un noviazgo, para casarse o para la consagración y
la entrega a Dios, como sacerdotes o religiosas.
• Humildad:
un servicio tan grande, como es el de los padres
a los hijos, exige una gran cuota de humildad. Esta
humildad implica asumir las propias limitaciones como padres para la
tarea educativa, y fundamentalmente tener la capacidad de adaptación de
los propios errores ante los hijos. Actitud que llevará a
pedir perdón a los hijos cuando las circunstancias lo motiven.
Esto les enseñará a pedir ellos perdón cuando sea necesario
a los propios padres.
¡Padres, no olvidéis nunca que vuestra
autoridad viene de Dios! ¡Sed dignos de vuestra autoridad! No
os podéis dejar llevar por la tiranía, el despecho, la
impaciencia. No podéis mandar con autoritarismo, pues el autoritarismo impone,
humilla, hiere. La autoridad hace crecer, ilumina y motiva al
súbdito.
¡Padres de familia, meditad lo que significa ser padre
y ser madre! Ser padre no es sólo trabajar y
llevar dinero a casa. La esposa necesita un marido que
ame su hogar, y los niños necesitan un padre que
sienta preocupación por ellos, que los cuide, que se interese
por sus cosas. Así sería llevadera la obediencia.
¿De qué
sirve un papá que compra una mejor casa, un mejor
auto, si su esposa, de quien no se preocupa, se
va alejando de él?
¿De qué sirve que te vaya
bien en tus negocios, padre de familia, si no sabes
qué hace tu hijo, cómo le va en la escuela,
qué amigos tiene, a dónde va?
Ser madre no es
sólo cocinar, lavar, planchar... sino dar cariño, amor, ternura; es
ser luz y piedad y aliento, y solicitud y paciencia;
ser calor y delicadeza, intuición y detalle. Así sería llevadera
la obediencia a mamá.
Ser padre es tener una relación
de amistad con el hijo, preocuparse por el hijo, ayudar
al hijo, dar ejemplo al hijo, dar buenos consejos al
hijo, atenderlos material y espiritualmente, vigilar discretamente las compañías de
su hijo, alentarlos en sus fracasos y compartir sus alegrías.
¿Qué dirías de ese papá que no asiste a ese
campeonato final de su hijo... o que no asiste a
su fiesta de egresado donde su hijo recibe su premio
o su diploma…porque está en sus negocios? ¿Qué mejor “negocio”
que su propio hijo, verle crecer, progresar, alegrarse con sus
triunfos?
¿Qué dirían de ese papá o mamá a quienes
no les interesa la primera comunión de su hija, que
no la acompañan en la catequesis, ni en la participación
en las misas, que no les da ejemplo confesándose y
comulgando, a quien no le interesa rezar en casa?
¡Qué
difícil se hace la obediencia cuando no hay por delante
un ejemplo de vida! ¿Cómo va a respetar a su
padre de la tierra, cuando su mismo padre no respeta
a Dios Padre?
Los papás deberían sentir que Dios les
ha encomendado la suerte terrena y eterna de sus hijos,
¡Qué responsabilidad!
¡Vence el mal con el bien!
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